«Tangos canallas» de J. Purita, C. Durañonaa y R. Sáiz. Int.: J. Purita y C. Durañona. Dir.: R. Sáiz. Guitarras: D. Gómez y M. Luchilo. (Sala «Bar Tuñón»).
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El es un cafishio, dueño de un cabaret y con varias prostitutas a cargo. Ella, una discreta muchacha de barrio que llega al lugar para probarse como cancionista. De ese encuentro surgirá una sencilla historia de amor, narrada a través de doce tangos que evocan el Buenos Aires pícaro y marginal de los años '20.
En su rol de Rosita Morales, la actriz Jana Purita se hace cargo de un magnífico cancionero, cuyas letras aún sorprenden y deleitan con su desenfadada ironía, como por ejemplo, los tangos «Atenti pebeta», «La mina del Ford», «Tortazos» y «Sentimiento gaucho», o la ranchera «Los amores con la crisis».
Por su parte, Carlos Durañona juega muy hábilmente su papel de maestro de ceremonias y dueño del lugar. El es Apolo Vincitore, un cínico que alardea de su misoginia («La mujer sea honrada o no, es un animalito que tiende al sacrificio») mien-tras sigue seduciendo mujeres. Su libreto rescata algunos fragmentos de «Los siete locos» de Roberto Arlt, de «Babilonia» de Armando Discépolo y de algún que otro poema o sainete. Pero el acierto está en que Durañona trata a los espectadores como si fuesen clientes de ese cabaret. Montado sobre esta complicidad, logra arrancar carcajadas entre el público con su filosofía machista y de los bajos fondos.
La presencia de los guitarristas Daniel Gómez y Miguel Luchilo brinda una especial calidez a este espectáculo, en el que cada letra es escuchada con claridad y sin imposturas que la distorsionen. «Tangos canallas» evoca un tiempo de crisis y amoralidad con características propias. Es un viaje por una ciudad poblada de «pebetas» ambiciosas y de tránsfugas y aprovechadores capaces de declarar: «¿El arte? ¡Para qué! ¡Venga la mina! ¿Qué le importa a ese turro, que examina, si la grela no morfa o vive un drama?».
El dinero es la obsesión de todos y nadie le da demasiado crédito al amor («Te dan amor y amor, y te tienen sin morfar»), la vida sencilla y el trabajo honrado. El ansia de figurar o de ascender socialmente domina a hombres y mujeres por igual haciendo estallar en pedazos la idea de un matrimonio estable o con garantías de fidelidad. Pero en medio de ese atmósfera enrarecida, en la que predomina el desencanto y la marginalidad, hay mucho espacio para el humor y la sátira, dentro de un código accesible aún para los no tangueros.
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