13 de febrero 2007 - 00:00

Exhibe diversidad y alto nivel festival de danza

IV Festival Buenos Aires Danza Contemporánea. «Plano difuso» (E. Mercado-G. Gendín) y «Desolado» (M. Robles-Klirnek) (Teatro Presidente Alvear.)

En la apertura oficial del IV Festival Buenos Aires Danza Contemporánea se ofrecieron dos obras saludablemente contrapuestas en espíritu y medios técnicos. Este contraste habla de la diversidad estética que se ha alcanzado en nuestro medio en los últimos tiempos. El Festival es bianual, pero en virtud a la cantidad y calidad de obras que lo integran en esta oportunidad, debería ser anual. La dinámica de los creadores coreográficos de la ciudad pide una mayor frecuencia de estos espacios de confrontación.

Los veintiún minutos de duración de «Plano difuso», del coreógrafo Edgardo Mercado, resultan ideales para un juego óptico sumamente interesante en el que un bailarín (Pablo Castronovo) en vivo se integra a una proyección digital que reitera su figura en un genuino acto de clonación, y lo hace participar en un espacio virtual perceptible a medias, como en un sueño cibernético. Tecnología refinada y plenamente lograda, la de esta obra, que configura un universo interactivo en el que hombre real e imagen se confunden en un

ballet que expresa la complejidad de la aventura humana en un mundo digital e inaprensible. La banda sonora creada por Gabriel Gendín contribuye con su gélida ambientación a edificar un clima extraño y sensible que impacta por su impecable realización.

Luego del intervalo, se estrenó una nueva creación de Miguel Robles, uno de los más activos coreógrafos locales. Su obra «Desolado» se inscribe en un lenguaje y una estética frecuentemente transitados por este artista que hace de la reiteración su manera de expresión. La laxitud de los seis cuerpos que se manifiestan en la pieza los lleva a comportarse como si los seis personajes fueran sobrevivientes de una explosión o de una catástrofe natural,

«Desolado» presenta una visión descarnada y fatalista del destino del hombre. Un campo de girasoles muertos los condiciona y los confronta con una realidad marchita e imprevisible. Robles maneja muy bien el espacio y sus bailarines -excelentes todos- siempre tienen algo que hacer en ese cosmos yermo. La música de Klimek es tan incisiva y demoníaca que termina por crear un espacio sonoro de tensión insoportable, que se reitera por espacio de cuarenta minutos. Unos diez minutos menos no le vendrían nada mal a «Desolado», que en ocasiones gira sobre sí mismo sin variantes trascendentes.

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