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26 de julio 2007 - 00:00

"Flandres": aséptico film del sobrevalorado Dumont

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Siempre con su naturalismo distante, la frialdad y hasta la antipatía con que presenta sus personajes, esta nueva película de Bruno Dumont es algo más soportable y menos larga que las anteriores.
«Flandres» (Francia, 2006, habl. en francés). Guión y dir.: B. Dumont. Int.: S. Boidin, A. Leroux, H. Cretel, J.M. Bruveart, D. Poulain, P. Venant, D. Legay.

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El director de esta película, Bruno Dumont, es de Flandres. Más exactamente, del pueblo de Bailleul, que soportó diversas guerras y cambios de mano, y tiene, tan visible que nadie lo ve, un monumento a los muertos del 14, elevado sobre las ruinas de una capilla destruida por sucesivas bombas, y tiene también, en las afueras, un museo dedicado a Marguerite Yourcenar, que allí pasó buena parte de su vida antes de ser famosa e irse a Paris, Nueva York, y el Maine.

De las afueras salió también, con otro destino, el Gargantúa de Rabelais. Y sale ahora el Demester de Dumont, que no será un gigante angurriento como Gargantúa, pero es también un mocetón grandote, medio simplón y embrutecido.

A él y sus amigos los van cargando, a medida que los nombran, en un camión del ejército. Les dan una instrucción y los ponen a llevarse todo por delante en algún país árabe. Mucho no les cuesta, y tampoco les afecta demasiado, aunque hay algunas cosas que quizá nunca pensaron probar. Por ejemplo, matar histéricamente un chico recién apresado (aunque el niño les había estado tirando), o ser apresados y ver cómo los otros toman ancestral venganza por una mujer violada (un tanto improbable la ropa de esa mujer, pero vaya y pase). El hecho es que, de algún modo, nuestro mozo vuelve un poco más sensibilizado a su tierra.

Allí, mientras, se ha desarrollado otra guerra, pero en la cabeza de la chica que él quiere, y que además de necia está bastante psicótica. La vida tiene sus complicaciones, incluso para los simples que no piensan demasiado, que carecen del menor refinamiento, y viven en la dejadez, pero algo sienten.

Quizá Dumont quiere que nos pongamos cerca de ellos, como hizo en sus anteriores «La vie de Jesús» (un vago epiléptico) y «L'humanité» (un drama policial), pero es difícil, con su estilo aséptico, su naturalismo distante, la frialdad y hasta la antipatía con que nos presenta sus personajes, muchos de ellos también antipáticos (y ninguno con mayores aspiraciones), y su modo de contar algo escamoteandoenlaces y rehuyendo cualquier emoción. Más difícil aún, si se ha visto en el makingoff de esta película, por ejemplo, cómo contrata tipos asociales que después no se molesta en contener, cómo improvisa a gusto (y a disgusto del productor, que paga la jornada), y cómo atormenta a la actriz para que llore, sabiendo que no es actriz, sino sólo una chica contratada que ignora los gajes del oficio.

Hay quienes, por estas mismas razones, lo han convertido en el héroe intelectual del momento, dicen que «reinventa el cine bélico», hablan de una «mirada personalísima e insobornable», «una fuerza expresiva tan cruel como poética», «un autor repleto de verdades intangibles», «un humanismo superior», y hasta «una ternura permanente», etc., etc. Cuestión de vista, y de revistas, como siempre. En todo caso, reconocemos que ésta es la más soportable y menos larga de sus películas.

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