28 de noviembre 2002 - 00:00

"Frida", colorida naturaleza muerta

Frida, colorida naturaleza muerta
«Frida» (Idem, EE.UU., 2002, habl. en inglés) Dir.: J. Taymor. Int. S. Hayek, A. Molina, V. Golino, A. Judd, A. Bande-Escribe Nan Giménez

La «Frida» de la actriz mexicana Salma Hayek y la directora estadounidense Julie Taymor responde perfectamente a la pregunta de por qué Hollywood -que se anima a todo-no se había interesado antes por Frida Kahlo (1907-1954). Es, además, una confirmación plena de que ni su vida trágica, ni su arte extraordinario ni su militancia comunista se adecuaban al estilo aplanador y el escaso afecto por las controversias que caracteriza a los grandes estudios.

Lo más irónico es que Hayek defendió casi con espíritu patriótico el papel que en su momento disputaron también Madonna y Jennifer Lopez, con el claro propósito de hacer «más accesible al gran público» la vida de uno de los máximos fenómenos culturales del siglo XX. A la vista del resultado, este film parece efectivamente más accesible al gran público (norteamericano; y no sólo porque se habla en inglés, mechando algunas expresiones en español, como de costumbre) que el acertadísimo retrato de la artista realizado por Paul Leduc en la exquisita «Frida, naturaleza viva» (1984).

A diferencia de esa obra imprescindible, hecha de imágenes yuxtapuestas, a manera de mural mexicano, justamente, y con una admirable economía de palabras, éste es un típico «biopic» del Hollywood más rancio que lo cuenta «todo» sobre Frida, vale decir, sin perderse ninguna anécdota, pero quedándose en la superficie de las cosas, cuando no falseando la realidad para dotarla de glamour. Sea por presión de la empresa Miramax como se dice, o por simple lógica comercial de la gestora, lo cierto es que mientras se demoraba el proyecto, el guión basado en un texto biográfico de Hayden Herrera fue revisado al menos por seis personas (entre ellas, Edward Norton, el novio de Hayek, quien interpreta a Rockefeller hijo en «Frida»).

Anécdota por anécdota, siempre con un notable reduccionismo causa-efecto, el film comienza presentando a una adolescente llena de vida (sin rastros de la polio que la afectó a los seis años), por entonces ya espiando cómo un Diego Rivera cuarentón flirtea con su modelo a pasos de su primera esposa. Con esto se deja temprana constancia de la incontinencia sexual del muralista y el error central de esta biografía: transformar la relación matrimonial de dos artistas enormes que, además, ejercieron fuerte influencia en la sociedad de su época, en un culebrón que pone a un ícono del feminismo a vivir a la sombra de su macho mexicano, y explica la sexualidad sin distinción de géneros de ella como vengativa reacción a las frecuentes infidelidades de él. Por ejemplo.

Luego viene el atroz accidente de trolebús que le destrozó para siempre el cuerpo a los 18 años y que, se deduce, despertó el interés de Frida por el arte. Aquí Taymor empieza a mostrar su entendimiento del surrealismo -¿o será de «lo mexicano»?-, derramando polvo de oro sobre la joven malherida; entendimiento que a lo largo de la narración propiciará más búsquedas estéticas, tales como unos esqueletos animados que «ve» Frida en un delirio, o una variación de «King Kong» protagonizada por Diego Rivera, entre otras curiosas alusiones metafóricas al controvertido periplo estadouni-dense del artista en los años '30.

Si en ese fragmento resulta simplista que se presente sólo como un acto caprichoso y pueril de
Rivera la inclusión de Lenin en el mural por encargo para el Rockefeller Center, ni hablar de la inconsistencia del costado eminentemente político de toda la historia, con un patético León Trotsky ( Geoffrey Rush) en el centro. El exilio mexicano del gran enemigo de Stalin, refugiado junto a su mujer por los Rivera, se reduce al mínimo para privilegiar unos escarceos eróticos entre seniles y adolescentes con la due-ña de casa, pasando por alto, entre muchos otros detalles, que el primer intento fallido de asesinar a Trotsky lo ejecutó el muralista David Alfaro Siqueiros (tal vez para no arruinar el carácter seductor que le dio Antonio Banderas al personaje).

El verdadero asesinato de
Trotsky (1940) pasa tan inadvertido como la galería de personalidades que frecuentaba la pareja protagónica. Más allá de la presencia de la fotógrafa italiana Tina Modotti ( Ashley Judd) sólo para que baile un sensual tango apache con Frida, mucho espectador ni se enterará de que de esas reuniones bochincheras y snobs están participando el pintor surrealista André Breton, el compositor Silvestre Revueltas o el fotógrafo Edward Weston, para citar sólo a algunos. También aparece la verdadera Chavela Vargas, cantándole «La llorona» a Frida en un home-naje más triste que emotivo.

En el elenco, que incluye a la argentina
Mia Maestro como la hermana infiel de la protagonista, sobresale Alfred Molina con su muy convincente caracterización de Diego Rivera. En tanto, Salma Hayek, minuciosamente ataviada y maquillada de Frida -aunque sin su mítico bozo en casi toda la película-no logra transmitir algo fundamental: la pasión en general, pero en particular, el dolor físico que martirizó a la pintora buena parte de sus 47 años de vida y marcó a fuego su obra demoledora. Salvo en los últimos tramos, su Frida es una mujer bella y armónica que apenas renguea y no la mujer rota que fue en la realidad. Al respecto, baste citar el innecesario episodio de cama que comparte con Josephine Baker, para comprender el despropósito.

La puesta en escena es eso, una puesta que remeda -con evidente cuidado y despliegue de producción, hay que decirlo-, el estallido de color y los símbolos de la iconografía mexicana sin rozar sus significados. Es como la película toda, una vistosa naturaleza muerta que carece de la truculencia, el delirio, los elementos fantásticos, la magia, la belleza, alucinante y terrible, del personaje y su entorno.

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