4 de junio 2002 - 00:00
Giammarco es valioso pero habla demasiado
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Omar Giammarco se mueve entre varios lenguajes. Sin duda, la base está en el tango; aunque no siempre los temas respondan directamente a este género. Por supuesto, en su repertorio de canciones, con o sin letra, hay tangos, suyos como «El cantor del olvido», «El sueño de Dios», y clásicos como «Malena», «Carnaval». Pero en rigor lo más tanguero de su música está en el espíritu, en el estilo general, más allá de que las piezas puedan ser, sobre todo, candombes, murgas, milongas o chamarritas. A mitad de camino entre lo tradicional y lo moderno, entre la Buenos Aires de los años '20 y la actual, Giammarco circula «Por los barrios» (tal el título de su único álbum) describiendo desde las letras a personajes del presente y del pasado, con especial predilección por los delincuentes pintorescos o legendarios, o perdedores de todo pelaje: un rufián en decadencia, el «Pibe» Cabeza, un cantor de tango abandonado por su «mina» que vende el alma al diablo, etcétera. E indudablemente logra una identificación muy grande con el lugar en donde vive, con su tradición y con el tiempo que le ha tocado. Juega con los géneros; convierte a «Malena» casi en un blues; pasa con comodidad del candombe a la milonga, del tango a la murga, de la canción de cuna (el bellísimo instrumental «Toto», dedicado a su hijo) a las reminiscencias piazzoleanas. Evoca lejanamente a Alejandro Del Prado. Se hace uruguayo en la chamarrita en homenaje a Alfredo Zitarrosa, «El agua que moja a los niños». Ahora bien, si la referencia es su álbum, pareciera quedar claro que su trabajo rinde más en la grabación que en vivo, quizá porque los límites que naturalmente impone un disco lo obligan a controlar los desbordes que, en cambio, sí suceden sobre el escenario. Giammarco habla demasiado entre canción y canción explicando lo que ya es cristalino, los momentos murgueros terminan siendo exagerados en los gritos y «la alegría», y la prolijidad se pierde.




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