Orquesta Sinfónica de Berlín. Director: Eduardo Marturet. Obras de Arvo Pärt, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven. Solista: Vanessa Pérez (piano). (5/11, Teatro Colón.)
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Las cosas siguen de mal en peor en el Teatro Colón, y en este concierto se recibió la imagen más decadente posible: los técnicos no trabajaron, de manera que no se levantó el telón y no se encendieron las luces de escena. Los sinfónicos berlineses tocaron en el piso del foso elevado, todos amontonados en un espacio mínimo, los instrumentistas de viento con el telón bordado pegado a la espalda y la gruesa tela absorbiendo el sonido. Los músicos podían ver las partituras con la lamparita de los atriles, y viboreaban por el escenario unos cables caseros, sin duda comprados a último momento.
La función era a beneficio del emblemático Collegium Musicum y contaba con el patrocinio del Deutsche Bank con intervención de la embajada alemana. Pero, como los técnicos no cobran sus horas extras y hay una discusión sobre el valor de éstas, que oscila entre los 5 y los 25 pesos, y como los lunes es el día de descanso, no se contó con la colaboración.
Con todo, los músicos tocaron. Y aunque una circunstancia como la relatada dificulta la función crítica, es de elogiar que hayan cumplido con el compromiso pese a tanta incomodidad y molestias. También es cierto que habrían sido necesarias mejores condiciones para apreciar «Summa» de Arvo Pärt, justamente un alquimista del sonido que transformó un trabajo para cuatro voces en el «Cantus In Memoriam Benjamin Britten» para orquesta de cuerdas.
Es discutible el «tempo» rápido que el director venezolano Eduardo Marturet imprimió para el Concierto N° 20 en Re Menor K. 466 de Mozart, que la pianista Vanesa Pérez -también venezolana-abordó con tal ímpetu y dominio técnico, que lo musical y expresivo quedó relegado, y apenas hubo comenzado su discurso pianístico, el viento embolsó el cortinado y tiró sillas y atriles con gran estrépito, lo que provocó un susto general en intérpretes y en el público.
Asimismo, la «cadenza» del Allegro assai estaba fuera de estilo, cargada de arpegios y trinos, acentuados por sus taconeos en el piso. Tocó de «bis» un «joropo» de su tierra, igualmente descontrolado, con rítmica incierta. Se le da el crédito de reconocer que el teclado estaba prácticamente en sombras, que a los músicos los tenía encima, y el piano en el proscenio. Situación capaz de descolocar a cualquiera, y sobre todo a seres sensibles como son los intérpretes. ¿Y el público? Que se la aguante.
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