Espectáculos

Guez: "Mengele encarnó la auténtica banalidad del mal"

Autor de "La caída del Muro" y "American Spleen", participó del último Festival de No Ficción basado en hechos reales en el CCK.

Siniestros nazis que se refugiaron en la Argentina y el fútbol como forjador de nuestra identidad son temas que apasionan al francés Olivier Guez, figura destacada de la reciente y exitosa tercera edición del Festival de No ficción Basada en Hechos Reales realizada en el CCK. Periodista, guionista y escritor, Guez estudió Ciencias Políticas en la London School of Economics, publicó las novelas “La desaparición de Mengele” y “Las revoluciones de Jacques Koskas”, los ensayos “La caída del Muro”, “American spleen”, “El imposible retorno” y “Elogio de la gambeta”. Dialogamos con él.

Periodista: Usted corrige a Hannah Arendt al sostener que es Mengele quien representa mejor la banalidad del mal que Eichmann...

Olivier Guez: Hannah Arendt no contaba con todas las informaciones que tenemos ahora. Eichmann fue el jefe del exterminio de los judíos, y no es una banalidad ser el jefe. Como comandante de la SS organizó la deportación en masa de judíos a los guetos y los campos de exterminio. Mengele fue un médico. Y ni siquiera el jefe de los médicos en Auschwitz, el jefe era Eduard Wirths. Mengele era un capitán entre muchos capitanes, un doctor entre muchos doctores. Su trabajo en Auschwitz, como soldado de la biología alemana, es un perfecto ejemplo de la banalidad del mal.

P.: ¿Era banal aunque hiciera experimentos nazis con seres humanos?

O. G.: Nos hemos hecho a la idea de Mengele como “el ángel de la muerte”; para mí “el ángel de la muerte” es un comic de Marvel, alguien muy inteligente de un poder increíble. Mengele era un hombre banal que hizo el trabajo que le encomendaron en Auschwitz. Su oficina era el pabellón médico donde tenía un laboratorio. Era un pequeño eslabón de una cadena muy grande, la de la ciencia alemana de la época. No era un médico loco, era un medico que investigaba la siniestra idea nazi de la genética.

P.: Su novela “La desaparición de Mengele” parece un documental.

O. G.: Es como una película. Dos años antes escribí el guión de “El Estado contra Fritz Bauer”. Bauer fue el fiscal que inició los juicios de Auschwitz. La película ganó en 2015 los premios más importantes de los festivales de cine de Suiza y Alemania. Ese guión tuvo una influencia enorme sobre mi trabajo posterior. Como guionista hago una escaleta de lo que voy a contar. Sigo a Mengele desde que escapa a Sudamérica hasta su muerte en Brasil. Durante dos años, de algún modo, viví con él; fui adonde él iba. Hay dos tipos de escritores: los que pueden ver las escenas a medida que escriben y los que escuchan lo que sucede. Yo soy de los que cuando escriben tienen que ver todo. Me ayudó leer el diario de Mengele para conocer su psicología, su vida cotidiana, y saber que era un hombre muy pequeño. Un ser abyecto de una profunda mediocridad. Nada que ver con la imagen de él en los films de los 70, “Los niños del Brasil” o “Maratón de la muerte”, de un criminal superpoderoso. En Sudamérica sufrió soledad, miedo, angustia, y sobre todo paranoia. Lo contrario a lo que sostenía la cultura pop de los 70 y 80. Y estuvo con Hitler en la Argentina. Hitler acá es un mito argentino. Tienen muchos mitos en éste país.

P.: ¿Por qué Mengele no fue capturado por la Mossad?

O. G.: La Mossad en los 60 tenía otra prioridad, trabajar en Medio Oriente. El Egipto de Nasser era un peligro enorme. Mossad es el Servicio Secreto de Israel, no el de la memoria judía en el mundo. El Consejo de Seguridad de la ONU fue importante para Israel, para tener países amigos, aliados, y la operación de Eichmann en la Argentina provocó una ruptura de la solidaridad argentina, y muchos países no estuvieron de acuerdo con esa operación. Eso hizo que se cambiara de actitud en los 60, y Mengele pudiera seguir desaparecido.

P.: ¿Haber escrito el ensayo “El imposible retorno” lo llevó a Mengele?

O. G.: Es un ciclo. La primera etapa es la historia de los judíos que buscan volver a Alemania después de la guerra. Quise entender por qué las víctimas querían volver al país de los criminales. Luego pensé en escribir el mismo libro pero desde la perspectiva de un criminal. Lo siguiente fue con el director de cine Lars Kraume contar “Fritz Bauer, un héroe alemán”, donde se habla de Eichmann y la Mossad en la Argentina. Tuve que leer mucho sobre los nazis en la Argentina de los años 50, y encontré citado muchas veces a Mengele. Ahí me dije: ese es el criminal de la novela que completa ese ciclo.

P.: No lo concluyó con el crecimiento del neonazismo en Alemania.

O. G.: Eso ya lo contó John Le Carre, en 1967, en “Una pequeña ciudad en Alemania”. Cuando viví 5 años en Berlín surgió ese ciclo de libros sobre la posguerra en Alemania, que incluye uno sobre “La caída del muro”; ahora quiero ir a otra cosa.

P.: A sus libros los une la política al punto de que se piensa que su ensayo “Elogio de la gambeta” trata de política.

O. G.: No, es sobre el fútbol en Brasil, sobre la cultura negra, sobre cómo alguien del margen puede salir de allí. He escrito mucho sobre fútbol en Le Monde, entre otros diarios. Ahora estoy acá para escribir un libro sobre el fútbol argentino. Lo que me interesa del fútbol es contar historias, qué significa el fútbol para un país. Quiero escribir una pequeña historia de la Argentina a través del fútbol, qué es lo que nos cuenta de la identidad argentina. Al mismo tiempo que llegan los inmigrantes, a comienzos del siglo XX, se desarrolla el fútbol. Se forjan barrios, equipos e hinchas. Cada etapa del este país se vive en los estadios, es un extraordinario cuento de no ficción que recorre esa Australia latina que es la Argentina.

P.: ¿Hay algo además del libro sobre el futbol argentino?

O. G.: Soy el editor y prologuista de “El siglo de los dictadores”. Cuento de 22, están los más clásicos, de Latinoamérica Stroessner, Pinochet, Duvalier y Castro.

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