¡Están por suceder cosas horribles! "¡Harry Potter no debe volver a la escuela de magia Hogwarts!" Luego de semejante advertencia, pronunciada por un «elfo doméstico», no debería llamar la atención que un viejo Ford desvencijado vuele y aterrice en las ramas de un árbol asesino, que la gente quede petrificada, que un ejército de arañas peludas y grandes como gatos se quieran comer a Harry, que el grito de una raíz de mandrágora haga desmayar a un estudiante, o que un ave fénix no sólo resucite de sus cenizas, sino que además intente arrancarle los ojos a otra criatura mitológica.
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Lo que sí llama la atención es que tantas cosas horribles, y maravillosas, puedan suceder en un solo film: «Harry Potter y la cámara secreta» supera a la primera película sobre el popular aprendiz de mago, aunque los millones de fans del film de Chris Columbus sigan sin cansarse de ver una y otra vez la imperdible «Piedra Filosofal». De hecho, desde «Indiana Jones y el templo de la perdición» ninguna película tenía tantos delirios ubicados con tan buen sentido del ritmo, lo que no es casualidad, ya que precisamente Columbus había sido el guionista del film más bizarro dirigido por Steven Spielberg.
Pero si bien anda escapando de bichos de todo tipo al mejor estilo del joven Indiana Jones, obviamente Harry Potter se asemeja más a un joven Sherlock Holmes, menos frío y calculador, que reemplaza las deduciones del detective tanto con la magia como con el extraño don adquirido cuando su innombrable archienemigo le provocó la legendaria cicatriz que lleva en la frente.
Los libros de J. K. Rowling tienen potencial para un film de superacción, la velocidad de un comic de Tintin y la capacidad de que cualquier genio de los efectos especiales desarrolle al máximo su talento. Pero por sobre todo tienen la agudeza de una buena novela de Arthur Conan Doyle y una buena dosis de oscuridad digna de Stepehn King. Estas cualidades se combinaron mejor en la segunda novela de Harry Potter, lo que beneficia inmediatamente a esta contundente película de aventuras fantásticas. ras.
Es notable cómo Columbus se tomó en muy en serio el reto de trabajar al máximo todoslos detalles conocidos, lo que se percibe ya desde los expresionistas ángulos con los que filma el castillo Hogwarts, los nuevos detalles de descripción de los personajes ya conocidos, y las sutilezas de imagen como marcar los climas de horror gótico en una soberbia secuencia en blanco y negro.
La fotografía de Roger Pratt apela a un sinnúmero de recursos creativos que deben haber complicado seriamente el rodaje y el presupuesto, y lo mismo se aplica al arsenal de efectos especiales que, igual que en la película anterior, apela a todo tipo de técnicas, no limitándose solamente al usual catálogo de efectos digitales que aburren desde tantos films actuales dotados de muchos millones y poca imaginación.
Como bien le dice el fallecido Richard Harris a Potter, no importan tanto los recursos que se tienen como lo que cada uno haga con ellos. Como Kenneth Branagh, en una de sus mejores y más divertidas actuaciones en años (su mago fanfarrón es un inteligente contrapunto para el siniestro profesor Alan Rickman). O el sobrio Daniel Radcliffe, que igual que Potter aprende cada nuevo año, y cuanda empuña una espada manchada de la sangre de su enemigo luce más serio y amenazador que la mayoría de los hobbits melosos que deambulan por otras tierras mágicas.
Lo mejor de todo es el ritmo endemoniado que le impone Columbus a un film de 161 minutos donde no hay un sólo acto sin que suceda media docena de cosas increíbles, realizadas con el mayor rigor formal, vanguardia estética y conocimiento del género que viene a renovar con sangre nueva. Potter vuelve a dar una nueva mirada a los peligros de matiné de Basil Rathbone y Johnny Weissmüller. Sólo que lo hace con las suficientes referencias a seres imaginarios y libros con poderes sobrenaturales como para terminar mencionando a Borges: este enigma con mensajes escritos en sangre en los muros de una antigua institución tan inexistente como inglesa no le hubiera desagradado demasiado.
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