19 de diciembre 2001 - 00:00

"He aprobado esta guerra pero tapándome la nariz"

John Le Carré
John Le Carré
Turín - «Esta guerra no es una cruzada. Sin embargo, se tiene la clara sensación de que sus raíces se adentran en convicciones fundamentalmente cristianas. Bush es apoyado por cristianos blancos, puritanos y evangelistas. Lo mismo se puede decir de Blair. Conscientemente o no, la guerra no está inspirada por el cristianismo, pero refleja posiciones cristianas. Buscamos, como cristianos, dividir a los musulmanes entre buenos y malos; pues bien, eso no es tan simple».

Si las palabras de John le Carré saben a cruzada, parecen alzarse contra todo Occidente en su conjunto, el cual, dice, «peca de codicia y alimenta la insana noción de que un mundo cada vez más pequeño puede soportar una expansión sin límites». Es el tema, para entendernos, que el rey de la novela de espías ha hecho estallar en su última novela («El jardinero fiel»), donde los malos ya no son los agentes del KGB, sino las multinacionales farmacéuticas que niegan a Africa medicinas a bajo precio para afrontar la espantosa epidemia de aquel continente; y es el tema que el escritor inglés ha llevado al «Noir in festival» de Courmayeur, la reseña cinematográfica del thriller que le ha otorgado el premio Raymond Chandler.

Critica, en fin, un mundo que no ha sabido regularse y transformarse tras la caída del Muro. Porque, insiste, «después de haber ajustado las cuentas con los males del comunismo, tenemos que combatir los del capitalismo».

Periodista: Señor Le Carré, ¿el 11 de setiembre no ha cambiado nada?

John Le Carré:
Sería horrible que no lo hubiera hecho. Aquel papel de tornasol que somos los escritores, en cuanto a testimonios de una época, se ha vuelto de color rojo vivo. Hasta el 10 de setiembre había estado trabajando en torno al radicalismo de ayer y de hoy. Por la mañana había estado viendo viejos documentales filmados por Rudi Dutschke, aquel provocador de fines de los años '60, por la tarde estuve conmocionado por lo de Osama. A la mañana siguiente anulé todas mis citas y no he vuelto a pensar más en aquel libro. Y estoy en el desierto, a la busca de un tema: tiempo precioso, para un hombre de setenta años y con el máximo tiempo para escribir aún un par de novelas.

P.: Pero, entonces, aprueba esta guerra.

J.L.C.:
Tapándome la nariz. Pero sobre el otro lado, el de los palestinos, debo decir que nadie, ni siquiera el más filoisraelí de los observadores, puede negar que Sharon se ha aprovechado injustamente de la situación. Arafat no es Osama. Y, después, cuando Bin Laden hace suya la causa palestina y sostiene que los norteamericanos deben dejar Arabia Saudí, son dos puntos en el fondo negociables. Para Sharon nada es negociable, ni para Bush, y Dios no quiera que la guerra siga hasta la próxima campaña electoral. Quizás el mío es un punto de vista cínico, pero hay precedentes.

"La chica del tambor"

P.: El tema palestino es el eje de una de sus novelas de gran éxito, «La chica del tambor».

J.L.C.: El peor de los films basados en mis libros, y en efecto Hollywood quiere rehacerlo. Desde entonces muy pocas cosas han cambiado para mejor. En aquella zona la paz está más lejos que nunca. Y el fundamentalismo era sólo opcional: ni armado ni con profundas motivaciones.
P.: Volviendo a Afganistán, ¿es una campaña que está llegando a su fin?

J.L.C.:
He dicho que la apruebo, aunque sea con muchísimas reservas, pero creo que ha sido una guerra equivocada; sobre todo, porque se ha querido transformar en un conflicto abierto lo que podía haber sido una masiva operación policial, y, después, porque ha sido combatida según fórmulas del pasado: tanto da recordar la última fase de Vietnam, con bombardeos masivos y quién sabe cuántas vidas humanas perdidas. Quién sabe cuantos My Lay ha habido en Afganistán. No lo sabremos nunca. Pero ha sido una guerra no prevista y no acabará con abrazos entre enemigos y repique de campanas. Tal vez por esto se vive al día y no se sabe exactamente qué se desea. ¿Y después? Yemen, Somalía, Saddam... quién sabe. Bush ha tenido carta blanca. Quizás en este punto, sería oportuno concentrarse no sobre lo que pasa en Afganistán, sino sobre lo que se dice en Washington y en Texas. También los hechos, en este oleaje, pueden ser un enigma. Y el nuevo esquema de alianzas que se vislumbra, con Rusia y China en el mismo bando que Estados Unidos, es interesante, a condición de que no sea algo instrumental, temporal.

P.: ¿Por qué una parte del mundo odia a Estados Unidos?


J.L.C.:
Quienquiera que ejerza el poder es impopular. Incluso cualquiera de nosotros que se pasee por un pueblo de India o por un campo de palestinos es visto como la expresión del imperialismo, y es odiado.

Servicios secretos

P.: ¿Qué habría dicho su George Smiley de las fallas de los servicios secretos norteamericanos, que no supieron impedir el 11 de setiembre?

J.L.C.:
Que son el resultado directo de una negligencia que ha durado demasiado, desde que se disipó la amenaza soviética. También es verdad que penetrar en las células del terrorismo no es fácil. Se puede conseguir con algunas, pero quedan otras.

P.: ¿No le resulta incómodo el papel de conciencia moral que ha asumido?


J.L.C.:
También en mis libros de espionaje el tema central es la busca de la moralidad. Smiley y yo no estamos en buenas relaciones. Su pasado es oscuro. Él expresa dudas en privado, pero es conformista en público. Es demasiado viejo. Es un pésimo amante. Tengo que escribir sobre gente joven, dinámica, honrada. Porque en un momento de crisis abandonamos nuestros conocimientos pragmáticos y nos entregamos a nuestra estupidez de fondo. Por eso he escrito un libro -«El jardinero fiel»- para denunciar una industria, la farmacéutica, del mismo modo que habría podido denunciar la del tabaco o la del petróleo.

P.: El protagonista de su último libro, un diplomático británico de bajo rango, al final se rebela contra las tropelías. ¿Quiere eso decir que la desobediencia puede ser una respuesta a los males del mundo?


J.L.C.:
Hace lo que Smiley no ha hecho nunca. No sé si es la respuesta, pero me cuesta ver métodos democráticos capaces de actuar con igual eficacia contra el poder de las grandes multinacionales.

P.: ¿La actual guerra servirá para algo?


J.L.C.:
Dependerá mucho de qué EE.UU. emerja. El 10 de setiembre no era un país con el que me sintiera a gusto, aunque dos de mis hijos vivan allí y tenga nueve nietos norteamericanos. Todo lo que ha sucedido ha generado una forma de patriotismo que no es de las mejores. Por fortuna, hay una democracia muy robusta. De otra manera, no sobreviviría a las medidas que intentan minarla, mecanismos que le permiten enderezarse por sí sola, como un velero. De no ser así, la actual sería una situación peligrosa.

P.: ¿Puede salir algo bueno de esta guerra?


J.L.C.:
Yo he llevado a cabo un trabajo personal, cuando en los años cincuenta y sesenta trabajaba para la inteligencia británica. He puesto mucho de mí en el fin del comunismo y de la guerra fría, pero cuando cayó la URSS, Occidente y en particular EE.UU. no comprendieron que se precisaba un plan Marshall y ayuda humanitaria, que había que reescribir el mundo, que la división entre ricos y pobres creaba un creciente sentimiento de rabia. No se hizo nada, con las consecuencias que sabemos: el cinismo, la codicia y la indiferencia hacia nuestros semejantes, el triunfo del poder corporativo de las multinacionales sobre los estados más débiles. Y todo eso puede también haber contribuido a alimentar el terrorismo. No soy optimista, no creo que después de una tormenta aparezca siempre el arco iris; pero quién sabe si la guerra contra el terrorismo nos abra los ojos y dé a las democracias industriales de Occidente la ocasión de remediar sus errores.

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