9 de diciembre 2001 - 00:00

"Hice esta película porque veo a la gente robotizada"

Gabriela Tagliavini
Gabriela Tagliavini
G anadora de más de diez premios internacionales, se estrenará el jueves próximo «La mujer que todo hombre quiere», una comedia de ciencia ficción ambientada en el año 2030, en una sociedad dominada por mujeres, y que su autora, Gabriela Tagliavini (argentina residente en Norteamérica, donde realizó el film), define como «una mezcla de 'Blade Runner' con Almodóvar, por el tema, el sentido del humor, y los colores». Dialogamos con ella.

Gabriela Tagliavini: Se me ocurrió esta historia, porque veo a la humanidad muy robotizada, mientras que los robots se van humanizando. Dicen que para el 2030 ya tendrán un aspecto casi totalmente humano. También me interesó criticar algo a esos libros de parejas, según los cuales la mujer quiere que la escuchen, y el hombre que lo dejen tranquilo. No es tan así. Por eso me pareció divertido cambiar un poco los papeles.

Periodista: Ahí aparece la mala de la película.


G.T.:
Diría que hay un par de odiosas, o más: la vieja mandona, con su séquito, una negra trepadora, y alguna otra, y un travesti, es decir, el hombre que se vendió. Ese papel, un travesti elegante, con acento inglés, lo hace Alexis Arquette, la oveja negra de la familia. La buena, es decir el robot, es Daniela Lunkewitz, que fue modelo de Chanel, muy alta, muy linda, cálida e inteligente, capaz de pasar matizadamente de mecánica a sensible en una misma escena. Por eso ganó el premio a mejor actriz en Nueva York. Y el protagonista es Ryan Hurst, que trabajó con Steven Spielberg, y ahora está con Mel Gibson. Su técnica es ser natural, precisamente lo que yo estaba buscando.

P.: El hombre que la mujer quiere.


G.T.:
Mi tema es la búsqueda del amor perfecto, una búsqueda siempre fallida. A veces idealizamos un recuerdo (le pasa al personaje de mi novela «Los colores de la memoria»), a veces queremos cambiar al ser amado, en vez de amar también sus diferencias y defectos. Pero la película también tiene otros temas, como la fugacidad de ciertas modas, el desplazamiento del plástico, y la destrucción de la capa de ozono. Por esto último, no llueve, la gente es muy seca, y el color de mi película es naranja. En exteriores usábamos hasta tres filtros naranja, y en interiores, cada vez que podíamos poníamos gelatinas frente a los faroles. En suma, la película tiene temas, naranja, dibujitos, música tecnotanguera de Ivan Wyszogrod (está en nuestro site), y personalidad. La primera vez que recibí el premio a la mejor dirección quedé totalmente sorprendida. Había películas mejor hechas. Ahora entiendo que ese premio lo dan donde ven una voz original, o personal.

P.: Su primer premio fue antes de empezar a filmar.


G.T.:
Sí, el premio al mejor guión, en Houston. Hay muchos concursos chantas de guiones, pero éste es bueno, y es lo que atrajo a los actores, porque de presupuesto había poco. El siguiente fue el premio al mejor trailer, en Los Angeles. Luego, los de Cine Independiente de Nueva York (dirección, película de ciencia ficción, actriz, y vestuario), Nodance (dirección y fotografía), Santa Mónica (película), etcétera. Primero uno se vuelve un chico, quiere ganar. Y cuando gana, se llena de orgullo, recuerda cuánto trabajó, cuánta gente ayudó, no alcanzan los agradecimientos.

P.: Recordemos entonces a quienes le enseñaron el ABC.


G.T.:
Cuando yo quise estudiar, sólo estaban la escuela del Instituto, la de Avellaneda, y la Superior de Cinematografía, de Manlio Pereyra. Ahí es donde fui, y aprendí cine practicando con cine, no con video. Es otro arte. Tuve profesores como Mauricio Díaz, Gabriel Arbós, y Santiago Carlos Oves, el primero que me consiguió trabajo en una película. Después fui asistente de producción y de escenografía en varias. La que más recuerdo es «Gatica, el Mono». ¡Setenta decorados, casi un año de trabajo, desarmando el que ya fue, preparando el próximo, sin detenernos! De ahí salté al American Film Institute, donde alcancé el master.

P.: Desde entonces trabaja en Norteamérica.


G.T.:
Hice cortos, publicidad, escribí para CNN y USA Network, escribí otra novela, realicé «La mujer que todo hombre quiere», y, en México, dirigí «Toma Uno», una serie sobre chicos en primer año de la Universidad, tipo «Felicity». Está bueno, quizá vuelva. Pero también quiero hacer otros largometrajes. Por ejemplo, «Sex vs me», comedia sobre una chica muy sexy pero frígida, que escribí pensando en algunas modelos argentinas, y que ya logró cierto interés de la Columbia TriStar Latinoamerica.

P. ¿Y en quiénes pensó con «La mujer que todo hombre quiere»?


G.T.:
Pensé que era para jóvenes, porque los personajes son jóvenes, en edad de buscar pareja, pero después descubrí que también le gustaba al público de Palm Spring, que promedia los 60 años. Me elogiaban la historia de amor, y el modo en que arreglo también lo de la vieja. Acá le dieron PM 13 años, lo cual está bien. Y lanzamos una sola copia, en un ShowCase de Belgrano. A los del ShowCase les encantó, la estrenan ahí, y luego la van moviendo. Me parece mejor que lanzar varias copias simultáneas, como si fuera una superproducción con gran campaña publicitaria. Esta es una película independiente, hecha con dos pesos. Eso sí, aunque sea poco, yo le pagué a todo el mundo. No soy de las que se aprovechan y hacen trabajar gratis a los estudiantes y a los técnicos.

P.: Saber eso la hace más respetable.


G.T.:
El respeto... Lleva medio día hasta que la gente cree que una puede hacer este trabajo. Pero al final del día una vale por sus obras. En México, al final me decían «Si, señor», como si fuera un hombre. Y es que hay tan pocas mujeres directoras, incluso en Norteamérica (y la mayoría de esas pocas, son como más machonas).

P.: Ultima pregunta: ¿confirma su definición de «La mujer...» como una mezcla de «Blade Runner» con Almodóvar?


G.T.:
Por supuesto. Ya que lo menciona, hace poco, en Los Angeles, le recordé a Pedro Almodóvar la primera vez que vino a Buenos Aires, envuelto en un traje azul turquesa brillante. «Es verdad», me contestó, «¿dónde lo habré dejado?».

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