20 de noviembre 2001 - 00:00
Importantes nombres en la IX Bienal de Arquitectura
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Formado en el Colegio Tecnológico de Rotterdam y en la Academia de Arquitectura de Amsterdam, el arquitecto holandés Jan Hoogstad abrió su estudio en 1957. Su obra de diseñador es numerosa y ha recibido premios en muchos certámenes internacionales, entre ellos el del concurso para el trazado del Bulevar Weena, en Rotterdam, y el de la Municipalidad de Lelystad, una de sus más destacadas realizaciones.
Entre muchas otras obras, Hoogstad ha realizado la ampliación del Centro de Convenciones y Auditorio Musical de Doelen, y la Academia de Arte Escénico, ambas obras en Rotterdam; las oficinas y estudios de la Radio y Televisión Holandesas, en Hilversum; y el Teatro de Hengelo. Esta última obra atrae por su economía de medios: un vasto cilindro que contiene la sala y el escenario, adosados a un rectángulo que alberga la segunda sala. En cuanto al edificio de Hilversum, acusa dos enormes vanos triangulares flanqueados por tiras de edificación en forma de V, cuyas bases salen al exterior en una planta curva. Hoogstad revela con este diseño su audacia imaginativa para la distribución de las distintas funciones y necesidades, creando, en este caso, un edificio de nítida lectura y libre circulación, un verdadero mecanismo de relojería, donde cada parte responde a un todo conceptual y, a la vez, práctico, y de alta calidad en materia arquitectónica.
En América latina, la nueva terminal del aeropuerto de Pudahuel, en Santiago de Chile. Ha proyectado, además, las instalaciones aéreas para Doha (Qatar), Kuala Lumpur (Malasia), Islamabad y Lahore (Pakistán), Don Muang (Tailandia), Manila (Filipinas), Fort-de-France (Martinica), Hiroshima (Japón) y Tolón (Francia). Los recursos de la ingeniería y de la tecnología, empleados con minuciosa sagacidad, no son sino aportes a una obra donde los objetos de uso se presentan como símbolos y los símbolos se revelan como objetos de uso.
Andreu también ha incursionado en otras tipologías, como el Estadio de Esquí de Courchevel, el Museo de Arte Contemporáneo de Sète, y el Control Aduanero Saint Louis-Basilea, en la frontera franco-suiza. Estudió matemáticas y física; y luego hizo los cursos de ingeniería (Ecole des Ponts et Chaussées) y de arte (Ecole des Beaux-Arts). Fue el descubrimiento de la pintura el que lo decidió a entregarse a la arquitectura. Aquí reside, sin duda, esa conjunción de orden, rigor y pasión, que determina la geometría de sus diseños, y esa presencia rotunda.
Tanto Prix -otro de los arquitectos que intervendrán en la IX Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, la semana próxima-, como Swiczinsky, provienen de la generación del '68, simbolizada por el Mayo Francés, «una época en que nos interesábamos por la música, la ciencia, la filosofía, la educación y la sociología más que por la arquitectura propiamente dicha. Tenemos, pues, la costumbre de abordar las cosas de una manera muy abierta». La primera obra construida por el estudio Himmelblau data de 1977: el Bar Reiss, de Viena. Desde entonces, los arquitectos experimentaron sus teorías radicales, en una serie de iniciativas, entre otras Nube, un proyecto de viviendas presentado en la V Documenta de Kassel.
A fines de la década del '80, ganaron el certamen para la organización de la ciudad de Melun-Sénart, en el departamento francés del Sena y Marne la-Vallé, al sudoeste de París. Este espaldarazo internacional fue con la terminación de las dos obras que afianzaron la celebridad del equipo: la reforma de una fábrica de la papelera Funder Werk en la localidad austríaca de St. Veit/Glan y la remodelación de la azotea de un viejo edificio de Viena para albergar un estudio jurídico. «Hay sólo tres tipos de edificios que somos incapaces de construir -señala Prix-: centrales nucleares, cuarteles militares y prisiones. Para todo lo demás estamos preparados...»




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