10 de enero 2002 - 00:00

Increíblemente, funciona

Escena del filme
Escena del filme
(10/01/02) «American Pie 2» (EE.UU., 2001, habl. en inglés) Dir.:J.B. Rogers. Int.: J.Biggs, S.Elizabeth, A. Hannigan, Ch.Klein.

Los «Porky's» de décadas atrás se mezclaron con las tonterías del cine de teenagers de los '80 y el rock & roll grunge, levemente alternativo de los '90 para dar una comedia guarra y divertida, «American Pie».
 
El invento dio una fortuna, y lo mismo sucedió con esta más floja secuela, toda una prueba de cómo las hormonas pueden ser más poderosas que cualquier elemento cerebral a la hora de pagar la entrada a un cine.

Repetición

De todos modos se hace difícil saber cuál es el nivel exacto de diversión que puede ofrecer «American Pie 2» sin verla en una función con público adolescente. Lo que es seguro es que la repetición de esquemas por lo general deja ver desde lejos la resolución de los gags. Algunos, de todas maneras, son contundentes.

El humor guarango viene en dosis similares a las de la de la primera película, sólo que esta vez no parecen haber sabido cuándo cortar las sorpresivas lluvias doradas que reemplazan un baño en champagne, ni las angustias del joven onanista que se untó la mano con pegamento antes de hacer lo suyo.

Otro punto flojo es la insistencia de madurar la juerga veraniega de los mismos amigos del film anterior (toda la trama es su reencuentro luego de un año en la universidad) agregándole algunos toques sensibleros más aptos para una telenovela adolescente que para este producto.

Lo mejor es la gracia de los actores, empezando por la inigualable flautista erótica
Michelle ( Allyson Hannigan, la chica que acompaña en TV a la cazadora de vampiros Buffy).
Y los detalles musicales, que con temas de bandas como
Alien Ant Farm ayudan a sostener el ritmo más allá de la trama.

La música da lugar a algunos chistes eficaces que desafían todos los tabúes de la incorrección política, como el tour de force de
Jimbo ( Jason Biggs) pasando por «chico especial» con talento para el trombón. Y hasta permite un momento de pura poesía, por decirlo de alguna manera, cuando un instructor entona una ingenua melodía con el mismo instrumento de viento que acaba de emitir sonidos muy poco ortodoxos.

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