26 de diciembre 2002 - 00:00

Inocente ecologismo en esta "Bahía mágica"

Bahía mágica
"Bahía mágica"
«Bahía mágica» (Argentina-España, 2002, habl. en español.) Dir.: M.Valentini. Guión: J.M.Paolantonio, R.Wullicher. Int.: C.Alvarez Novoa, F.Corvalán, L.Nobile, J.P.Noher, L.Lobato.

Diciembre parece un mes mágico e infantil. Tras el debut de Rosanna Manfredi con «Micaela, una aventura mágica», donde una niña logra impedir que un mago malo destruya los colores de la tierra, ahora debuta Marina Valentini, con esta «Bahía mágica», donde dos niños logran impedir que un capitán malo destruya directamente la tierra. Es lo que corresponde: los niños están para salvar el planeta, y para ver películas infantiles.

Hay otras coincidencias. También acá se entremezclan actores con dibujos animados (aunque no tan buenos), también acá los malos son de pacotilla, y además participan varios animales amaestrados, muy buenos (aunque de relativo carisma). Para conocedores: impresiona ver, en un par de planos, a dos enemigos naturales, un lobo marino y una orca, charlando juntos, con apenas una baranda vidriada de por medio. Las diferencias, en cambio, empiezan por la mayor experiencia de Manfredi, que además contó con un mejor equipo, y un libreto que, sin ser gran cosa, se aceptaba atendiblemente.

No pasa lo mismo con el guión de «Bahía...», que José María Paolantonio y Ricardo Wullicher escribieron de modo quizá demasiado naïf, por no decir displicente. Aun aceptando la fantasía según la cual los animales se comunican con los niños para evitar la descarga de unos desechos radiactivos, más de un jovencito advertirá las incoherencias del relato (tipo ¿por qué el lobo marino lleva el mensaje que recién después va a lanzar el dios de las profundidades? ¿y cómo se enteró la bióloga, si nadie se lo dijo ni vimos que lo dedujera?). A las que se suman algunas limitaciones propias del rodaje (¿por qué las aguas de alta mar son iguales a las del Río de la Plata?).

Medio confuso, alargado, e inocentón, el trabajo sólo tiene a su favor algunas partes entretenidas, un buen trabajo con los bichos, la convicción del español Carlos Alvarez Novoa y su loro Rodríguez, y un desenlace debidamente agitado -lástima, el innecesario epílogo. En fin, ya vendrá enero.

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