«Marechal o La batalla de los ángeles» (Argentina, 2001, habl. en español). Guión y dir.: G. Fontán. Int.: H. González, C. Pérez, M. de los A. y M. Marechal, A. Berdaxagar, J.P. Reguerraz, L. Farías.
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Gustavo Fontán (de quien sigue inédita su sensible opera prima «Donde cae el sol»), presenta ahora un interesante videofilm, de tono apacible y reflexivo, es decir, el tono propio del escritor convocado. Y lo hace con recursos sinceros, un poco a la manera de Alberto Fischermann, en su creativo «Witoldo o la seducción», sobre Witold Gombrowicz, hoy otro olvidado.
Para el caso, reunidos en el auténtico bar Ismir de los escritos marechalianos, algunos exégetas comentan el «Adán Buenos Aires», con su chacota metafísica (obra que, dicho sea de paso, en alguna ocasión Manuel Antin quiso llevar al cine), y otros textos, personajes reales o ficticios toman cuerpo, y las dos hijas y una sobrina dan sus testimonios agridulces. En el balance, a veces los comentaristas suenan medio aburridos, aunque digan cosas apreciables; pero en cambio Liberato Farías, domador citado en un poema, levanta el interés, que se afirma al oírse un texto del propio Marechal, con unas fotos camperas como fondo.
Interesan también, y de qué modo, los recuerdos de la sobrina diciendo con simpatía cómo le gustaban al escritor los jacintos, los heliotropos, y el mate con salamines, o las dulces y hermosas descripciones de infancia de la hija menor, y el ajuste de cuentas de la mayor con su madrastra, una mujer absorbente, famosa dentro del campo intelectual de otros tiempos. Contradictorio, entrañable, hondo contemplativo argentino, Marechal reaparece finalmente en la grabación de unos versos (aquellos tan hermosos que comienzan diciendo «La Patria no ha de ser para nosotros...»), y el documental termina emocionando, cuando cierra con los únicos tres minutos de registro fílmico que existen de aquel hombre: sus manos preparando la pipa, escribiendo, los anteojos, el rostro, la máquina, la pieza, la vista de otras paredes desde la ventana, el paseo por el barrio, el hombre entrando al bar. El Ismir, de calle Gurruchaga, existe realmente, como existió el poeta.
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