Evangelina Salazar en «Monobloc», de su hijo Luis Ortega.
Un fuerte drama al que beneficiaría aligerar algo para su
estreno.
No decepcionó Luis Ortega con su segunda película, presentada ayer en el Bafici, aunque para el estreno le convendría apretarla un poco. Dedicada a Leonardo Favio, «Monobloc» es un drama de mujeres, en cuadros casi teatrales y absorbente estilización, al estilo Aki Kaurismaki con toquecitos criollos, música del padre, y grata reaparición de la madre, Evangelina Salazar.
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La competencia cierra hoy con cuatro films prometedores: el drama danés sobre el duelo por una hija, «Aftermath», de Paprika Steen, la aventura china «Ping pong mongol», de Ning Hao, el documental «La pesadilla de Darwin: desastres socioecológicos», y una comedia argentina, «Judíos en el espacio», de Gabriel Lichtmann, que ya se había lucido con el corto «El séptimo día». Acaso esta comedia se junte con otra vista en la sección Algo Judío, «The Hebrew Hammer», donde investigan a un Santa Claus que reemplazó a los duendes por niños asiáticos que trabajan en negro.
Y última ocasión para ver una rara joyita: «Soy Cuba: el mamut siberiano», del brasileño Vincente Feraz, una mirada al fin de la utopía socialista mediante la evocación del lírico «Soy Cuba», que a su vez fue un film maldito de los '60, rescatado en los '90 por Francis Coppola y Martín Scorsese. Para hacerse una idea, hay un Evangelina Salazar en «Monobloc», de su hijo Luis Ortega. Un fuerte drama al que beneficiaría aligerar algo para su estreno. plano secuencia donde, desde lo alto de un hotel lleno de gente, la cámara desciende hasta la terraza con piscina, pasa por entre los clientes, casi circunvala a una rubia acodada en el balcón, y termina metiéndose en el agua hasta recorrer el fondo de la piscina. Todo eso, mucho antes que se inventaran el steadycam y otras comodidades. Y hay escenas todavía más complejas. «Soy Cuba» fue una proeza de Mijail Kalatazov y su director de fotografía Sergei Urusevsky, que venían de ganar la Palma de Oro en Cannes con «Pasaron las grullas». Locos maravillosos, eran capaces de conseguir negativo infrarrojo del ejército soviético, para que en cierta escena los árboles parecieran plateados, o esperar tres días sin hacer nada, hasta que el cielo tuviera las nubes que querían para una toma. Pero tras un año de rodaje, la obra no gustó en Cuba, por desmelenada, ni en Rusia, porque evidenciaba el gusto cubano por la cultura americana. Tampocoles gustó a los técnicos volverse a Rusia. Al respecto, charlamos con Enrique Pineda Barnett, su coguionista. Este es el resumen:
«Al principio Kalatazov miraba todo sin bajarse del auto. ¿Este tipo vería la vida desde arriba de un auto? Y lo llevamos a un baile de negros. Ahí se bajó. Después andaba solo, y así también filmó a un negro cantor que ni dientes tenía, solo por la expresión del rostro, y después nos dijo que le inventemos un tema y le modulemos la boca en la edición. Lo hicimos en siniestras condiciones, con una rusa bruta que trajeron de montajista, que no entendía fonética».
«Yo debí trabajar con Evgeni Evstuchenko, famoso por sus poemas antiestalinistas», recordó en otro momento. «Una fuerte personalidad, un incansable playboy, y también un tipo insoportable.
Peleábamos semanas enteras por frases suyas muy lindas pero anticinematográficas. Desde entonces nunca escribí nada más en colaboración con nadie. Encima, años después, me ve desde lo alto de una escalinata en Moscú y me grita 'Enrique, ¿siguen pasando tanta hambre en Cuba, que vienes aquí?'. Lo mandé con su madre, como tantas otras veces. Quien me ayudó a soportarlo fue Pavel Glucko, un poeta judío, lo que entonces allá era como ser clandestino. Gran traductor de Góngora y García Márquez al ruso, Glucko era de una maravillosa generación de poetas traductores, que ya no existen».
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