«El himno (Discorsi sopra l'ultima deca di Tito Cossiga)» de C. Nadie. Dir., ambientación y arte: C. Nadie. Int.: L. Campos, Cutuli, A. Ugo, C. Da Pasano, M. Figo y elenco. Ilum.: J. Merzari. (Teatro «Margarita Xirgu»).
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Aunque por momentos parezca una gran broma, cargada de delirio y pretensiones metafóricas, «El himno» es un espectáculo de fuerte tono contestatario. No sólo ataca duramente las jerarquías y manejos de poder que dominaron el mundillo teatral de esta última década, también propone un desordenado recorrido histórico por nuestro pasado más inmediato.
El protagonista de la obra y eje de la acción es el dramaturgo Tito Cossiga, un nombre que remite de inmediato al autor de «La nona» y «Yepeto» y al que el mítico Caronte -una criatura grosera y demoníaca, graciosamente interpretada por Cutuli viene a buscar para llevarlo al infierno. Pero Cossiga tiene de su lado a «Cámpora», un simpático ángel custodio (a cargo de Antonio Ugo) que luchará por prolongar la vida de su protegido unos años más.
• Contradicción
Claudio Nadie, el autor y director de la pieza, acusa al dramaturgo de haberse echado a los pies de ciertos funcionarios de la cultura para asegurarse un lugar. Lo llama «el rey del pasillo y la sala de espera», pero luego parece identificarse con él, al menos desde su lugar de artista injustamente ignorado por el teatro oficial. Cabe recordar que en su reciente edición de «El himno» (noviembre, 2002) Nadie se encargó de detallar en el prólogo sus vanos intentos por llamar la atención de Kive Staiff para que incluyese «El himno» dentro de la programación del teatro San Martín. Allí también se ocupó de denunciar la inminente supresión del sistema de coproducciones; decisión motivada, aparentemente, por los problemas presupuestarios de ese teatro y en razón de que Pro-teatro -otra institución dependiente del Gobierno de la Ciudad-ya estaba ocupándose de otorgar subsidios.
En su puesta, sin embargo, Nadie no hace mención alguna a la gestión de Jorge Telerman, actual secretario de cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Todos sus ataques están dirigidos a Darío Lopérfido, anterior titular de esa secretaría durante el gobierno de De la Rúa y hoy residente en España.
En desmedro de su tono festivo y pirotecnia verbal, «El himno» exhibe una dramaturgia muy confusa, que entremezcla cuestiones coyunturales, alegorías mitológicas, pasajes de Shakespeare y chistes escatológicos sin lograr una adecuada síntesis. Las mejores escenas son aquéllas en las que Caronte y Cámpora se disputan el alma de Cossiga (un correcto Luis Campos) o cuando Claudio Da Pasano interpreta a Lopérfido aportándole su eficaz comicidad. En esos momentos, el juego dramático fluye con gracia y sin perder su tono revulsivo. Los demás tramos de la pieza pier-den fuerza ante la multiplicidad de temas que pretenden abarcar. Sólo la gracia y picardía de ciertos comentarios maledicentes (contra los críticos en general y contra algunas figuras del mundillo teatral) impiden que el público comience a aburrirse. Nadie hace de «El himno» un teatro de barricada, donde seguramente expone buena parte de los reclamos y reivindicaciones de otros artistas independientes. Lástima que al recurrir a un humor más verbal que conceptual o al ensañarse ferozmente con algunos artistas (caso Luis Bran-doni), termine pareciendo un atolondrado petardista antes que el lúcido cuestionador que ha demostrado ser, al menos en el prólogo de su libro. Por otra parte, su manera de filtrar la ficción en la realidad y la realidad en la ficción, hace que su espectáculo resulte algo críptico para el espectador ajeno al circuito teatral.
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