14 de septiembre 2000 - 00:00
"IRENE, YO Y MI OTRO YO"
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Difícilmente ningún crítico vaya a describir este tipo de escenas de «Irene, yo y mi otro yo» como un canto a la vida. Y, sin embargo, el principal problema de la nueva película de los hermanos Farrelly, autores de « Loco por Mary» y « Tonto y Retonto», no es el abuso de chistes guarros, sino el espíritu ingenuo y esperanzado que insisten en infiltrar en medio de los chistes de pis, caca, vómito y juguetes sexuales.
En realidad, en algunos momentos su mezcla revulsiva de chistes ultrabobos con chanchadas extremas y variadas funciona bastante bien. En cualquier cine poblado de adolescentes la imagen de un pobre tipo al que le han insertado una gallina en el trasero será recibida con una gran carcajada general, y más allá de lo dudoso de sus métodos, no hay duda de que cuando dan en el blanco los Farrelly saben hacer reír. Lo hicieron en «Tonto y Retonto», y también en « Loco por Mary». Sólo que en el primer caso el festival Jim Carrey estaba atenuado por la presencia de un actor tan sólido -aunque mucho menos carismático-como Jeff Daniels, mien-tras que la Mary encarnada por Cameron Díaz era mucho más atractiva (en todo sentido) que la desganada Irene que hace Rene Zellweger. Además, al lado del descontrol que aquí muestra Carrey, el Ben Stiller de «Loco por Mary» parece tan serio como Max Von Sydow.
De cualquier modo, no tiene sentido analizar «Irene, yo y mi otro yo» como si se tratara de una película de algún autor serio como Javier Torre. En un caso radical como éste lo mejor es hacer una especie de estadística sobre el porcentaje de gags que dan en el blanco. Y la verdad es que el número de hits está bastante lejos de los dos films anteriores de los Farrelly.
Hay una sobredosis de chistes asquerosos, de tal manera que la audacia que podría ser todo un hallazgo en otra película (como el «gel» para el pelo de Cameron Díaz en «Loco por Mary») acá se desactiva por estar precedida de una docena de chanchadas parecidas. También hay un exceso de canciones pop, todas metidas a la fuerza y sin demasiada gracia, más para vender un CD antes que para dar clima.
Lo mejor es la seriedad pétrea de Robert Foster, los negros gigantes y pésimamente hablados que integran la familia de Carrey (lástima que no estén más explotados) y toda la secuencia que describe el nacimiento de la personalidad esquizofrénica del protagonista.
Si los Farrelly hubieran trabajado mejor los elementos interesantes de su guión en vez de abarrotarlo de detalles y climas dispersos e incoherentes, posiblemente se habrían salido con la suya a pesar de lo impresentable de su particular sentido del humor.



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