5 de octubre 2004 - 00:00

Janet Leigh fue mucho más que la víctima de Hitchcock

Janet Leigh fue intérprete de musicales, estupendos westerns y dramas como «Sed de mal», de Orson Welles; sin embargo, el cine la recordará como la famosa víctima de la ducha en «Psicosis».
Janet Leigh fue intérprete de musicales, estupendos westerns y dramas como «Sed de mal», de Orson Welles; sin embargo, el cine la recordará como la famosa víctima de la ducha en «Psicosis».
Janet Leigh fue la rubia de Hitchcock que menos tiempo actuó bajo sus órdenes pero la que más fama le dio. La imagen de su precoz y célebre muerte en la ducha, bajo los frenéticos cuchillazos de «Mamá», convirtió a «Psicosis» (1960) en un clásico instantáneo, a esa escena en uno de los momentos más citados de la historia de Hollywood, y, durante bastante tiempo después de su estreno y hasta que se acallaron los efectos inmediatos, a la sufrida protagonista en el blanco de cientos de llamados telefónicos anónimos de a cuanto loco hubiera cautivado el film (la actriz debió cambiar de número varias veces en pocos meses).

Leigh
, de 77 años, murió el domingo por la tarde en su casa de Beverly Hills a raíz de una enfermedad en sus vasos sanguíneos. La información fue dada a conocer ayer por el vocero de su hija y también famosa actriz Jamie Lee Curtis, fruto de su matrimonio con el actor Tony Curtis (también tuvieron otra hija, Kelly).

Nacida con el nombre Jeanette Helen Morrison, Janet Leigh intervino en numerosas películas, algunas de ellas tan importantes como «Sed de mal» de Orson Welles o «El embajador del miedo» de John Frankenheimer. Sin embargo, ninguna le dio, para bien y para mal, tanta popularidad como sus 15 minutos de aparición en «Psicosis», el film de Hitchcock que revolucionó el cine de suspenso a comienzos de los años 60.

Considerando la posterior evolución del lenguaje del cine, medir hoy el impacto que tuvo esta película en su momento no es sencillo. Hay que tener en cuenta que era la primera vez en que la estrella y protagonista era asesinada fría e inesperadamente a los pocos minutos de iniciarse la película, en una de las escenas más estupendamente editadas en Hollywood.

Hitchcock
, que reemplazó color rojo sangre por blanco y negro y truculencia por sugerencia, tardó en montar la escena de la ducha casi tanto como el resto del film. Fue una secuencia compuesta por 72 planos rápidos, que ni siquiera llegaron a mostrar el cuerpo desnudo de la actriz (es más: en algunos de esos planos se empleó a una doble). En pantalla, el efecto era devastador, y subrayado por la chirriante música de Bernard Herrman que remedaba el graznido agudo de pájaros. Desde entonces y hasta su retiro, la carrera de Leigh quedó encerrada en ese baño.

Originaria de la localidad californiana de Merced, donde nació el 6 de julio de 1927, Leigh estudió música y se casó a los 17 años con el director de orquesta Stanley Roberts. Tres años después, en 1947, debutó en el cine con el film «El romance de Rosy Ridge», un western de Roy Rowland. Empezó a conocer la popularidad con su interpretación en la película «Mujercitas», que dirigió Mervin Le Roy en 1949. En 1948, entre el rodaje de esas dos películas, trabajó también en el film «Acto de violencia», de Fred Zinnemann. Ese mismo año, la actriz se divorció de Roberts y se casó Tony Curtis.

Leigh
fue descubierta por Norma Shearer, mientras trabajaba como modelo, quien le consiguió un contrato con la MGM. «El Danubio rojo» y «La dinastía de los Forsyte» fueron otras de sus películas en los años 40. Tony Curtis fue su compañero de reparto en la biografía fílmica de «El gran Houdini» en 1953. Después trabajó en una película de tema medieval, «Coraza negra», y tres años más tarde, en 1957, en «Los vikingos» de Richard Fleischer.

Leigh
también se destacó en los musicales «Words and music», de 1948, «Two tickets to Broadway», de 1950, que consolidó su popularidad, «Fearless Fagan», film dirigido por Stanley Donen en 1952, y «Walking my baby back home», de 1953. «Mi hermana Elena», de 1955, fue una de sus mejores creaciones junto con «Vacaciones sin novia», film dirigido por Blake Edwards en 1958 en el que volvió a coincidir con su marido. Al año siguiente rodó «Quien era esa chica», de George Sidney.

Tuvo la fortuna, asimismo, de coprotagonizar en 1952 con James Stewart (otro gran actor hitchcockiano) uno de los mejores westerns de Anthony Mann, «El precio de un hombre» («The Nakes Spur»). En «Un beso para Birdie», una vez más de Sidney, aparecía con el cabello teñido de negro en contraste con la peluca rubia platino que llevó a lo Luis XVI en el film de espadachines «Scaramouche», del mismo director, de 1953.

Leigh
también fue buena bailarina y demostró ser una de las más dúctiles actrices hollywoodense si se tienen en cuenta la citada «Sed de mal», en la que Orson Welles consiguió de ella una ambigüedad que de por sí no poseía el personaje.

En los 60, su carrera continuó, entre otros títulos, con «El detective», dirigida por Gordon Douglas en 1968 y en la que representa el papel de esposa abandonada. En 1966 rodó «Harper, investigador privado», junto a Paul Newman, con la que volvió al estilo que le hizo popular.

A lo largo de la década de los 60 y 70 multiplicó sus aparicionescomo artista invitada en series-televisivas, mientras su gran estrella comenzaba a declinar. En 1965 y 1969, respectivamente, rodó en España
«Kid Rodelo», la tercera que realizaba sobre el oeste americano, y «Trampa en luna de miel», junto a Rosano Brazzi. En 1980, junto a su hija Jamie Lee Curtis, intervino en el film «Niebla», de John Carpenter.

Actualmente estaba casada con el financiero
Robert Brandt.

Dejá tu comentario

Te puede interesar