12 de diciembre 2000 - 00:00
Jean Baudrillard contra la globalización en la Bienal
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Obra de Pablo Siquier
Nicolás García Uriburu, sin abandonar sus coloridos juegos acuáticos, presentó su obra más jugada. Concretamente, se trata de una instalación que no renuncia a la estética, pero denuncia la polución: en letras rojas figuran los nombres de los productos químicos venenosos y en letras negras los de las fábricas que los producen.
La obra de Pablo Siquier es otra expresión del drama urbano. En el purismo geométrico de su ciudad se adivina la nostalgia por la arquitectura déco, se reiteran los núcleos cerrados, los nudos sin salida que, sin embargo, ceden ante un estallido que rompe el rigor constructivo.
Darío Lopérfido inauguró la Bienal que está auspiciada por la Secretaría de Cultura y Comunicación y, luego de destacar la «estrechez económica» que signó esta iniciativa y cómo se puede «suplir el dinero con talento e inteligencia», anunció que el proyecto de ley de Mecenazgo será tratado en las sesiones extraordinarias del Parlamento. «La próxima Bienal va a ser mejor», auguró, coincidiendo con el espíritu de los que piensan que, aun con sus carencias, es importante esta iniciativa.
La metáfora puede no ser casual: en su discurso observa que si bien el mundo entero y no sólo EE.UU. es el lugar de la mundialización, «Norteamérica está en todas partes y en cada uno de nosotros, todos somos, en parte, americanos. Nos quieren hacer creer que la demanda cultural es mayor que la oferta, pero los individuos ya no tienen tiempo de consumir lo que les ofrecen».
La consecuencia de la sobreoferta es la alienación cultural de los individuos. La cultura se convierte en un bien transable sujeto a la especulación. El producto cultural se hace efímero, pero no como traducción de lo efímero de la vida, sino como adaptación al mercado donde los bienes son efímeros en el sentido de su materialidad que se degrada.
El problema no es tanto que las obras de arte y los valores estéticos adquieran valor comercial, sino que al revés, el precio, el dinero y la especulación consiguieron status estético, se convirtieron en «en fuente de juicio, placer y fascinación estética». Sin embargo, anuncia que todavía existe la posibilidad de oponer la «diferencia» cultural a la homogeneización mundializante. En palabras poéticas, resalta las bellezas y singularidades de la ciudad de Estambul, que compara con las más bellas ciudades del mundo, como Roma, Venecia, Lisboa y Rio de Janeiro, y destaca su «cultura como destino», su resistencia contra el «estándar universal» de la «cultura design».
Para Baudrillard, sólo la reivindicación de la cultura con sus particularidades locales puede llegar a salvarla de la indiferenciación a que la destina el avasallante proceso global. Y su despedida sonó como la expresión de un deseo: «Espero que esta Bienal aporte precisamente algo de singularidad».


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