13 de septiembre 2002 - 00:00
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Jennifer Lopez
mente.
Jennifer lo empezó muy bien con una respuesta franca, y, de paso, fue más sincera que algunos de sus interlocutores de la prensa, cuando le preguntaron (confundiéndola quizá con Susan Sarandon) si ella había decidido protagonizar esta película por su preocupación en el tema de la mujer golpeada, o si había hecho investigaciones en hogares que hubieran padecido este problema.
«Ninguna persona de bien puede ser indiferente al tema de las mujeres golpeadas», concedió. «Pero, vamos, esto es un thriller. Una película de acción. ¿Qué me voy a poner a investigar? Lo único que investigué es si la película podía gustar o no, si tendría posibilidades de atraer al público o no. Sé que quedaría muy bien que yo ahora dijera que encaré este papel por tal o cual militancia en el tema de los derechos de la mujer, o que confío en que la película pueda contribuir a aliviar la situación de los hogares violentos, pero estaría mintiendo descaradamente. Repito: esto es un thriller, y como tal debe verse».
«No veo por qué lo rechazaría», contesta. «En principio, porque no creo tener una imagen tan uniforme como para que no se me admita una faceta más, diferente. Lo que me interesó, eso sí, fue el desafío físico. Los dos meses que pasé en el gimnasio preparando el papel, entrenándome en artes marciales y en ese tipo tan particular de lucha que se llama Krav Maga. Es una técnica que consiste en aprovechar la energía y la fuerza del contrincante para volverlas en su contra. En ese sentido, la elección del tipo de lucha ayudó a la verosimilitud: yo no podía aparecer en la película derribando a Bill Campbell [el actor que interpreta a su marido violento], pero sí usando, con inteligencia física, su energía animal para contraatacar. Es una técnica que se vale del desplazamiento del cuerpo y la velocidad, de hacer que el otro se estrelle contra una pared en el momento justo, y entonces atacarlo cuando está debilitado».
Cuando habla en público y reflexivamente de su imagen de luchadora Krav Maga, Jennifer asume una seriedad que parece apuntar más al target humanitario que al sado. Y en esa dirección recibe las preguntas. «No, afortunadamente nunca sufrí en mi vida un castigo del orden que padece mi personaje», aclara. «Y no sé cómo reaccionaría en una circunstancia así. Es decir, sí sé que no lo soportaría un segundo, pero no sé si me defendería de la misma forma. En ese sentido la película, y más allá de que sea, como dije antes, simplemente un thriller sin intenciones 'educativas', también puede dejar una lección. Toda película la deja a su manera. En este caso, que nunca hay que sufrir calladamente este tipo de peligros. Sé que hay muchas mujeres que prefieren, para no destruir la familia que constituyeron, soportar resignadamente a maridos golpeadores».
A continuación, se niega a considerar «Nunca más» como una película feminista: «En absoluto. Aquí es la mujer la que se defiende, pero la historia también podría funcionar con un hombre atado a cualquier tipo de sometimiento violento, del estilo que fuere. Lo que sí me parece original de la película, sin que eso signifique que sea 'feminista', es que por lo general en el cine las mujeres en peligro suelen ser rescatadas o salvadas por un hombre. Acá no. Es ella misma la que hace justicia».
Indiscreción
Sobresalto en la conversación: de improviso, una periodista del Uruguay la interroga a Jennifer sobre su comentado affaire sentimental con Ben Affleck. A los publicistas de la película, que le temen a esta clase de preguntas personales como al ántrax, se les hiela la sangre. Pero ya está hecha. Hay sonrisas nerviosas de compromiso, menos amplias que las que ensaya la estrella antes de responder lo mismo que responden todas en cualquier parte del mundo en iguales circunstancias: sin desmentir ni confirmar, dice que está pasando por un momento muy feliz en su vida.
Vuelve la calma, con la certeza de que es imposible desviarse del tema convocante. La interrogamos sobre su relación (profesional) con el director Michael Apted. Cineasta británico de 61 años, Apted ha trabajado largamente con Laurence Olivier, sobre todo en televisión, antes de instalarse en el cine norteamericano. A él se le debe más de un título recordable en los 70 y los 80, como «Gorky Park», «La hija del minero», «Gorilas en la niebla» y «Agatha» (aquella estupenda recreación del «misterio» de la novelista Agatha Christie, cuando desapareció sin dejar rastros durante varios días, que interpretaron Vanessa Redgrave y Dustin Hoffman).
«Teníamos una cuenta pendiente», contesta. «Una película que no llegamos a filmar por razones de agenda hace unos años, y ahora se dio la ocasión. Es un director que sabe escuchar a los actores. Y eso, que debería ser una norma de conducta en las filmaciones, no es muy frecuente que se dé en Hollywood. Con Michael sí. Es capaz inclusive de incorporar, ya con el rodaje en marcha, modificaciones grandes en la definición de tal o cual escena si entiende que el actor que se lo sugiere tiene razón. Y no solamente el protagonista, cualquiera del elenco. Durante la filmación, su mayor preocupación tenía que ver con las escenas de lucha que yo tenía que protagonizar. En realidad, él estaba mucho más asustado que yo.Volvería a trabajar muy gustosamente con él».
La conversación concluye con una referencia a su próximo film, «Gigli» (nada que ver con Beniamino), que coprotagoniza, casualmente, con Ben Affleck. «Sí, interpreto a una lesbiana. Pero no van a ver ninguna de las escenas que están esperando», desilusiona.


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