9 de abril 2007 - 00:00

Jorge Macchi une emoción a su fiel conceptualismo

«Atlas», de Jorge Macchi: mapas vacíos que el artista definecomo «una pesadilla cartográfica», y que pueden verseen la muestra de la galería Ruth Benzacar.
«Atlas», de Jorge Macchi: mapas vacíos que el artista define como «una pesadilla cartográfica», y que pueden verse en la muestra de la galería Ruth Benzacar.
Si el arte conceptual induce al espectador a pensar, y en vez de incitarlo al vagabundeo visual de la contemplación, alienta sus reflexiones, la muestra que Jorge Macchi exhibe desde hace unos días en la galería Ruth Benzacar depara una triple experiencia: exige raciocinio, estimula la imaginación y proporciona placer a la mirada.

En esta última década, con sus licencias poéticas y a pesar de mantenerse fiel al conceptualismo, Macchi supo deparar emoción. Setiembre será un mes clave para su ascendente carrera internacional: exhibirá una gran retrospectiva en la Bienal del Mercosur en Porto Alegre, que luego seguirá de gira por el Museo Blanton de Austin, Texas, y el MAM de Miami, mientras su curador, Gabriel Pérez Barreiro, busca una institución para mostrarla en Buenos Aires en 2010.

En la actual muestra porteña, con un gesto de cortesía que rompe la oscuridad y el rigor conceptual, el artista presenta un plano de la sala donde figuran los títulos y una brevísima descripción de las obras. Con esta guía, el visitante recorre la muestra como si él lo llevara de la mano.La exposición se inicia con un video que hipnotiza al espectador: «Streamline». Esta toma directa de una autopista con cinco líneas blancas que cruzan el asfalto, se percibe como un pentagrama, sensación que confirman el sonido de un cello y los vehículos que pasan raudos como notas musicales por la partitura. La obra fue realizada con la colaboración de Edgardo Rudnisky, músico que compuso «La Ascensión» para la imponente instalación y performance que el artista exhibió hace dos años en la Bienal de Venecia.

Ahora, el registro fílmico de ese verídico fragmento de una carretera del que se ha eliminado todo fenómeno marginal, pone en evidencia la perfecta relación entre la velocidad de los autos y la intensidad del sonido. Macchi destaca este aspecto de la realidad, concentra la atención en la representación visual del ritmo. Si bien la ruta está fielmente representada, la realidad aparece « organizada», de un modo que subyuga los sentidos y se percibe como «artístico». Los vehículos transitan el pentagrama al ritmo de la música, y al observar la pantalla se descubre el que el verdadero protagonista de la obra es el tiempo, que rítmica e inexorablemente se escabulle.

  • Cotidianeidad

  • Al salir de la sala de video se divisa «Windows»: dos fotografías donde se lee «El dolor» y «La emoción», que vuelven a mostrar esa manera especial de organizar las simples cuestiones cotidianas. Se trata de dos textos publicitarios pintados sobre unas medianeras junto a unas ventanas, que el artista recortó con su cámara hasta convertirlos en lapidarios mensajes.

    A lo largo de una carrera que comenzó en 1987 con el Grupo de la X, Macchi ha forjado un lenguaje propio y reconocible, su método consiste en borrar las evidencias del relato y trabajar con los rastros, con detalles imperceptibles. Todo se ve sutil y ordenado en su obra, hasta que en ocasiones se vislumbra la desesperación, y entonces aparece lo mejor. Como esa violencia expresada al suplantar con clavos las notas de una partitura, o, la obsesión que ahora lo lleva a recortar los mapas hasta dejar sólo los bordes que los tornan reconocibles, para luego coserles unas tristes hilachas que cuelgan de las hojas desguazadas.

    Su «Atlas» (así se titula la obra) son unos mapas vacíos que Macchi define como «una pesadilla cartográfica». Esta obra antecede a «Lilliput», un collage que muestra un mapamundi luego de un estallido, con los países dispersos y pegados de cualquier modo. Como un minucioso cartógrafo, el artista intenta poner orden en esa geografía alucinada, acomoda los restos y registra las distancias que separan los países disgregados. El globo terráqueo se reduce a un esquema de líneas en «Red Negra», obra realizada con hilos que anudan fuertemente latitudes y longitudes en cada cruce, y que refuerza la idea del vacío.

  • Recurrencias

    El pentagrama o los tensores, son elementos que Macchi utiliza de modo recurrente. La galería está cruzada de punta a punta por un aparato conformado por cinco extensísimos cables que evocan la música, que a la vez representan un pentagrama o las cuerdas de un instrumento. Pero, como casi todas las obras tienen afinidades secretas entre sí, no recuerdan cualquier música sino las resonancias del violoncello de «Streamline» y las secas fricciones del arco sobre las cuerdas.

    La muestra se completa con una nube que cubre el Obelisco porteño, una mesa con un mapa de «la ciudad luz» que despliega su sombra sobre el plano de París, un bello y evanescente planisferio, y se cierra con «Hotel», la más poética de las obras, que el artista describe con estas palabras: «Es un recuerdo. Está oscuro y la única luz viene de una lámpara adosada a una pared pintada con motivos decorativos de color azul. El dibujo, que es nítido cerca de la lámpara, se desvanece a medida que se aleja de ella».

    Sobre una de las paredes de la sala Macchi colocó un candelabro que permanece apagado, pero parece estar encendido, ilusión que provoca al acentuar el color cerca de la lámpara y esfumar los bordes. Este simple recurso induce a pensar en la «magia» de la pintura, generadora de ilusiones por excelencia, específicamente en los grandes maestros dedicados a representar los juegos de la luz, como Vermeer o los impresionistas.

    Por otra parte, los arabescos pintados a la manera de un antiguo empapelado y el estilo decimonónico del candelabro, remiten de inmediato al pasado.Así, «Hotel», se percibe como un fragmento del ayer sustraído del tiempo, pues al igual que el episodio de la magdalena o el sonido de la cuchara al golpear contra un plato de Proust, despierta sensaciones adormecidas, « evocaciones penetrantes».

    En suma, es indudable que varias obras de la muestra expresan preocupación por el destino del planeta, pero alejándose del retórico discurso político o ecológico, Macchi demuestra que cualquier tema sirve para indagar el sentido y la esencia del arte. Así pone a prueba la capacidad interpretativa y sensitiva del espectador.
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