9 de abril 2007 - 00:00
Jorge Macchi une emoción a su fiel conceptualismo
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«Atlas», de Jorge Macchi: mapas vacíos que el artista define
como «una pesadilla cartográfica», y que pueden verse
en la muestra de la galería Ruth Benzacar.
A lo largo de una carrera que comenzó en 1987 con el Grupo de la X, Macchi ha forjado un lenguaje propio y reconocible, su método consiste en borrar las evidencias del relato y trabajar con los rastros, con detalles imperceptibles. Todo se ve sutil y ordenado en su obra, hasta que en ocasiones se vislumbra la desesperación, y entonces aparece lo mejor. Como esa violencia expresada al suplantar con clavos las notas de una partitura, o, la obsesión que ahora lo lleva a recortar los mapas hasta dejar sólo los bordes que los tornan reconocibles, para luego coserles unas tristes hilachas que cuelgan de las hojas desguazadas.
Su «Atlas» (así se titula la obra) son unos mapas vacíos que Macchi define como «una pesadilla cartográfica». Esta obra antecede a «Lilliput», un collage que muestra un mapamundi luego de un estallido, con los países dispersos y pegados de cualquier modo. Como un minucioso cartógrafo, el artista intenta poner orden en esa geografía alucinada, acomoda los restos y registra las distancias que separan los países disgregados. El globo terráqueo se reduce a un esquema de líneas en «Red Negra», obra realizada con hilos que anudan fuertemente latitudes y longitudes en cada cruce, y que refuerza la idea del vacío.
El pentagrama o los tensores, son elementos que Macchi utiliza de modo recurrente. La galería está cruzada de punta a punta por un aparato conformado por cinco extensísimos cables que evocan la música, que a la vez representan un pentagrama o las cuerdas de un instrumento. Pero, como casi todas las obras tienen afinidades secretas entre sí, no recuerdan cualquier música sino las resonancias del violoncello de «Streamline» y las secas fricciones del arco sobre las cuerdas.
La muestra se completa con una nube que cubre el Obelisco porteño, una mesa con un mapa de «la ciudad luz» que despliega su sombra sobre el plano de París, un bello y evanescente planisferio, y se cierra con «Hotel», la más poética de las obras, que el artista describe con estas palabras: «Es un recuerdo. Está oscuro y la única luz viene de una lámpara adosada a una pared pintada con motivos decorativos de color azul. El dibujo, que es nítido cerca de la lámpara, se desvanece a medida que se aleja de ella».
Sobre una de las paredes de la sala Macchi colocó un candelabro que permanece apagado, pero parece estar encendido, ilusión que provoca al acentuar el color cerca de la lámpara y esfumar los bordes. Este simple recurso induce a pensar en la «magia» de la pintura, generadora de ilusiones por excelencia, específicamente en los grandes maestros dedicados a representar los juegos de la luz, como Vermeer o los impresionistas.
Por otra parte, los arabescos pintados a la manera de un antiguo empapelado y el estilo decimonónico del candelabro, remiten de inmediato al pasado.Así, «Hotel», se percibe como un fragmento del ayer sustraído del tiempo, pues al igual que el episodio de la magdalena o el sonido de la cuchara al golpear contra un plato de Proust, despierta sensaciones adormecidas, « evocaciones penetrantes».
En suma, es indudable que varias obras de la muestra expresan preocupación por el destino del planeta, pero alejándose del retórico discurso político o ecológico, Macchi demuestra que cualquier tema sirve para indagar el sentido y la esencia del arte. Así pone a prueba la capacidad interpretativa y sensitiva del espectador.



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