Konitz dio cátedra de jazz

Espectáculos

Si hubiera que explicar a alguien que ignora absolutamente el jazz y el swing qué es esta música, se le debería sugerir que se acercara a escuchar en vivo al trío de Lee Konitz. Con 73 años y una vida dedicada a esta música, este saxofonista es un referente indiscutible.

Fue uno de los muy pocos que no sucumbieron frente a la enorme influencia estilística de Charlie Parker porque eligió transitar un camino personal, porque optó por el instrumento alto cuando todavía no era habitual su uso en el jazz, porque construyó su música a partir de la improvisación pero sin olvidarse nunca de las melodías; porque tocó con casi todos -de todos aprendió y a todos influyó-; porque sigue siendo tradicional sin ser arcaico.

Konitz es un purista en muchos sentidos. Sus actuaciones en el Sheraton se hicieron prácticamente sin amplificación -apenas aceptó utilizar un equipo pequeño para el contrabajo después de muchos ruegos de los organizadores; este diario fue testigo de esa discusión en una cena que se hizo un par de días antes del concierto porteño y con las luces mínimas.

Y aunque algunos espectadores más alejados del escenario pudieran sufrir en parte las consecuencias de esa decisión,
Konitz lo compensó con una calidez que -y en eso hay que concederle la diestra sólo es posible con el sonido auténticamente acústico. Pero además, el músico trata a las melodías -en su gran mayoría, «standards» muy conocidos- como piezas de orfebrería.

Plantea los temas y, desde allí, los modela con improvisaciones delicadas, de largo aliento, llenas de ideas. Toca clásicos como
«Body and soul», «Cherokee», «I Remember April», «Stella by Starlight», «All the Things you are», «Star Eyes», «Solar», «What's that Thing called Love», o presenta algunos temas propios --»Karxs trance», «Sub-conscious Lee».

Nunca rompe el clima; intimista, delicado, sutil, «cool». Y es entonces moderno desde la inteligencia, la minuciosidad, el toque incomparable; mucho más que desde la revolución del lenguaje jazzístico. Como si nos recordara que, pese a todo lo que ha sucedido con esta música, lo básico, si está tan bien hecho, sigue teniendo absoluta vigencia. Para esta empresa, claro, cuenta con dos compañeros de lujo.
Jeff Williams, desde los tambores y los platillos, se suma a la sutileza del líder, aunque también demuestra que puede ser enérgico y virtuoso en algún solo. Y el contrabajista Ron McClure es tan buen improvisador como Konitz, seguro en la afinación, dueño de todas las posibilidades del instrumento y, a la vez, respetuoso del conjunto cuando así lo requiere la música.

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