Actuación de Charly García. (The Roxy, 16 de marzo).
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C uando el show business -y el negocio de la música, en particular- está viviendo uno de los momentos más duros de su historia, estos primeros meses del año encuentran a Charly García en una de sus mejores épocas. Lo había dejado intuir en sus shows del año pasado en el teatro Coliseo y después en algunos reportajes que dio durante el verano; y acaba de reafirmarlo en este concierto que hizo frente a una multitud apretujada en el reducido espacio de The Roxy.
Es evidente, además, que él mismo se siente más seguro. En lugar de una banda numerosa prefirió el acompañamiento de sólo tres músicos -un bajo, una batería y un saxo-, hecho que tiene también connotaciones estéticas indiscutibles. En lugar de respaldarse, como hizo tantas veces, en las voces de sus coristas o de artistas invitados puso la suya bien al frente durante los 90 minutos de recital. En lugar de deambular enloquecidamente por el escenario e incluso abandonarlo por momentos, permaneció sentado tocando los teclados y luciéndose en un terreno en el que pisa fuerte.
El repertorio fue de lo más ecléctico, y también la manera de interpretarlo. Fue desde una versión más pop de «Confesiones de invierno», hasta algunas novedades que integrarán su próximo disco. Pero el recorrido incluyó clásicos como «Cerca de la revolución», «Raros peinados nuevos» o «Hablando a tu corazón». Se dio el gusto de cantar «Purple Rain» de Prince, un tema que ama. Se divirtió con «El peso», «El vicio» o la versión reformada de su antigua canción «Mr. Jones», dedicada a la caída de Fernando De la Rúa. A ratos jugó a hacerse el «tecno». Compartió los bises con su amigo Pipo Cipolatti -en ese caso, también se calzó la guitarra-para los temas de «Titanes en el ring». Improvisó («zapó») en el órgano y el piano sin desbordarse.
Cantó con solvencia. Y no se aventuró a un concierto interminable -como hizo también muchas veces- sino que lo circunscribió a un tiempo razonable, muy apto para el que escucha y para el que toca.
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