28 de marzo 2002 - 00:00

"LA DAMA Y EL DUQUE"

Lucy Russell
Lucy Russell
«La dama y el duque» («L'anglaise et le duc», Francia-Alemania, 2001; habl. en francés). Dir.: E: Rohmer. Int.: L. Russell, J.C. Dreyfus, F. Marthouret y otros.


" La dama y el duque" es una película de cámara, pequeña, luminosa, y tan anacrónica como placentera. En su ancianidad, Eric Rohmer (uno de los pocos directores sabios del cine francés) se ha dado el gusto de adaptar un olvidado libro de memorias de una noble inglesa que vivió en París en los tiempos del Terror, «Ma vie sous la Révolution», de Grace Elliott, y rodarlo de una manera teatral, delicada y pictórica.

Sin embargo, esos artificios de luz, escenografía y texto de los que se vale para recrear y recortar, como en un sueño, o una pesadilla, aquel período de la historia de Francia (casi todo transcurre de noche), están muy lejos de distanciar al espectador de la agitada intimidad y las desdichas de sus personajes.

«La dama y el duque»
recuerda menos a un film de época que a la melodía, y la letra, de «Que reste-t-il de nos amours?». En ese sentido, Rohmer parecería perpetuar, aun con estos claroscuros, pelucas blancas y la sombra de la guillotina de fondo, el mismo espíritu que animó los infortunios amorosos de sus personajes juveniles en sus recientes cuentos de las cuatro estaciones.

Es curioso, y no puede ser explicado más que por la magia de Rohmer, pero este film, aun con toda su antinaturalismo de puesta, es mucho más fiel para entrar en otra época (o en la forma que desde lo contemporáneo se piensa otra época) que todas aquellas producciones «digitalizadas», norteamericanas o no, que se proponen lo mismo.

Protagonista

Interpretada por Lucy Russell (una gran actriz británica descubierta por el director de «Memento», Christopher Nolan, y protagonista de su primer film, «Following»), la noble Grace Elliott es una mujer ya retirada del juego de las lides amorosas a los 30 años. Fue amante del Príncipe de Gales y del Duque de Orléans, quien la llevó a vivir a París.
En su desesperación, Grace se obstina en seguir viviendo allí porque comparte, en el pensamiento, las ideas básicas de la Revolución, aunque en su corazón asiste con espanto al sangriento exterminio de la nobleza. Sus reencuentros con el Duque (
Jean Claude Dreyfus) son ásperos y melancólicos, como ocurre con los viejos amantes que tardan en reconocerse cuando se vuelven a ver después de mucho tiempo.

En este caso, esa sensación incómoda tiene importancia argumental: el Duque es el político por naturaleza, y su pragmatismo de la hora puede llevarlo a votar, pese a sus ideas, en contra de su propio familiar, el amenazado rey
Luis XVI. Grace siente eso como algo más que una traición, y su propia liberalidad la impulsa a correr riesgos que exceden, desde luego, sus convicciones morales o políticas: la que obra es su condición de mujer, y quien la cuenta es Rohmer.

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