11 de agosto 2008 - 00:00
La fotografía va más allá de reflejar la realidad
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La belleza
abstracta de
unas
banderas de
Dino
Bruzzone,
que flamean
con los
colores de
Boca, en el
Festival de la
Luz.
Ante la belleza abstracta de unas banderas de Dino Bruzzone, que flamean con los colores de Boca, se enfrenta una parodia de David Beniluz, que recrea la pintura «Las meninas» de Velásquez, acaso para poner el acento en el juego de las miradas y la fealdad de los rostros.
En el medio de la sala hay un «Site specific», una obra hecha «a medida» como las que hoy el nomadismo artístico y las exigencias de ferias y bienales han puesto en el candelero.
«Sonría, lo estamos vigilando» de Cecilia Estalles, es un cubo que imita un toilette, tapizado con un centenar de retratos. Así, el espectador accede a un lugar privado convertido en público.
La muestra «Ellos», curada por Travnik, explora la fotografía como testigo de la realidad,analiza la relación entre el retratado y el autor de la foto, que en esta ocasión se unen para conformar relatos creíbles y elocuentes. Con tomas impecables de un tema tan simple como la gente que camina por la calle, Mimo Giordano acentúa el dinamismo e induce a pensar en cuál será el destino de sus personajes con prisa.
Marcelo Coglitore retrata gente en sus lugares de trabajo, y lleva a evocar las antiguas imágenes del siglo XIX de Christiano Junior, donde el que mira la cámara dice con franqueza quién es. Algo similar sucede con los retratos de familia de Emiliano Fernández: se ven verdaderos. Por el contrario, los rostros de la serie «Los presidentes» de Fernando Alvarez, quien con una elaborada superposición de tomas genera una sensación de movimiento, aparecen como una clara metáfora de la capacidad humana para travestirse y cambiar de identidad.
Una gran sala está dedicada a «Ojos para volar», con varias series de imágenes de la talentosa mexicana Graciela Iturbide, alumna de Manuel Alvarez Bravo; algunas realmente poéticas, otras con patético humor, y todas en blanco y negro. Aldo Martínez muestra con clave de humor, el desborde y el barroquismo de «Exceso, el desenfreno de los sentidos», una instalación donde a las recargadas imágenes con marcos dorados, ha sumado pétalos de rosas, candelabros con velas, arañas de cristal, en un delirante despliegue ornamental.
El brasileño Rogelio Ghomez presenta una grata exhibición de fotografías que no aspiran al «instante decisivo» y, por el contrario, reflejan la gracia de las cosas comunes y los placeres mínimos. Los retazos de paisajes y la vista de una playa donde un chico corre con su perro, invitan a tomar conciencia del esplendor de esos instantes que pasan fugaces ante nuestros ojos y que, a primera vista, parecieran carecer de valor estético. Frente a la cada vez más abrumadora cantidad de imágenes esplendorosas que invaden nuestros ojos, Ghomes reclama una pausa, el tiempo que demanda volver a encontrar la magia de lo intrascendente.


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