La belleza
abstracta de
unas
banderas de
Dino
Bruzzone,
que flamean
con los
colores de
Boca, en el
Festival de la
Luz.
La fotografía conquistó en estos días Buenos Aires. Museos, instituciones culturales y galerías se han plegado a los Encuentros abiertos-Festival de la Luz, y las inauguraciones se suceden sin pausa. El jueves último, en un acto distendido del Centro Cultural Recoleta, los organizadores del Festival, Elda Harrington y Alejandro Montes de Oca, junto con el ministro de Cultura Hernán Lombardi, el director del Recoleta, Cesar Massetti y el embajador de EE.UU., Earl Anthony Wayne, presentaron oficialmente la 15ª edición.
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En la sala, colmada de público, apenas si se divisaban las imágenes de la Colección Panasonic «Miradas argentinas», una de las pocas que existen en el país con carácter corporativo y que, desde su creación en 2005, está de gira por las provincias con las obras de Marcos López, Harrignton, Tony Valdez, Eduardo Gil, Juan Travnik, Mariano Manikis, Gustavo Frittegotto, Montes de Oca, Guadalupe Miles, Gerardo Repetto, Becquer Casaballe, Esteban Pastorino y Hugo Aveta, entre otros, que ahora llegaron al Recoleta.
El mundo de la imagen ha cambiado mucho desde el último Festival. La fotografía, que fue un lujo para pocos durante las primeras décadas de su creación, favorecida por la expansión tecnológica llegó ahora a las manos de todos. Y, sin embargo, lejos de perder su encanto, ha ganado un público cada día más entusiasta. El conocimiento sin duda favorece el interés, y este año está estimulado con los breves textos de los curadores o fotógrafos que en cada una de las muestras aclaran cuál es el sentido y la intencionalidad de las imágenes, guía que resulta indispensable para el espectador.
La visita al Recoleta descubre un amplio panorama de la fotografía local e internacional, y es la sede donde se desarrolla el tema del Festival, «Nosotros-Ustedes-Ellos», a cargo de los curadores Silvia Mangialardi, Juan Travnik y Eduardo Gil.
En «Ustedes», Mangialardi interpela al espectador no sólo con un cuestionario que sondea las impresiones que suscita la muestra, sino también con un corpus de obra destinada a movilizar al que mira. La curadora apela a la capacidad del arte de cambiar la perspectiva del mundo, y abre un interrogante: ¿seremos acaso los mismos, después de mirar determinadas imágenes?
Para comenzar, hay fotos con grandes contrastes. A la violencia que de una joven de la serie «Mujeres presas» de Adriana Lestido, con aspecto de carnicera y un tremendo cuchillo en su mano, se contrapone el rostro sereno de Eva Peróntomado por Annemarie Heinrich. La densidad de un desolado paisaje nocturno de Hugo Aveta, contrasta con la frescura de unas instantáneas de Paula Harrington, que con su espíritu juguetón se diferencia a su vez de los severos retratos documentales del fueguino Gustavo Groh.
Ante la belleza abstracta de unas banderas de Dino Bruzzone, que flamean con los colores de Boca, se enfrenta una parodia de David Beniluz, que recrea la pintura «Las meninas» de Velásquez, acaso para poner el acento en el juego de las miradas y la fealdad de los rostros.
En el medio de la sala hay un «Site specific», una obra hecha «a medida» como las que hoy el nomadismo artístico y las exigencias de ferias y bienales han puesto en el candelero. «Sonría, lo estamos vigilando» de Cecilia Estalles, es un cubo que imita un toilette, tapizado con un centenar de retratos. Así, el espectador accede a un lugar privado convertido en público.
La muestra «Ellos», curada por Travnik, explora la fotografía como testigo de la realidad,analiza la relación entre el retratado y el autor de la foto, que en esta ocasión se unen para conformar relatos creíbles y elocuentes. Con tomas impecables de un tema tan simple como la gente que camina por la calle, Mimo Giordano acentúa el dinamismo e induce a pensar en cuál será el destino de sus personajes con prisa.
Marcelo Coglitore retrata gente en sus lugares de trabajo, y lleva a evocar las antiguas imágenes del siglo XIX de Christiano Junior, donde el que mira la cámara dice con franqueza quién es. Algo similar sucede con los retratos de familia de Emiliano Fernández: se ven verdaderos. Por el contrario, los rostros de la serie «Los presidentes» de Fernando Alvarez, quien con una elaborada superposición de tomas genera una sensación de movimiento, aparecen como una clara metáfora de la capacidad humana para travestirse y cambiar de identidad.
Una gran sala está dedicada a «Ojos para volar», con varias series de imágenes de la talentosa mexicana Graciela Iturbide, alumna de Manuel Alvarez Bravo; algunas realmente poéticas, otras con patético humor, y todas en blanco y negro. Aldo Martínez muestra con clave de humor, el desborde y el barroquismo de «Exceso, el desenfreno de los sentidos», una instalación donde a las recargadas imágenes con marcos dorados, ha sumado pétalos de rosas, candelabros con velas, arañas de cristal, en un delirante despliegue ornamental.
El brasileño Rogelio Ghomez presenta una grata exhibición de fotografías que no aspiran al «instante decisivo» y, por el contrario, reflejan la gracia de las cosas comunes y los placeres mínimos. Los retazos de paisajes y la vista de una playa donde un chico corre con su perro, invitan a tomar conciencia del esplendor de esos instantes que pasan fugaces ante nuestros ojos y que, a primera vista, parecieran carecer de valor estético. Frente a la cada vez más abrumadora cantidad de imágenes esplendorosas que invaden nuestros ojos, Ghomes reclama una pausa, el tiempo que demanda volver a encontrar la magia de lo intrascendente.
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