26 de febrero 2002 - 00:00

La Francia de Corot y de Courbet en una exposición

La guardiana de pavos de Troyon
"La guardiana de pavos" de Troyon
La muestra «De Corot a Courbet» que presentará el Museo Nacional de Bellas Artes desde mañana a las 19 propone un recorrido por el extraordinario proceso que tuvo su epicentro en Francia durante el segundo y el último tercio del siglo XIX, y comprende los antecedentes y orígenes de la pintura moderna, cuyo iniciador fue Corot.

La influencia del maestro exalta al paisaje y hace de él una expresión autónoma y valiosa de la realidad cotidiana. También anima a los pintores de la Escuela de Barbizon (un pueblo a 60 km. De París), quienes, a partir de la década del 40, junto a Rousseau y Millet, afianzaron y prolongaron las enseñanzas del gran maestro naturalista. Simultáneamente Courbet planteó nuevas propuestas con intención social -esbozadas ya por Millet, que incidieron en Manet y sus amigos, los futuros Impresionistas.

Jean-Baptiste-Camille Corot
nació (1796-1875) bajo la Primera República Francesa, y murió cuando se consolidó legalmente la Tercera República. El interés de Corot fue el paisaje histórico, teorizado por el pintor Pierre-Henri de Valenciennes. En cuestión de técnicas y procedimientos, Corot estableció un nuevo sistema para el manejo de la luz y el color, elaboró efectos materiales para referenciar los componentes del paisaje, y optó por las pinceladas breves y sugestivas.

Su obra es una parábola, desde las luminosas series italianas (Vistas del Castillo San Angel) hasta las esfumadas imágenes de los prados, los estanques y los senderos de sus pinturas de la Ville d'Avray, la serena aldea de las afueras de París, hacia el Sudoeste, donde los Corot tenían su casa de campo desde 1817.

El bosque de Fontainebleau extiende su encanto silvestre en el Departamento de Sena Marne, unos 60 km al Sudeste de París, cerca de las orillas del Sena. Casi en el centro del bosque, se alza el castillo de Fontainebleau, levantado por Luis VII, en el siglo XII, y reconstruido a nuevo por Francisco I, en la mitad inicial del XVI.

Napoleón I hizo de este palacio su residencia favorita. En las primeras décadas del XIX, fue la única floresta virgen de Fran-cia, muchos de cuyos árboles tienen quinientos años. Fue Corot el primero en descubrir para el arte el deslumbrante escenario del Bosque de Fontainebleau. El sitio de encuentro es el pueblito de Barbizon, a la entrada del Bosque.

Los pintores empezaron a frecuentar la múltiple y contrastante Naturaleza de Fontainebleau a comienzos de la década del 30: el más decidido de ellos fue Pierre-Etienne-Théodore Rousseau (1812-67), a quien se unieron, entre otros, Constant Troyon (1810-65), Charles-François Daubigny (1817-78), Henri-Joseph Harpignies (1819-1916), y, más tarde, Jean-François Millet (1814-75). Muchos años después, en 1890, serán reunidos por la crítica con el nombre que ha de pervivir en la historia del arte: Escuela de Barbizon. Además de ellos y Corot, otros artistas acudieron al Bosque y se alojaron también en el Auberge Ganne de Barbizon (transformado en Museo, en 1995), como el escultor animalista y pintor Antoine-Louis Barye (1795-1875), también se expone en el Museo.

• Courbet

Cita aparte merece Jean-Désiré-Gustave Courbet (1819-77), visitante ocasional de Fontainebleau. El interés de Corot y los artistas de Barbizon fue la Naturaleza como realidad, en consonancia con el realismo literario inaugurado por Honoré de Balzac en la década del 30. Fueron, en suma, pintores realistas: eso sí, ajenos a todo verismo. En el Bosque de Fontainebleau, Rousseau obtuvo una comunicativa intimidad con la Naturaleza: prefería quedarse a solas con el paisaje, y de allí su hábito de pintar en otoño y en invierno, cuando a su alrededor no había sino vacas, ovejas, árboles, peñascos.

Daubigny
se adelantó a los impresionistas, en 1857, cuando transformó en taller una peque-ña embarcación y surcó el Sena a la búsqueda del paisaje. Más tarde, 1860, se instaló en Auvers-sur-Oise, al Norte de París, donde Van Gogh terminó sus días treinta años después. El grupo tomó otra dimensión decididamente social con Millet, que se afincó en Barbizon tres años después de Rousseau, en 1849.

Becado para perfeccionarse en París, trabajó en el taller de
Hyppolite (Paul) Delaroche, pintor histórico y religioso, en 1837-39. Más tarde, Millet deambuló por géneros y temas, en sus envíos a los Salones de 1840, 1844 y 1847. Pero su tela «El cribador», presentada en el de 1848, marcó la iniciación de su obra definitiva. Con Millet surge en el paisaje naturalista el explotado campesinado francés.

Gustave Courbet
nacido en Ornans, cerca de Besanzon y las montañas del Jura, a orillas del Loire. Hijo de acomodados propietarios rurales, llegó a París a fines de 1839, para estudiar Derecho, pero optó por tomar clases de pintura. Hacia 1841 hizo su primera excursión al Bosque de Fontainebleau. Se presentó al Salón en 1844, 1845 y 1846, pero sus telas pasaron inadvertidas.

Fue su envío al de 1850-51 el que resaltó el nombre de
Courbet, pero sólo por los escarnios que recibió, ante todo por una de las nueve obras aceptadas: se trataba del óleo (7m x 3m), Cuadro histórico de figuras humanas sobre un entierro en Ornans. El mar atrajo a Courbet tanto como los bosques, desde su primera experiencia en El Havre, en 1859; volverá luego a pintar en Honfleur (1860), en Trouville-sur-Mer y Deauville (1865 y 1866), en Saint-Aubin-sur-Mer (1867). Dos de las obras de esa época, «Marina» y «Mar borrascosa», representan a Courbet en la exhibición del Museo.

También pueden verse obras de
François Bonvin (1817-87), elogiado por Zola y amigo de Courbet. Pero en tanto el infati-gable Courbet libraba la «batalla del Realismo», a mediados de la década del 50, nuevos caminos se abrían en Francia.

En Normandía, en el puerto de Honfleur, nació
Eugène-Louis Boudin (1824-98), hijo de un capitán de barco. Al nombre de Boudin queremos añadir el del holandés Johann Barthold Jongkind (1819-91), establecido en París, en 1846, con una beca real, después de haber estudiado en la Escuela de Dibujo de Amsterdam. Jongkind instaló su casa y su taller en Montmartre, y es el primero de una larga serie de artistas que habitaron en ese Municipio ubicado entonces fuera de París y anexado a la capital, en 1860.

En 1848,
Jongkind volvió a Amsterdam, después de serle aceptada su tela, «Puerto de mar», en el Salón de París. La década del 60 es también la del comienzo de una nueva etapa en la historia del arte, que desembocó, en 1874, con la muestra inaugural de los Impresionistas.

Ignace-Henri Joseph-Théodore Fantin-Latour
(1836-1904) fue un artista notable: la muestra del Museo lo evidencia a través de su producción: las refinadas telas de flores. Manet, Degas, Monet -y, más tarde, Gauguin, Van Gogh y Toulouse-Lautrec-sacaron notable partido de las técnicas de estos artistas.

Impresionistas, dice
Duret en 1873, un año antes de ser así bautizados con motivo de su primera exposición. Pero ya Corot había sugerido la palabra «impresión» al referirse a su pintura.

La muestra también incluye obras de un popular artista gráfico de la época, el suizo
Théophile-Alexandre Steinlen (1859-1923), afincado en Montmartre. Steinlen, ilustrador periodístico, dibujante de afiches y grabados, trabajó en la veta de Daumier: su interés social son los desheredados, los mendigos, los obreros y las costureras, las prostitutas, los vagabundos; su territorio es el de las calles, las fábricas, los talleres, las diversiones, los cafés.

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