25 de octubre 2006 - 00:00

"La literatura no es masiva y hoy se la fuerza a serlo"

DominiqueFernandez:«Hoy laliteratura estáen declive.Los escritoresmás famosossuelen ser obienindustriales,como DanBrown, o bienpolíticos,como elreciente NobelOrhan Pamuk.
Dominique Fernandez: «Hoy la literatura está en declive. Los escritores más famosos suelen ser o bien industriales, como Dan Brown, o bien políticos, como el reciente Nobel Orhan Pamuk.
Sobre «Globalización e identidades » hoy, a las 19.30, el afamado escritor francés Dominique Fernandez hablará en la Alianza Francesa (Córdoba 946). Fernandez es un escritor de extensa carrera. Novelista, ensayista, traductor, autor de libros de viajes y académico (entre otros, de «En la mano del ángel», novela con que ganó el Premio Goncourt), a los 77 años Fernandez puede contar de su amistad con prácticamente todos los grandes nombres de la literatura europea.

Le encanta recordar que su padre, el escritor Ramón Fernández, un mexicano nacionalizado francés, fue en 1914 «el introductor del tango en París» y que «quiso enseñar a bailarlo a escritores como Pierre Drieu La Rochelle».

En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él:

Periodista: ¿Qué opinión le merecen escritores hoy de moda en Francia, como Michel Houellebecq?

D.F.: Que es muy malo y ha venido a demostrar la declinación de la literatura francesa. Y, debido a esa declinación, se conoce menos lo que es nuestra literatura actual.

P.: ¿Está en decadencia entonces esa literatura?

D.F.: No sólo en Francia, en todo el mundo está en declive. Hoy la narrativa está mediatizada, ganada por la imagen, por la televisión. Y eso no es literatura. Sigue habiendo buenos escritores que son conocidos pero, por lo general, son escritores políticos. Un ejemplo de esto es el reciente premio Nobel, Orhan Pamuk, que es muy buen escritor pero esencialmente político.

P.: ¿No era ese el papel que tuvieron algunos escritores, sobre todo franceses, en el siglo XX?

D.F.: Fue el que tuvieron aquellos que, aparte de literatura, hacían política. De cualquier modo hoy los escritores ya no cumplen la función que tuvieron entre las dos guerras, ser la conciencia del mundo. Hoy las opiniones se piden al futbolista Zinedine Zidane o a un animador de televisión.

P.:
¿A qué se debe eso?

D.F.: Se busca la popularidad, a aquellos de los que recibimos un bombardeo de su imagen, a esos que parecen estar siempre rodeados de gente. Y el escritor es un solitario. Alguien que no está en su tiempo, que poco a poco puede ir encontrando sus lectores. Por ejemplo, André Gide tardó mucho en crearse un público; al p r i n c i p i o vendía cien ejemplares por año. Hoy la presión de la televisión, del dinero, de una industria que necesita vender todo rápidamente, necesita de escritores exitosos, aunque su éxito sea momentáneo. Y, además, eso que hacen no es literatura.

P.: ¿Qué pasó con programas de TV sobre escritores y libros, como los de Bernard Pivot, que tenian alto nivel de audiencia?

D.F.: Creo que sobrevive uno de esos a las tres de la mañana. La televisión consume publicidad y en eso la literatura no funciona, los escritores no son mediáticos. Es terrible, vivimos en un mundo que se aleja totalmente de la cultura.

P.: Sartre o Camus fueron en su momento «mediáticos».

D.F.: Y fueron escritores políticos, hablaron del compromiso, de la guerra, del comunismo, y todo eso se acabó. Hoy hay filósofos como Michel Onfray o Luc Ferry que son mediáticos.

P.: ¿Por qué una parte importante de su narrativa está dedicada a la novela histórica?

D.F.: Ese género permite hablar de uno a través de un personaje histórico, de un doble. Es tomar alguien que se nos parezca siendo diferente. Es por eso que escribí sobre Caravaggio, Tchaikovsky, Pasolini, a quienes siento de la misma familia. Y cuando Marguerite Yourcenar elige a Adriano es porque es de su misma familia.

P.: ¿Por qué gusta tanto «El Código Da Vinci»?

D.F.: Porque no tiene carácter, es un producto de fábrica, y en consecuencia puede gustar a todo el mundo. Su estilo es el de la televisión, el mediático, el que necesita llegar a millones de lectores habituados a la velocidad de las imágenes. Y eso es incompatible con la literatura. Estados Unidos tiene un enorme mercado del bestseller, pero sus grandes autores siguen siendo tan solitarios como William Faulkner. Como Borges. Como Proust.

P.: ¿Cuál es el camino hoy para los escritores?

D.F.: Aceptar que uno tiene que ser minoritario. La verdadera literatura siempre fue minoritaria. Stendhal fue reconocido 40 años después de su muerte. Kafka, lo mismo. Son casos extremos pero creo que ese es el verdadero camino. No se debe escribir con la urgencia de ser traducido.

P.: ¿En qué se sostendrá la literatura en el futuro para sobrevivir?

D.F.: Creo que estará unida a las pequeñas editoriales que, por su estructura, no tienen una gran presión del dinero, y que seguirán manteniendo la llama viva.

P.: ¿Y cuál es el futuro de la literatura en francés?

D.F.: Sobrevivirá gracias a los escritores extranjeros. Es llamativa la cantidad de escritores extranjeros que utilizan el francés para escribir. El primer ejemplo, el más famoso, sería el de Samuel Beckett o de escritores rumanos como Ionesco o Cioran. Los nuevos escritores que van a dar proyección a nuestra lengua van a provenir de dos lugares: de los antiguos países colonizados donde el francés es la lengua oficial, y de autores de otros países que no tienen nada que ver con Francia, pero que eligen la lengua francesa par narrar. Hoy Martinica y Haiti, por ejemplo, cuenta con grandes autores.

P.: ¿Qué otros extranjeros han elegido escribir en francés?

D.F.: Veamos algunos casos que para mi son emblemáticos. Un ruso, un checo de éxito mundial, una franco japonesa y un norteamericano que acaba de publicar su primer libro. El ruso es el novelista Andrei Makine, el checo Milán Kundera, la belga japonesa Amélie Nothomb y el norteamericano Jonathan Littell. Littell es un neoyorquino de 37 años, que acaba de publicar «Les bienveillantes», su opera prima de 900 páginas, que ha tenido un éxito inmediato. Es una novela muy fuerte, terrible.

P.:
¿De qué trata?

D.F.: Es la autobiografía imaginaria de un oficial nazi que durante la guerra se dedicó a organizar el exterminio de judíos. Es increíble cómo Littell se metió en la piel de ese nazi. Muestra que ese nazi no era un monstruo sino, lo que es peor, una persona cultivada que está fascinado por el Estado absoluto.

Entrevista de M.S.

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