26 de diciembre 2002 - 00:00
La morocha argentina y la pena arrabalera
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•Lucha
«Tuve que buscar en la calle la respuesta a muchas cosas», decía, y completaba: «La calle no siempre enseña a filosofar, también te deja arrugas de amargura. Yo estoy más arrugada de penar, que de vivir». Ya madura, escribiría un libro de consejos, precisamente titulado «La calle y yo». La actitud luchadora, despierta y el carácter fuerte, entre resentido y generoso, de Merello, le permitieron ir ampliando sus posibilidades escénicas.
En 1930 no sólo rivalizó con «la negra» Sofía Bozán, primera figura del Maipo, sino que también reemplaza a «la gorda» Olinda Bozán en una obra campera de Martínez Payva. En 1931 grabó su primer disco (curiosamente sin acompañamiento de bandoneón), y en 1932 tanto se lució en el sainete «El conventillo de la paloma» como en el drama «La mala ley», junto al gran actor del grotesco argentino, Luis Arata. En 1933, por cinco días de filmación para «Tango», ya cobraba cien pesos. Se supone que esa era la cima. Sin embargo, se quejaba, porque le siguen pidiendo tangos humorísticos y actuaciones reideras de poca exigencia.
La afirmación le vino por el lado de los intelectuales, en 1937, cuando Luis Saslavsky le da un papel de amante perdedora en «La fuga» (la mujer que muere por su hombre, y éste ni siquiera se entera porque ya está con otra menos complicada), y don Enrique Larreta le dio el protagónico de su pieza teatral «Santa María del Buen Ayre». El debut fue tan impresionante, que Larreta le preguntó: «¿De dónde ha sacado la emoción de esta noche, criatura?». «De las letras de tango, doctor», respondió Tita.
Allí, probablemente, está la clave de su talento, en esa captación simultánea de dos vertientes culturales, aunque siempre haya ostentado su pertenencia a una sola, a veces con gestos ordinarios, como afirmando su origen. La consagración, sin embargo, tardaría bastante en llegar. Antes apareció lo que ella llamaba «el amor de mi vida», Luis Sandrini, separado por esta causa de Chela Cordero.
Ese amor duró ocho años, de 1942 a 1950, cuando cada uno debió elegir entre el éxito artístico o la pareja. En esos años Tita fue figura principal del Teatro Casino, integró la Compañía Argentina de Grandes Espectáculos Musicales, de Francisco Canaro, con Pedro Quartucci, Elena Lucena y Marianito Mores, triunfó en Chile con Sandrini y Lydia Lamayson, recibió el premio Ariel en México por su actuación en «Cinco rostros de mujer», y, en 1948, encontró el papel de su vida en una pieza pensada para la temporada de verano, pero que se mantuvo trece meses en cartel, y de ahí pasó directamente a ser filmada: «Filomena Marturano», un personaje que, antes y después, también llevaron al cine Anna Magnani y Sofia Loren (cuando todavía no era Sophia).
Por hacer «Filomena...» dejó a Sandrini, que le reclamaba acompañarlo a trabajar en España. Pero ese fue el comienzo de su mejor década, en teatro y sobre todo en cine, donde protagonizó, sucesivamente, «Arrabalera», «Los isleros», «Pasó en mi barrio», «Deshonra», «Para vestir santos», «Guacho», y «Mercado de abasto», en la que canta su clásico y muy representativo «Se dice de mí...».
La buena racha se cortó en 1955, cuando la Revolución Libertadora la puso en listas negras y la acusó de un negociado en la importación de té inglés. Aunque resultó inocente sólo podía actuar, según contaba, en «salas de barrio, teatritos del interior, y hasta circos». Por eso volvió a México, donde llegó a hacer, en televisión, «Antes del desayuno», de Eugene O'Neill.
A su regreso, en 1957, triunfó en teatro y cine con «Amorina», de su viejo amigo Eduardo Borrás, al tiempo que se estrenaba, con tres años de atraso, otra película emblemática, «La morocha». Ya cerca de los 60 años, y de los años '60, empezó a repetirse, en esa tendencia de los tangueros de evocar las viejas épocas como únicas buenas. Luego se negó a mayores exigencias, rechazando protagonizar «Medea», para hacer, en cambio, una película con Palito Ortega.
Pero también por esa época empezó a ser una madraza que respondía correspondencias sentimentales en las revistas femeninas, hasta terminar, años más tarde, aconsejando el Papanicolaou urbi et orbi.
«Tangos en el recuerdo, por orden de aparición», «Charlando de todo con Tita», y «A la tarde, Tita» son programas radiales y televisivos que han quedado en el cariñoso recuerdo de las nuevas generaciones, que admiran, más que los consejos, el talento, la fuerza, la amistad leal y la autenticidad de esta mujer, que a los 74 años todavía cantaba en los bailes de carnaval del Club Huracán, y pasados los 90 seguía hablando por radio, con un brillo único.
Desde los 80, y hasta que se internó definitivamente en la Fundación Favaloro, vivía prácticamente enclaustrada en su departamento de Rodríguez Peña casi Charcas, y salía apenas para pasear a su perro Corbata o comer en las cercanías, siempre que nadie se le acercara. No iba ni siquiera a los actos en su homenaje, como el premio especial de Cronistas, el José Podestá de la gente de teatro, o la inauguración del complejo cinematográfico que lleva su nombre, a pocos metros del teatro en el que empezaron sus éxitos. Al contrario, desdeñaba los homenajes, y hasta rechazó propuestas de quienes querían escribir su biografía.

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