26 de diciembre 2002 - 00:00

La morocha argentina y la pena arrabalera

Esa viejita nonagenaria, encorvada y cejuda, rezongona y lúcida, que hasta lo último mantuvo la sensibilidad, el decir criollo, y el humor sarcástico, fue en otros tiempos una linda bataclana, cancionista singular, e intérprete única del sentimiento porteño.

Es un lugar común decir que con su muerte se apaga la última gran estrella del viejo espectáculo argentino nacido en los andurriales. Pero es cierto. La llamaban Tita de Buenos Aires. No hubo otra como ella, ni podrá haberla. La gente la amaba, aunque ella se mostrara antipática. En ocasiones hasta parecía no quererse a sí misma. Es que a Tita Merello el amor le vino demasiado tarde en la vida, y le tuvo miedo.

Había nacido como Laura Ana Merello, en San Telmo, por Defensa y Pasaje San Lorenzo (cerca de lo que sería el Monumento al Trabajo), el 11 de octubre de 1904, hija de una planchadora, Anna Gianelli, y de un cochero, Santiago Merello, muerto cuatro meses más tarde. Muy niña, también perdió a su madre, y la internaron en un asilo. Fue luego una «criadita» en Montevideo, y peoncita de campo en Bartolomé Bavio, partido de Magdalena.

A los 16 años quiso probar suerte en Buenos Aires. Entre otras cosas fue cancionista en cines de barrio, y alcanzó un papelito en la compañía de Rosita Rodrigo, para la zarzuela «Las vírgenes de Teresa», que se daba en el Avenida. Su nombre artístico era Laura Merello, y su hogar, la piecita del fondo de un conventillo de Corrientes angosta, a la altura del 1318, que hoy se recuerda con una placa. Allí hay actualmente una disquería, pero casi nunca se escuchan grabaciones suyas.

A los 17 entró de corista al Bataclán, «por hambre», según contaba. Y a los 19 era vedette auxiliar del Maipo, donde empezó realmente a tener nombre. Allí se impuso como «vedette rea», entonó su primer tango, coherentemente llamado «Tango amargo» (se dice que a Gardel no le gustaba demasiado), y allí también, en el Maipo, aprendió a leer y escribir, de la mano del libretista Eduardo Borrás. Borrás fue «un recuerdo imborrable», según decía ella, haciendo un juego de palabras. Pero nada más.

•Lucha

«Yo no nací para estar casada, porque de muy joven tuve que pelear de frente con la vida. A los 19 ya me había matado unos cuantos sueños. Hace rato que era mujer», evocaba ella en su retiro. «Tuve una vida muy turbulenta, de la cual estoy muy arrepentida. Quisiera haber tenido una plácida, limpia y dulce juventud, pero no fue posible, ni en el aspecto afectivo, ni en el económico». Fuera de esas letras en los camarines, todo lo demás lo había aprendido en la calle.

«Tuve que buscar en la calle la respuesta a muchas cosas»
, decía, y completaba: «La calle no siempre enseña a filosofar, también te deja arrugas de amargura. Yo estoy más arrugada de penar, que de vivir». Ya madura, escribiría un libro de consejos, precisamente titulado «La calle y yo». La actitud luchadora, despierta y el carácter fuerte, entre resentido y generoso, de Merello, le permitieron ir ampliando sus posibilidades escénicas.

En 1930 no sólo rivalizó con «la negra»
Sofía Bozán, primera figura del Maipo, sino que también reemplaza a «la gorda» Olinda Bozán en una obra campera de Martínez Payva. En 1931 grabó su primer disco (curiosamente sin acompañamiento de bandoneón), y en 1932 tanto se lució en el sainete «El conventillo de la paloma» como en el drama «La mala ley», junto al gran actor del grotesco argentino, Luis Arata. En 1933, por cinco días de filmación para «Tango», ya cobraba cien pesos. Se supone que esa era la cima. Sin embargo, se quejaba, porque le siguen pidiendo tangos humorísticos y actuaciones reideras de poca exigencia.

La afirmación le vino por el lado de los intelectuales, en 1937, cuando
Luis Saslavsky le da un papel de amante perdedora en «La fuga» (la mujer que muere por su hombre, y éste ni siquiera se entera porque ya está con otra menos complicada), y don Enrique Larreta le dio el protagónico de su pieza teatral «Santa María del Buen Ayre». El debut fue tan impresionante, que Larreta le preguntó: «¿De dónde ha sacado la emoción de esta noche, criatura?». «De las letras de tango, doctor», respondió Tita.

Allí, probablemente, está la clave de su talento, en esa captación simultánea de dos vertientes culturales, aunque siempre haya ostentado su pertenencia a una sola, a veces con gestos ordinarios, como afirmando su origen. La consagración, sin embargo, tardaría bastante en llegar. Antes apareció lo que ella llamaba
«el amor de mi vida», Luis Sandrini, separado por esta causa de Chela Cordero.

Ese amor duró ocho años, de 1942 a 1950, cuando cada uno debió elegir entre el éxito artístico o la pareja. En esos años
Tita fue figura principal del Teatro Casino, integró la Compañía Argentina de Grandes Espectáculos Musicales, de Francisco Canaro, con Pedro Quartucci, Elena Lucena y Marianito Mores, triunfó en Chile con Sandrini y Lydia Lamayson, recibió el premio Ariel en México por su actuación en «Cinco rostros de mujer», y, en 1948, encontró el papel de su vida en una pieza pensada para la temporada de verano, pero que se mantuvo trece meses en cartel, y de ahí pasó directamente a ser filmada: «Filomena Marturano», un personaje que, antes y después, también llevaron al cine Anna Magnani y Sofia Loren (cuando todavía no era Sophia).

Por hacer
«Filomena...» dejó a Sandrini, que le reclamaba acompañarlo a trabajar en España. Pero ese fue el comienzo de su mejor década, en teatro y sobre todo en cine, donde protagonizó, sucesivamente, «Arrabalera», «Los isleros», «Pasó en mi barrio», «Deshonra», «Para vestir santos», «Guacho», y «Mercado de abasto», en la que canta su clásico y muy representativo «Se dice de mí...».

La buena racha se cortó en 1955, cuando la Revolución Libertadora la puso en listas negras y la acusó de un negociado en la importación de té inglés. Aunque resultó inocente sólo podía actuar, según contaba, en «salas de barrio, teatritos del interior, y hasta circos». Por eso volvió a México, donde llegó a hacer, en televisión,
«Antes del desayuno», de Eugene O'Neill.

A su regreso, en 1957, triunfó en teatro y cine con
«Amorina», de su viejo amigo Eduardo Borrás, al tiempo que se estrenaba, con tres años de atraso, otra película emblemática, «La morocha». Ya cerca de los 60 años, y de los años '60, empezó a repetirse, en esa tendencia de los tangueros de evocar las viejas épocas como únicas buenas. Luego se negó a mayores exigencias, rechazando protagonizar «Medea», para hacer, en cambio, una película con Palito Ortega.

Pero también por esa época empezó a ser una madraza que respondía correspondencias sentimentales en las revistas femeninas, hasta terminar, años más tarde, aconsejando el Papanicolaou urbi et orbi.

«Tangos en el recuerdo, por orden de aparición», «Charlando de todo con Tita»
, y «A la tarde, Tita» son programas radiales y televisivos que han quedado en el cariñoso recuerdo de las nuevas generaciones, que admiran, más que los consejos, el talento, la fuerza, la amistad leal y la autenticidad de esta mujer, que a los 74 años todavía cantaba en los bailes de carnaval del Club Huracán, y pasados los 90 seguía hablando por radio, con un brillo único.
Desde los 80, y hasta que se internó definitivamente en la
Fundación Favaloro, vivía prácticamente enclaustrada en su departamento de Rodríguez Peña casi Charcas, y salía apenas para pasear a su perro Corbata o comer en las cercanías, siempre que nadie se le acercara. No iba ni siquiera a los actos en su homenaje, como el premio especial de Cronistas, el José Podestá de la gente de teatro, o la inauguración del complejo cinematográfico que lleva su nombre, a pocos metros del teatro en el que empezaron sus éxitos. Al contrario, desdeñaba los homenajes, y hasta rechazó propuestas de quienes querían escribir su biografía.

Dejá tu comentario

Te puede interesar