13 de diciembre 2001 - 00:00

La mujer que todo hombre quiere

La mujer que todo hombre quiere
«La mujer que todo hombre quiere» («The Woman Every Man Wants», EE.UU.-Argentina, 2000; habl. en inglés). Dir.: G. Tagliavini. Int.: R. Hurst, D. Lunkewitz, A. Arquette, M. A. Johnson y otros.


E n la civilización antifreudiana del año 2025 las mujeres ya se liberaron de la envidia del pene, gobiernan empresas y países y manejan a los hombres como sumisos objetos sexuales. Pero éste no es el país de Jauja en polleras ni el mundo soñado por alguna feminista ultramontana: mujeres al fin, ellas también se preguntan, al igual que los presidentes en desgracia, cómo es posible que personas tan superiores estén tan solas.

La conclusión no puede ser más deprimente para las líderes porque, pese a sus convicciones, reactualiza la duda freudiana por excelencia: en la metrópolis femenina, las mujeres siguen sin saber lo que desean.
 
«La mujer que todo hombre quiere» es mucho más que una brillante comedia fantástica ambientada en un futuro de robots amatorios y papeles sexuales invertidos. En su opera prima, rodada en los Estados Unidos, la directora Gabriela Tagliavini produce desde el humor, el tono liviano y con un presupuesto básico, una película más lúcida e interesante que la sobrevaluada «Inteligencia artificial», con su despilfarro de sentimentalismo.

La materia del libro no es ni la guerra de los sexos ni la parodia a los estereotipos sexuales, aunque se valga de ambos temas. La materia es el deseo, el tráfico del deseo y sus imprevisibilidades. Es la historia de Guy (nombre genérico por excelencia: «tipo»), un hombre en un mundo hostil, inteligente pero sometido, que termina encargando una androide para poder tener alguien a quien amar y por quien ser amado.
 
Pero, en una de las escenas más logradas de la película, la robot (mitad mecánica, mitad orgánica, programada a voluntad del cliente: «
su cerebro debe ser una mezcla de Albert Einstein y Groucho Marx»), pone en escena la mayor de las paradojas: al satisfacer todos los deseos de Guy termina traicionándolos.
 
La robot no se enoja, no lo contradice, se convierte en la más previsible de sus fuentes de satisfacción. No hay aventura sin riesgo, y tampoco ella lo pone al abrigo de la costumbre amatoria más corriente en esa civilización: el simulacro de la conducta amorosa que evita las consecuencias de la entrega.
 
Como en un
Philip K. Dick de burlesque, la humanoide emula a su dueño, y aunque también Guy la compare con Pinocho y el Hombre de lata de Oz, Tagliavini le ahorra a su criatura los lloriqueos que tanto enternecen a Spielberg. Por el contrario: la película recién allí va entrando en materia. Lo que sobreviene, el giro de tipo casi policial con el que los personajes (y el deseo que los vincula) cambian de órbita, y en donde la memoria de una París mítica, un gruñido y Marlon Brando tienen su parte, no debe revelarse. Como a Bogart e Ingrid Bergman, también a los androides siempre les queda París.

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