«La Pasión de Cristo» («The Passion Of The Christ», EE.UU., 2004; habl. en arameo y latín). Dir.: M. Gibson. Int.: J. Caviezel, M. Bellucci, M. Morgenstern, M. Sbragia, H. Shopov y otros.
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Si cada época histórica -dicen los teólogos- está a la misma distancia de Dios, no ocurre lo mismo con las representaciones de lo religioso. Mel Gibson produjo, con su propia visión de la Pasión, una repercusión seguramente desmedida, teñida de suspicacias y prejuicios de toda índole, aunque no ficticia. Fue, qué duda cabe, un espaldarazo publicitario (ninguno de los profetas de Hollywood avizoró que este film, en el que ningún productor confiaba, va en camino de ser el más exitoso de todos los tiempos), pero la polémica no es espuria.
Cabe presumir, entonces, que Mel Gibson dio en el clavo con la representación de la Crucifixión más verosímil y persuasiva para estos años: el lenguaje de la violencia, el de la ausencia de simbolización en la recreación del martirio, el de la intemperancia y, más atenuadamente, el de la posibilidad de la redención. Está en su propio credo: podría haberse augurado, después de «Corazón valiente», que su cine iba a desembocar forozosamente en otro sacrificio, a transitar del heroísmo a la divinidad. Y así fue. «La Pasión de Cristo» produce una extraña sensación de primitivismo: conceptualmente, la versión recuerda en muchos momentos los viejos films bíblicos hollywoodenses, sobre todo «Rey de reyes», con el añadido de una estética new age (la representación del demonio y otras criaturas repugnantes; los varios ralentis, como el «vuelo» de los treinta dineros que le arrojan a Judas) y, sobre todo, de dos larguísimas escenas de intensa crudeza gráfica, la de los azotes y la crucifixión, que podrían ser poco soportables para un público no habituado a estos excesos. Gibson prolonga el momento de los azotes sin ahorrar sadismo, aun con la demostración de los efectos que van a causar sobre la carne los instrumentos metálicos puntiagudos (los soldados los prueban primero sobre una mesa, de la que arrancan una astilla enorme); más tarde, tras el Via Crucis, también muestra en detalle la forma en que Cristo es clavado a la Cruz, incluyendo el remache desde el reverso del madero.
De alguna manera, la elección de Gibson tiene muchos puntos en común con la de aquellos artistas medievales, alejados de toda simbolización, que se esforzaron en trasmitir el mensaje evangélico mediante la exposición explícita, aunque rudimentaria a la mirada de hoy, de las llagas del Salvador. El de Gibson es también un film de llagas, un film literal, y no interpretativo a la manera, por ejemplo, de «La última tentación de Cristo» de Martin Scorsese (históricamente, las jerarquías religiosas cristianas son tolerantes en materia de representación, y menos en cuanto a interpretación).
A «La Pasión de Cristo» no le cabrían reproches desde el punto de vista de la tradición: su ilustración de los distintos pasajes evangélicos es llana y sencilla, lineal y sustentada por muy escasos flash backs (algunas pocas imágenes de la infancia de Cristo, de la Ultima Cena, de la lapidación a la Magdalena).
Los actores refuerzan los rasgos más característicos de la ortodoxia artística religiosa, lo que torna a la película mucho más conservadora por fuerza de esos «adjetivos dramáticos»: la desafiante vulgaridad de Barrabás, el dilema íntimo de Poncio Pilatos, el odio revanchista de Caifás, el sufrimiento de María; Jim Caviezel, en el protagónico, es un Cristo de estampas. El detalle final, desde luego, es el empleo de las lenguas muertas arameo y latín, otro rasgo que revela la intención de crear en el espectador esa ilusión de literalidad que quiso darle Gibson a su propio Evangelio. Finalmente, una consideración a la luz de la polémica que se ha creado con respecto al presunto antisemitismo del film. El guión de «La Pasión de Cristo», supervisado por un sacerdote jesuita, no incluye otros textos que no sean los de los propios Evangelios y algún pasaje del Libro de Isaías. De modo que no es difícil argüir que, si hubiera algún matiz de la naturaleza que se le imputa al film, no habría que buscarlo en lo que filma Gibson sino en el eventual empleo malintencionado de aquella literalidad.
Es muy interesante la lectura, por ejemplo, de uno de los más lúcidos pensadores judíos de hoy, George Steiner, en su libro «Pasión intacta». En el ensayo «En un espejo, oscuramente», advierte Steiner: «Los bienvenidos programas ecuménicos de estos años, tendientes a la definitiva reconciliación judeo-cristiana, tienen bases políticas y sociales, aunque ningún fundamento teológico. Es imposible pensar el Holocausto sin tener en cuenta su origen remoto en la negación del Mesías por parte de los judíos». Reflotar hoy una polémica milenaria en el Occidente culto sería, desde luego, otra locura más en estos años posteriores al «fin de la historia», a este siglo XXI tan pródigo en fundamentalismos.
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