El presidente Donald Trump, según publicó ayer ANSA, le dijo a su equipo que no usa barbijo porque si lo hiciera “enviaría un mensaje equivocado a la sociedad, y lo haría parecer ridículo”. Ese mensaje, de acuerdo con la agencia italiana, sería que el coronavirus lo preocupa, cuando la imagen que desea transmitir es la de optimismo ante una próxima reapertura de la economía; pero, además, porque usar barbijo daña cualquier forma de coquetería. Eso no lo dijo pero todos lo entendieron así: la preocupación por la imagen personal en una pandemia no es nueva, y él se considera un hombre coqueto.
La primera vez que Hollywood se puso barbijo y prohibió besar
Muchas estrellas no quisieron cubrir su cara por razones de imagen. Tal como Donald Trump ahora.
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Papaíto piernas largas. Escena del film con Mary Pickford (1919) en que alguien estornuda en la estación.
En 1919, cuando la fiebre española paralizó la industria del cine, uno de los problemas adicionales a los que debió enfrentarse la autoridad sanitaria fue justamente el “mensaje” que transmitían los astros y estrellas que se negaban a utilizar el barbijo por una cuestión de imagen. Si bien la vanidad es inseparable de la historia de Hollywood eso ha cambiado hoy (al contrario, resta valor desobedecer ciertos códigos), pero en aquel tiempo el Olimpo no podía ser rozado por los mismos males que afectaban a los humanos. Muchos, así, se expusieron al contagio. La actriz Theda Bara, una de las deidades del cine mudo, solía visitar enfermos y mutilados de guerra a cara descubierta. Decía que no podía privar a su público de la visión integral de su rostro.
En el caso de los actores era peor: aquellos semidioses, capaces de cualquier proeza en la pantalla de plata, no debían ser vistos como gallinas pusilánimes en la vida diaria. Existen testimonios de actores que alegaron que el uso público del barbijo afectaba su virilidad ante la mirada de sus admiradoras. Sin embargo, cuando el galán de 30 años Harold Lockwood sucumbió a la peste, algunos revisaron su decisión. Se dijo en una nota anterior que estrellas como las hermanas Gish, que tampoco usaban barbijo, enfermaron y más tarde curaron. Lo mismo Mary Pickford, quien protagonizó ese año de 1919 la película “Papaíto piernas largas” (“Daddy Long Legs”), que incuye una escena en una estación ferroviaria donde alguien estornuda y todos a su alrededor usan barbijos o se cubren rápidamente con pañuelos.
En Los Angeles, donde los cines fueron cerrados igual que ahora, sus propietarios observaban una cautela superior a la actual para la reapertura. Muchos esperaban que fuera el gobierno el que obligara a los espectadores a utilizar barbijo y no tener que imponerlo ellos mismos en sus salas.
Del mismo modo, suponían que los espectadores que voluntariamente se los pusieran no estarían en las mejores condiciones anímicas para disfrutar de una película. Claro, en aquel tiempo podían permitirse el lujo de la paciencia: no tenían la competencia de la televisión, ni del streaming ni de internet ni de nada.
Al principio, Hollywood creyó que el problema de la fiebre era exclusivo de la costa este y que a California no llegaría. En octubre de ese año, cuando el gobernador dispuso el cierre total de las actividades de las salas de cines y la suspensión de los estrenos, grandes magnates como Sid Grauman, fundador del célebre Teatro Chino de Hollywood, estalló. Él, que tampoco usaba barbijo, le dijo a “Los Angeles Times” que tenía decenas de películas nuevas en sus manos, que nadie lo obligaría a cerrar, y que “ni un solo espectador había estornudado nunca en alguno de sus cines”. Pero debió cerrar. La orden no fijaba plazos: los 83 cines que había en Los Angeles (y hoy hay que pensarlos como 83 palacios, no como pequeños microcines de shopping) se quedaron sin público de la noche a la mañana.
El retorno de los rodajes “sin barbijo” tampoco fue fácil. “Variety” recordó hace poco que el 14 de febrero de 1919, cuando aparecía la segunda fase del brote de fiebre española, el actor Shirley Mason y el director Walter Edwards pasaron una noche en una prisión de Pasadena “por no cumplir la disposición legal que obliga a usar barbijo” en los sets. Las películas en las que trabajaban, “The Rescuing Angel” y “The Final Close-up”, se perdieron en las noche de los tiempos.
Poco después, otra noticia sacudió a la industria: se dijo que el actor Bryant Washburn había contagiado a la actriz Anna Q. Nilsson cuando rodaban la película romántica “Venus en el Este”. Los besos eran más peligrosos que los explosivos. ¿Cómo filmar escenas de amor sin besos? Varias películas suspendieron sus rodajes y sus estudios empezaron a enfrentar el drama de hoy: ¿cómo pagar a sus empleados si no había producción? Se sabe que estrellas millonarias, como Constance y Norma Talmadge, renunciaron a sus contratos para contribuir con los asalariados regulares.
El lento retorno a la actividad no careció de complicaciones. Los historiadores del cine recuerdan que los guardias de seguridad rociaban con desinfectante a cualquiera que ingresara en los grandes estudios como la Paramount, y que algunos actores (como la recuperada Anna Q. Nilsson) aceptaban participar en películas antes de los plazos sanitarios convenientes porque necesitan trabajar.


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