19 de diciembre 2005 - 00:00

La realidad y su quiebre, clave en Sandro Pereira

El arte de Sandro Pereira: las brutales distorsiones que imponea su rostro en las fotografías son el punto de partida desdeel cual se piensa a sí mismo y sale a indagar el mundo.
El arte de Sandro Pereira: las brutales distorsiones que impone a su rostro en las fotografías son el punto de partida desde el cual se piensa a sí mismo y sale a indagar el mundo.
La semana pasada, en la bella galería Daniel Abate del Pasaje Bollini, el tucumano Sandro Pereira inauguró una exposición que se podrá visitar durante todo el verano. Con sus esculturas, fotografías, pinturas, dibujos y videos, el artista demuestra la madurez alcanzada en estos años, desde que en 2000, cuando recién iniciaba su carrera, publicamos en estas páginas su primer monumento, el «Homenaje al sánguche de milanesa».

El autorretrato, género que Pereira reitera de modo infatigable en su obra, ya sea con la inocencia de su debut, o con las brutales distorsiones que impone a su rostro en las fotografías actuales, son el punto de partida desde el cual se piensa a sí mismo y sale a indagar el mundo. El chico que al despuntar el siglo celebra con un monumento alegórico la improvisada gastronomía argentina, mientras se devora un sandwich, se fagocita el Pop, y se auto-entroniza con soberana audacia en un florido parque de Tucumán, es el mismo que hoy continúa afirmado en el «yo».

• Paralelismo

En el libro «El otro, el mismo», Borges escribe: «Soy, pero también soy el otro». En la obra de Pereira la dimensión del «yo» tiene la misma estatura del hombre; mientras se mira a sí mismo, mira la humanidad. En su reciente envío a la Bienal del Mercosur, la enorme y desproporcionada sombra del boxeador que proyecta su pequeño autorretrato de poliéster sobre un lienzo, se vislumbra como el gesto heroico de un gigante protector, capaz de inflamar su ego para cobijar muchedumbres.

Desde la condición que implica ser tucumano (una de las provincias más pobres de la Argentina), pero con el coraje que brinda la materialidad del cuerpo representado en esculturas, imágenes y pinturas, nuestro artista sale a explorar las profundidades del otro. Así, descubre que su identidad y la del otro se construyen en el mismo instante en que se disgregan en el tiempo.

El chico que vemos en la mesa de un café, es el mismo que se desdobla y yace bajo la mesa. Se trata de un juego riesgoso, de un viaje de ida y vuelta a la muerte. Pero también se trata de un camino circular, que sale del yo para regresar a ese yo cada vez más expandido que le sirve de sustento.

• Ojo

En una de sus pinturas, nuestro protagonista vuelve al paisaje de ensueño tucumano y sobrevuela el monte piloteando un avioncito a hélice. Utiliza el ojo como una cámara fotográfica, busca bellísimos encuadres de los lapachos en flor, y luego los pinta con afán documental, en cartones que tienen la medida exacta de una foto carnet. Cada pequeña pintura es un testimonio de su identidad y del candor que sobrevive a sus andanzas, otra prueba de la idiosincrasia primitiva que acrecienta su fortaleza.

Pero, ¿cuál es el límite de su fuerza? El artista, reconoce la influencia de
Francis Bacon y sobre todo la de Picasso, y busca respuestas en la frontera difusa de la disolución del «yo». Cuando perfora la imagen de su rostro, descubre las sucesivas máscaras que estaban ocultas y así despega una a una las múltiples apariencias que, como las capas de una cebolla, esconden al sujeto fotografiado.

Con este fin, el de dejar a la vista la inasible identidad de su persona, se autorretrata de frente o busca de modo manierista el escorzo. El resultado, lo que queda al desnudo luego de estos recortes y de los pliegues y superposiciones que impone a su rostro hasta desfigurarlo por completo en las fotos bidimensionales, es una imagen dislocada. Las facciones, elemento reconocible por excelencia, están distorsionadas, rotas en mil pedazos, y lo único que se salvaguarda es la mirada, clavada en el espectador. Una mirada que podría interpretarse como la voluntad de ser, pero ser de una manera determinada. En este sentido,
Pereira cita a Carpentier, y dice que la grandeza del hombre consiste en «querer mejorar lo que es», en ser «capaz de amar en medio de las plagas».

Se le atribuye haber dicho a
Da Vinci que los artistas siempre hablan de sí mismos, pero la obra de Pereira difiere de la obsesiva confirmación del ego de Frida Kahlo, o de la reconstrucción autobiográfica del contexto cultural que distingue a Woody Allen.

En su caso, el concepto de identidad conlleva el de alteridad, involucra al «otro», al que no penetra en su mundo y el que en la sociedad actual, se vuelve cada vez más irreconocible, lejano e, incluso, atemorizante. El protagonista de esta muestra es ese «alguien» (él, nosotros, ellos), del que sólo conocemos su máscara, como la del payaso con la flor en el ojal que derrama una lágrima y nos regala una sonrisa.

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