19 de diciembre 2005 - 00:00
La realidad y su quiebre, clave en Sandro Pereira
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El arte de Sandro Pereira: las brutales distorsiones que impone
a su rostro en las fotografías son el punto de partida desde
el cual se piensa a sí mismo y sale a indagar el mundo.
• Ojo
En una de sus pinturas, nuestro protagonista vuelve al paisaje de ensueño tucumano y sobrevuela el monte piloteando un avioncito a hélice. Utiliza el ojo como una cámara fotográfica, busca bellísimos encuadres de los lapachos en flor, y luego los pinta con afán documental, en cartones que tienen la medida exacta de una foto carnet. Cada pequeña pintura es un testimonio de su identidad y del candor que sobrevive a sus andanzas, otra prueba de la idiosincrasia primitiva que acrecienta su fortaleza.
Pero, ¿cuál es el límite de su fuerza? El artista, reconoce la influencia de Francis Bacon y sobre todo la de Picasso, y busca respuestas en la frontera difusa de la disolución del «yo». Cuando perfora la imagen de su rostro, descubre las sucesivas máscaras que estaban ocultas y así despega una a una las múltiples apariencias que, como las capas de una cebolla, esconden al sujeto fotografiado.
Con este fin, el de dejar a la vista la inasible identidad de su persona, se autorretrata de frente o busca de modo manierista el escorzo. El resultado, lo que queda al desnudo luego de estos recortes y de los pliegues y superposiciones que impone a su rostro hasta desfigurarlo por completo en las fotos bidimensionales, es una imagen dislocada. Las facciones, elemento reconocible por excelencia, están distorsionadas, rotas en mil pedazos, y lo único que se salvaguarda es la mirada, clavada en el espectador. Una mirada que podría interpretarse como la voluntad de ser, pero ser de una manera determinada. En este sentido, Pereira cita a Carpentier, y dice que la grandeza del hombre consiste en «querer mejorar lo que es», en ser «capaz de amar en medio de las plagas».
Se le atribuye haber dicho a Da Vinci que los artistas siempre hablan de sí mismos, pero la obra de Pereira difiere de la obsesiva confirmación del ego de Frida Kahlo, o de la reconstrucción autobiográfica del contexto cultural que distingue a Woody Allen.
En su caso, el concepto de identidad conlleva el de alteridad, involucra al «otro», al que no penetra en su mundo y el que en la sociedad actual, se vuelve cada vez más irreconocible, lejano e, incluso, atemorizante. El protagonista de esta muestra es ese «alguien» (él, nosotros, ellos), del que sólo conocemos su máscara, como la del payaso con la flor en el ojal que derrama una lágrima y nos regala una sonrisa.



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