27 de mayo 2008 - 00:00

La Revolución de Mayo y el inicio de la pintura local

«Un alto en la pulpería» (1860), óleo sobre madera de Prilidiano Pueyrredón; junto con Cándido López fueron los dos grandes creadores argentinos del siglo XIX.
«Un alto en la pulpería» (1860), óleo sobre madera de Prilidiano Pueyrredón; junto con Cándido López fueron los dos grandes creadores argentinos del siglo XIX.
Buenos Aires tuvo una Escuela de Dibujo en 1799, por iniciativa de Manuel Belgrano, secretario del Real Consulado de Comercio de Buenos Aires. Pero esa academia apenas duró tres años, hasta 1802, cuando fue cerrada por orden del rey de España, Carlos IV. Iniciado el proceso de la Independencia en 1810, el fraile Francisco de Paula Casteñada fundó, en 1814, una academia en el Convento de la Recoleta. En sus aulas comenzó el arte argentino con la enseñanza de maestros europeos como el suizo Joseph Guth y el francés Joseph Rousseau. A instancias del ministro Bernardino Rivadavia, en 1821 se crea la Universidad de Buenos Aires y, por un convenio de mayo de ese año, la Academia de Dibujo es convertida en Cátedra de Dibujo de esa Universidad. En ella enseñó Guth, que luego fue reemplazado en 1828 por el italiano Paolo Caccianiga.

Con ellos estudiaron Carlos Morel (1813-1894) y Fernando García del Molino (1813-1899), chileno radicado desde niño en Buenos Aires.

Mientras García del Molino se destacó como retratista, Morel perduró por sus escenas urbanas y campestres, y sus estampas bélicas. Antonio Somellera (1812-1889), Eustaquio Carrandi (1818-1878), Benjamín Franklin Rawson (1819-1871), Genaro Pérez (1839-1900), entre otros.

También Bernabé Demaría (1824-1910), que luego va a perfeccionarse a Madrid. Retratistas y miniaturistas, estos pintores vinculados a un naturalismo verista, no dejaron de ocuparse de la historia, los paisajes los hábitos y la gente del país.

Pero hay que llegar a Prilidiano Pueyrredón (1823-70) para encontrar al artista y arquitecto reconocido, no sólo por pertenecer a una familia patricia sino por su obra creativa. Era hijo de Juan Martín de Pueyrredón, quien fuera Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata y, desde esa función, colaboró activamente con la campaña libertadora de San Martín. A los 12 años, su padre -que por estar enfrentado con Rosas, debió exiliarse-, lo llevó a Europa, donde realizó sus estudios. Entre 1841 y 1844 vivió en Río de Janeiro. De allí volvió a Francia donde estudió ingeniería en la Escuela Politécnica de París.

Dominaba el oficio de pintor cuando, hacia 1851, una comisión le encargó el retrato de Manuela Rosas. Se instaló en Cádiz hasta 1854, año en que volvió a Buenos Aires, y desde entonces hasta su temprana muerte alternó la pintura con su actividad de arquitecto. Pueyrredón trabajó en la restauración de construcciones históricas y, entre otras obras, diseñó los planos para la mansión de Miguel de Azcuénaga, la «Quinta de Olivos», que luego fue obsequiada al país como residencia presidencial. Plasmó en notables retratos a la sociedad porteña de entonces y, además, tomó como tema al campo y sus costumbres en telas relevantes tanto por su gran calidad como por su valor iconográfico. Una nota aparecida en «La Tribuna» en 1861 comentaba dos obras. Sobre «Un alto en el campo» señalaba: «Los antiguos usos y costumbres de nuestra campaña desaparecen de día en día. La ola de la emigración acabará por sumergirlos en el olvido. La civilización ganará en esto; pero la originalidad tan querida por los artistas, dejará de servir de fuente para las inspiraciones de éstos. Hacemos esta reflexión en presencia de dos cuadros que termina en este momento el Sr. Pueyrredón (.) Representan los extremos de nuestra vasta campaña; el placer y el trabajo; las escenas pacíficas y patriarcales, y las luchas atrevidas del gaucho contra los toros y los potros del desierto.» En cuanto al segundo, «El rodeo», «Representa la paz del rancho, como dice su autor. Una carreta de bueyes, mansos y bien nutridos, recibe parte de una familia que camina para el pueblo. La gran ciudad se divisa en el fondo más lejano. Mientras tanto, una joven vestida como en día domingo, sentada en el tronco de un ombú, hace los honores del mate a un grupo de gente moza que se forman en círculo, casi todos a caballo y algunos con sus compañeras, en las ancas. Unos ranchos se ven en el fondo y salen de sus puertas un matrimonio de ancianos, tronco de aquella familia feliz, testimonios vivos de lo que le prolongan los días bajo las influencias de la frugalidad y del aire libre. En esta tela notable, es más notable aun, el ombú. Este árbol benéfico y característico, tan cantado por los poetas porteños, es el favorito también del artista compatriota. Creemos que hacemos un servicio a los aficionados llamándoles la atención sobre unas obras de arte que honran a su autor y al país (...)».

El Museo Pueyrredón, en San Isidro, lleva ese nombre por su padre, el Brigadier General Juan Martín de Pueyrredón, personaje fundamental en la historia argentina, quien fue propietario de la casa. Ubicado en Rivera Indarte 48, Acassuso, se encuentra en proceso de restauración y se estima su reapertura en el mes de junio. Inaugurado el 16 de septiembre de 1944, había sido declarado Monumento Histórico en 1941. El edificio data del año 1790. En esa quinta tuvieron lugar acontecimientos trascendentales para la historia de nuestro país. Entre varios árboles añosos, se conserva el algarrobo bajo el cual San Martín y Pueyrredón idearon la Expedición Libertadora de América. Construida en el centro de un parque arbolado, al borde de la barranca del Río de la Plata, es una casona de planta cuadrangular, con un amplio patio central al que convergen todas las habitaciones. Desde el patio se observa el atelier del pintor. Se destaca la gran galería abierta hacia el río, soportada por ocho columnas de orden toscano, que fue obra de Prilidiano y testimonia el gusto neoclasicista de su época.

El importante patrimonio que cobija es arquitectónico, documental, bibliográfico, y exhibe una colección de famosos retratos pintados por el artista, que junto con Cándido López (de quien nos ocupamos en esta página el 20 de mayo pasado), son los dos grandes creadores del XIX.

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