26 de noviembre 2013 - 00:19
La suntuosidad y el ascetismo de Mónica Millán
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Arriba, una de las nuevas obras donde Millán profundiza una estética personal e inconfundible basada en el estudio de su tierra natal, su gente y la naturaleza agreste y exuberante.
Hay obras abstractas, no obstante, que ostentan un riguroso ascetismo frente a la suntuosidad de esas piezas. Al diseño constructivo de una pintura decididamente abstracta, realizada cuando Millán tenía 26 años, se suma la serie de pequeñas servilletas bordadas a mano en la actualidad con motivos geométricos. En efecto, la manualidad de estos trabajos remonta la trayectoria de la artista, pero nos lleva mucho más atrás en el tiempo, induce a pensar en la herencia abstracta del arte precolombino. Así, los hilos de un pasado remoto y también del cercano, se atan con los del presente a través de esa pintura que permaneció oculta durante años.
Las obras esconden las búsquedas de la artista. Estas búsquedas están ligadas de diversos modos al origen e indujeron a Millán a investigar los enjambres del sonido, el color y las formas de la selva, el clima, el bordado y, la marea de cualidades distintivas del territorio misionero. Al ingresar a la galería hay un trabajo del año 2000, realizado cuando se dedicó al budismo y exploró la alquimia. "La obra está bordada con punto atrás, es la puntada Zen", aclara. Así observa que fue su deseo montar una exposición más subordinada a la narración que a un orden cronológico.
Junto a esta obra, una de las pinturas revela, en el luminoso horizonte del paisaje, su raíz romántica y el misticismo estético. La vivacidad transparente de un amarillo incomparable potenciado por el celeste del mar, se divisa en una ventana recortada en medio de la urdimbre del dibujo y el bordado. El cromatismo luminoso es una fiesta. El paisaje transmite las sensaciones proyectadas por los paisajistas románticos: libertad, anarquía, incertidumbre, cambio, vida, muerte.
La muestra culmina con una caja oscura que resguarda sobre unas madejas de hilos, el cuerpecito emplumado de un hombre-pájaro. La visión de esas plumas de colores habla de la intersubjetividad extrema de la artista con la naturaleza. Ella es el pájaro mismo.
Millán vuelve a sorprender con la audacia y originalidad de los planteos, recupera la belleza como valor artístico, pero logra trascender el fin ornamental o de culto con que fueron concebidos sus trabajos. Su arte no necesita el embrujo. Lo que en verdad queda a la vista es la simbología y el refinamiento estético. Ella ha guardado sin duda dentro de sí y, acaso sin saberlo, las respuestas a esos secretos existenciales que durante años buscó por el mundo.



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