7 de febrero 2001 - 00:00

"Lamento haber negociado mis novelas para el cine"

Paul Auster
Paul Auster
Nueva York - Paul Auster abre la puerta de su casa de tres pisos -y un sótano donde funciona su escritorio-en el residencial barrio de Brooklyn. Durante la charla de casi dos horas, interrumpida por algunas llamadas telefónicas, Auster se levantó para abrir la puerta en dos ocasiones: una, para que entrara su mujer, la escritora Siri Hustvedt, y el cachorro enchastrado por la lluvianieve que cayó sobre la ciudad ese jueves; la otra, para que dejara las compras el repartidor de un supermercado. En su sala de tres ambientes, libros de mesa con fotos de cuadros de Vermeer y Rembrandt, y dos cuadros con la imagen de una máquina de escribir. Simpático y charlatán, Auster reveló que no tiene planes de dirigir un nuevo film. Su próximo libro, que escribe a 5 o 6 páginas por día, debe salir hacia fin de año.

Periodista: ¿Cuál es el tema de su próximo libro?


Paul Auster:
No acostumbro a contar mis libros en proceso de creación, pero puedo adelantar que escribo una novela. Pero hay algo muy interesante que estoy publicando en setiembre. Hace poco más de un año, estaba promocionando mi último libro en la radio «NPR».
Me llamaron para formar parte de un programa. Me dijeron que les gustaría que contara historias. Confieso que no me gustó mucho la idea. Cuando volví a casa y le conté esa extraña propuesta a Siri, ella se entusiasmó y sugirió otra idea. «¿Y si no escribieras y pidieras a la gente que mandaran sus verdaderas historias y las leyeras por la radio?» Quedé fascinado (risas), y creamos el National Historic Project, lugar donde personas a todo lo largo y ancho de América podían mandar historias de su vida que tuvieran entre dos y cuatro páginas. Esos cuentos van de lo divertido a lo trágico; de lo alegre a lo triste. Estoy haciendo eso en la radio ya hace tiempo y resolví reunir 180 de esas historias en una antología. El resultado es sorprendente, quedé muy contento. El libro se va a llamar «I Thought My Dad Was God» («Pensé que mi padre era Dios»), frase sacada de uno de los cuentos.

P.: Cuando escribe un libro, como ahora, ¿tiene algún plan o disciplina que sigue para hacer avanzar la historia?


P.A.:
No le llamo disciplina porque es lo que me gusta y me propongo hacer. Me despierto todos los días a las siete de la mañana. Llevo a mi hija a la escuela. Leo los diarios, tomo algunas tazas de café y rumbeo para mi escritorio. Después de un tiempo de trabajo, me tomo un recreo. Si el tiempo es bueno, hago una caminata por el vecindario. Almuerzo e inicio mi tarde. ¿Medio aburrido, no? Pero escribir es una actividad aburrida. Toda vez que estoy obligado a apartarme un poco de lo que hago, me resulta difícil volver a retomarlo. Tardo unos día en volver a la actividad normal. Por eso sólo me gusta tener los domingos libres.

P.:¿Por qué su película «Lulú on the Bridge», que no se estrenó en la Argentina, tampoco llegó al circuito comercial en EE. UU.?


P.A.:
El showbusiness es un mundo complicado (risas). Peter Newman, el productor también de «Cigarros» («Smoke») y «Humo de vecino» («Blue in the face»), lidió con los tipos que pusieron el dinero en la producción, un grupo inglés.

Pero ellos tenían expectativas muy curiosas con la película y se quedaron rechazando ofertas de distribuidoras norteamericanas, siempre considerando que no era plata suficiente. A nosotros las ofertas nos parecían buenas, pero ellos no querían firmar los contratos. Llegamos a Cannes sin un distribuidor y tuvimos que hacer presencia en el Festival. Fuimos masacrados por la prensa. Nos mataron. Cannes es una casa de locos, y lo que escribe la prensa puede ser cruel. Estuve allí el mismo año en que Terry Gilliam presentó «Fear and loathhing in Las Vegas» («Pánico y locura en Las Vegas»), película que tampoco fue bien considerada. Recuerdo que fuimos a comer, y me dijo: «Paul, me siento como San Sebastián» (risas). Algo interesante. Según mi productor, un distribuidor brasileño de «Lulú» vio la película en Cannes y fue a las oficinas de la compañía inglesa. Encontró a la gente amargada, con sabor de derrota, pero les dijo que quería comprar los derechos. Y los tipos le contestaron: «Nadie quiere comprarla para nada, esa película es un fracaso». El distribuidor brasileño dijo que no le importaba, porque a él le había gustado y quería mostrar «Lulú» en Brasil. No conozco a ese distribuidor, pero le tengo enorme simpatía (risas).

P.: ¿Qué le da el cine que no le haya dado la literatura?


P.A.:
Y... se habla con otra gente (risas). Lo grande para mí de hacer un film es tener que estar todo el tiempo como parado en un solo pie.
Como escritor eso no sucede. Si no se tiene seguridad de una frase, se la saca. En un set de filmación, se tiene que pensar ante 60 personas y se tienen que tomar decisiones acertadas y cristalinas. El desafío, por tanto, es mucho más fuerte. Me gusta tener que tomar en cuenta a los otros, mantener el ánimo, ser paciente, no perder el humor. Desde el punto de vista humano, es una gran experiencia. No veo el filmar como un arte, pero sí como una situación humana.

P.: Hay rumores de que sus novelas «Leviatán», «Mr. Vértigo» y «The Locked Room» van a ser filmadas.


P.A.:
Nunca negocié «Leviatán», entre otras, cosas porque creo que es un libro difícil de ser adaptado a dos horas. Vendí los derechos de «The Locked Room» y «Mr. Vértigo» por razones de momento, cosa que ahora lamento mucho. Sé que «The Locked Room» va a ser filmada por ese cineasta que se llama Alexander Payne («Ruth in Question» y «Election»), pero parece que se embarcó en otro proyecto que va a realizar antes. Estoy en la oscuridad, porque quienes detentan los derechos no me mantienen informado. Babenco me llamó para decir que le gustaban mis libros, se sentía atraído por «El palacio de la Luna», y quería saber si había alguna manera de poder convertirlo en una película. Pero, bueno, los proyectos en el cine mueren en un abrir y cerrar de ojos. Con Babenco nos hicimos amigos. Es un tipo fenómeno.

P.: ¿En la película «Center of the World», del cineasta Wayne Wang, su compañero en la dirección de «Cigarros» y «Humos del vecino», que participación tuvo usted?


P.A.:
Siri y yo ayudamos un poco. Pero es un film de él, no de nosotros. No fue el caso de «Cigarros». Vi una preedición de la película y no sé aún qué pienso de ella. La premisa es interesante, y Wayne nos contó la idea. Con Siri desarrollamos el guión, pero, durante la filmación, las ideas que contenía fueron cambiando. El resultado no tiene mucho que ver con lo que escribimos.

P.: Peter Aaron, el escritor que cuenta la historia de su novela «Leviatán», lleva sus iniciales: P.A.. A su vez, Benjamín Sachs, el amigo cuya vida Peter investiga, tiene como nombre un seudónimo que usted usaba. ¿Por qué hace esa autocita y hasta qué punto Peter es autobiográfico?


P.A.:
Muy poco autobiográfico. Uno de los desafíos de escribir «Leviatán» fue no convertir al personaje en un espejo. Por ejemplo, Peter está sentado en Vermont, escribiendo en una mesa verde. Yo escribí sobre una mesa verde en Vermont. En verdad, intentaba inscribir situaciones mías dentro de la trama. Fue delirante estar a la vez dentro y fuera de mi historia. Otro ejemplo, Peter se casa con una mujer que se llama Iris. Iris es el nombre de mi esposa pronunciado de atrás para delante. Pero, en el final, Peter no tiene nada que ver conmigo. Espero ser un poco más inteligente que él. Es un poco vago, muy serio y sincero, y pierde mucho tiempo intentando entender las cosas, porque siempre está un paso atrás.

P.:Al investigar a Benjamin, Peter se sorprende por los hechos que desconocía de la vida de su amigo. ¿Al sentarse a escribir usted se sorprende por el rumbo que toman sus personajes?


P.A.:
Todo el tiempo. No sabría qué propósito tiene escribir un libro si conociera antes enteramente a mis personajes. Escribir para mí es proyectarme dentro de una situación o un personaje y dejar que eso me envuelva hasta que salga a la vida. La aventura para un escritor es dejar surgir situaciones que no sospechaba. No se trata de matemáticas. Es una caja de sorpresas; a veces, resulta mágica y otras, una pesadilla.

P.: ¿Por qué dedicó esa novela a Dom Delillo?

P.A.: Hay dos razones. «Leviatán» es un libro sobre la amistad. Más específicamente sobre los misterios de la amistad. Hay personas en nuestra vida que asumen un lugar muy importante. Sin esos amigos, nuestra vida estaría vacía. Por otro lado, cuanto más conocemos a nuestros amigos, más descubrimos cosas que no sabíamos de ellos. El hecho de que sepamos tan poco sobre las personas cercanas es fascinante para mí. Dom es un gran amigo, y yo quería homenajear esa amistad. En la misma época en que yo escribía «Leviatán», Dom escribía «Mao II», novela también sobre un escritor. Me pareció extraordinario el que estuviéramos pensando las mismas cosas, al mismo tiempo, y de maneras completamente opuestas .

P.: ¿Qué le interesa en literatura en este momento?


P.A.: Cuando escribo una novela, me resulta muy difícil leer ficción. Leí otras cosas. Ahora estoy devorando un libro bastante divertido. Es la autobiografía de Lorenzo Da Ponte, un libretista del siglo XVIII que escribió la letra de las más famosas óperas de Mozart, como «Don Giovanni», «Las bodas de Figaro» y «Cosi fan tutte». Tuvo una vida muy loca, y siempre quise leer ese libro. Lorenzo hizo de todo y, en el final de su vida, vino a Estados Unidos, en donde se convirtió en el primer profesor de italiano de la Columbia University. Fue pobre, rico, enfrentó prejuicios, sufrió, amó... Para hacerse una idea de su personalidad: fue amigo de Casanova tanto como del tipo que escribió «The Night Before Christmas» (Clement Clarke Moore). Le recomiendo ese libro a todo el mundo.

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