29 de enero 2004 - 00:00

"Las invasiones bárbaras"

Réky Girard y Marie-Josée Croze
Réky Girard y Marie-Josée Croze
«Las invasiones bárbaras» («Les invasions barbares», CanadáFrancia, 2003; habl. en francés e inglés). Dir. y Guión: D. Arcand. Int.: R. Girard, S. Rousseau, D. Berryman, L. Portal y otros.

"Los negros son mayoría en Sudáfrica y minoría en los Estados Unidos. Por eso mismo, en Sudáfrica algún día detentarán el poder y en los Estados Unidos no lo tendrán jamás» profetizaba en 1986 el profesor Rémy en «La decadencia del imperio americano», y concluía: «La justicia no tiene ningún peso en la historia, sólo los números, las cantidades».

Diecisiete años más tarde, los números -y no sólo en Sudáfrica- le dan la razón al director de aquella película, el cineasta y profesor de historia canadiense Denys Arcand: la estirpe de los intelectuales universitarios que retrató en «La decadencia...», condenados a una soledad casi endogámica, culturalmente agónicos, demográficamente minoritarios, parece estar en vías de extinción y tal vez no tenga una segunda oportunidad sobre la tierra. Es la era del desencanto, la de la llegada de los bárbaros...

Tanto o más ingeniosa que su primera parte, «Las invasiones bárbaras» no se refiere a ese sentimiento que tuvieron, en octubre de 1945, los lectores de la revista «Sur» cuando observaron quiénes se lavaban los pies en la fuente de Plaza de Mayo. El temor a la «barbarie», en el film de Arcand, no es clasista: tiene que ver, en primer lugar, con la idea de insalvable diferencia con respecto al «otro», al extraño, y también (aunque se lo confiesen mucho menos) con la certeza de tener que ceder el lugar propio a ese bárbaro que ya nada tiene que ver con ellos. En definitiva, tiene que ver con la muerte.

Y quien está muriendo en esta película es justamente el autor de aquella frase, Rémy: al comenzar el film, nos enteramos de que se ha separado, que su ex mujer lo asiste en el hospital público en el que se obstina en permanecer pese a la mala atención (es un viejo socialista), y que su hijo Sébastien, que nunca tocó un libro de su biblioteca, ahora vive en Londres y es un triunfador: asesor de mercado, seguro en sus decisiones, fiel en el matrimonio, sin problemas económicos, adicto a los video games en sus pocos momentos de ocio. «El príncipe de los bárbaros», según la definición de su padre.

El nuevo Atila jamás se interrogó, como lo hizo siempre Rémy, por la metafísica del mal: simplemente, intenta que el mal no estorbe su camino; para eso tiene dinero. Si es necesario sobornar a funcionarios o policías para que su padre pueda estar un poco mejor, lo hará sin dudas ni remordimientos. Nada tiene que ver Sébastien con su padre ni con su círculo de ex colegas universitarios que, también después de 17 años, vuelven a reunirse en torno a él, tan desorientados como siempre, y con la única diferencia de que su interés en el sexo es ahora más verbal que físico.

Nathalie, la joven drogadicta y víctima a su manera de los dealers «bárbaros», es otro de los personajes mejor definidos y más lúcidos de
«Las invasiones...». Ella, que de chica había sorprendido a su madre con Rémy en la cama (así se veía en «La decadencia...»), es quien ahora le proporciona a ese extraño, por gestión de Sébastien, los instrumentos para atenuar su dolor.

De los muchos y estupendos diálogos que tiene la película, tal vez uno de los mejores sea el que sostienen ambos: sólo a ella le confiesa Rémy su terror a la muerte porque ya no habrá más placeres, ni mujeres, ni buen vino. Nathalie lo mira extrañada: ¿cuánto hace que él no bebe, que no se acuesta con una mujer? «Mucho tiempo», reconoce Rémy. Y ella, que es puro presente, no puede entender cómo alguien pueda estar tan apegado a recuerdos muertos, a cosas que ya no disfruta más; que sólo lo retenga la memoria de lo que fue y no la realidad de lo que es. Otro choque más entre ciudadanos y bárbaros.

«Las invasiones bárbaras»
no sólo revela, como en «La decadencia...», a un guionista inteligente y mordaz con una sólida cultura a sus espaldas, sino también a un director de cine más maduro. En la película de 1986 los diálogos eran, en verdad, la atracción dominante. Ahora, al placer de aquella lucidez y con el mismo sentido del humor, se añade el de estar viendo una película auténticamente dramática y, por momentos, sorprendentemente emotiva.

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