Pierre Michon o la pintura imaginaria

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Varias veces favorito al Nobel, es hoy uno de los escritores más importantes de Francia. En su paso por el país habló en la UNTREF con sus lectores.

Pierre Michon, una de las plumas más celebradas de las letras francesas, habló la semana pasada en la UNTREF sobre “la literatura como aparición de lo invisible”. Nativo de Cards, la Creuse francesa, después de graduarse en Letras, Michon se lanzó en correrías con un grupo de teatro y recién a los 39 años publicó “Vidas minúsculas”, opera prima que fue su consagración; a ese libro siguieron “Rimbaud el hijo”, “Señores y sirvientes”, “Cuerpos de rey”, “El origen de mundo” y “Los once”. Su nombre suele figurar desde hace años entre los favoritos al premio Nobel. En su breve visita a la ciudad de su admirado Borges dialogamos con él.

Periodista: ¿Por qué lo tratan, a la vez, de autor clásico, inclasificable y de culto?

Pierre Michon: ¿Clásico? No sé, manejo la lengua como aprendí a usarla. A veces hago incursiones en lo coloquial pero no por eso voy a ser tradicionalista. En “Vidas minúsculas” usé el imperfecto del subjuntivo, que es un tiempo verbal que en francés no se usa; ahora prescindo de eso. ¿Inclasificable? Todos los escritores lo son, salvo los comerciales, porque el individuo es más fuerte que el idioma. Lo de “autor de culto” surge de varios malentendidos. Como mi primer libro transcurre en el campo, entre gente humilde, se vio el lado sociológico. Proyectaron en los personajes toda la gente que dejamos de lado en la historia, lo que me dio una clientela campesina. Los gruñones reaccionarios de la lengua, al ver el tono clásico, decidieron: esto está bueno. Pero como mi vida no es aristocrática, tradicionalista o impostada, atraje una clientela marginal. Lo de autor de culto no tiene que ver con lo que escribí ni con lo que quise escribir sino con ese posicionamiento de los autores que hace la gente.

P.: Sus libros parecen pertenecen a la misma familia y a la vez son todos diferentes.

P. M.: Me esfuerzo por no escribir siempre el mismo libro. Hay grandes autores, que me encantan, que siempre escriben el mismo libro. Me da miedo eso. No por elegancia sino por ponerme a escribir “a la manera de Pierre Michon”. Si hay un vaivén en mis libros entre el mundo campesino y la historia noble acaso sea la influencia de Borges, uno de mis maestros absolutos, pero él pasaba de los gauchos a la metafísica.

P.: ¿Cómo se le ocurrió escribir sobre grandes personas a través de seres modestos, por ejemplo Van Gogh por su cartero?

P. M.: Con Joseph Roulin, el cartero que Van Gogh usa de modelo, en “Señores y sirvientes”, me esfuerzo en llevar a través de alguien anónimo, de humilde condición, la mirada del arte de alguien que no proviene del mundo del arte, de la creación. Los pintores de los que hablo, Goya, Van Gogh, Watteau, Vasari, entre otros, son también escritores, y los miro como lo hacían mis abuelos campesinos, con una mezcla de admiración y de poca comprensión. Joseph de Maistre escribió “los que no entienden nada, entienden mejor que los que entienden mal”.

P.: ¿Esos textos lo llevaron a escribir como quien pinta?

P. M.: Siento que cada texto tiene una coloración distinta. Envidio de la pintura esa inmediatez que permite estar frente a la obra. En un texto corto es más sencillo que en una novela ver el conjunto. Creo que mis frases, como encadeno las preposiciones relativas y subordinadas, tienen algo movimientos de pincel.

P.: En “Los Once” están los jacobinos del Comité Central de Salvación Pública, el pintor que los retrata y un narrador que comenta el cuadro.

P. M.: En “Los Once” están la lucha interna de esos once, los once del pintor Corentin y los once de Michon. Cuando el narrador describe los once de Corentin retrata los once de Michon, el cuadro nunca es mostrado, solo se habla de las personas que está en él.

P.: ¿Qué sintió cuando supo que iba gente al Louvre a tratar de encontrar el cuadro?

P. M.: Me puse contento. Me contaron que alguien en un colectivo, señalando el Louvre, dijo: ahí están los mejores tipos de la Revolución Francesa en un cuadro, tengo que ir a verlos. Y la novela muestra que cualquier toma del poder por el pueblo desemboca en una pérdida del pueblo. En el cuadro de mi libro están los revolucionarios pero el gran ausente es el pueblo. Luchan por la República, son jóvenes, cultos, inteligentes, sinceros, honestos, ni santos ni apóstoles, y cuando asumen el poder se vuelven Papas, y se matan entre ellos.

P.: ¿Se propuso romper convenciones en la forma de contar una historia?

P. M.: No planifiqué mi modo de escribir. Los libros se me presentaron uno a uno. Nunca se me ocurrió que rompía convenciones, que está muy bien. El sueño de los grandes escritores es terminar con la literatura, ser el que le pone fin. Yo cuando escribo me esfuerzo por sentir el mayor goce estético, afectivo, reír, llorar. Ese tono lo encuentro en Borges, en Shakespeare; la sonrisa y el llanto detrás de la palabra.

P.: ¿Planea narrar desde la autobiografía, la autoficción o el dato histórico?

P. M.: Al comienzo sé vagamente hacia dónde voy, pero no trazo un plan. A menudo hago hallazgos a medida que voy narrando, y eso cambia completamente la orientación del texto. En “Los Once” la aparición del historiador Michelet dio un giro al relato e hizo entrar al pueblo. Comprendí que todo hombre de cultura, los jacobinos lo eran, al que le van bien las cosas se convierte en un hombre de poder simbólico. En el interior del artista se da la lucha entre la cultura y el poder. Lo que me fascinaba de Rimbaud, de Van Gogh, es que no tuvieron tiempo de ser hombres de poder simbólico. Por eso hay una cierta pureza en ese tipo de personajes.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

P. M.: Una novela sobre un momento de mi vida, pero no soy yo, es otro, y los otros también son otros. Me disfrazo. Todo el mundo me va a reconocer y reconocer la historia. Trata de una relación amorosa catastrófica. Es un homenaje a una chica, al amigo que me la robó y a mí mismo. Como cuento sobre el mundo literario temo las reacciones de mis colegas.

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