10 de enero 2002 - 00:00

"LOS CHICOS DE MI VIDA"

«Los chicos de mi vida» (Riding in cars with boys, EE.UU. 2001, habl. en inglés.) Dir.: P.Marshall. Guión: M.U.Ward; Int.: D.Barrymore, S.Zahn, A.García, B.Murphy, J.Woods, L.Bracco.


Tras la redituable pavadita de «Los ángeles de Charlie», de cuya producción era socia, la actriz Drew Barrymore sintió que debía reivindicarse a nivel artístico.

Lo hace con esta historia de la vida real, que propone una advertencia a las jóvenes (cuidado con los juegos sexuales adolescentes), y un ejemplo de vida: embarazada a los 15, una chica va creciendo junto a su hijo, y logra, con sacrificios, ser lo que soñó.

Como en un buen tour de force, Barrymore interpreta al personaje protagónico en su adolescencia, su juventud, y su primera madurez, aunque acaso el término madurez no resulte del todo aplicable, ya que dicho personaje es una de esas criaturas difíciles, que pretenden que todo sea como ellas quieren -y encima son bastante pretenciosas. Asumiendo esas características, la actriz desarrolla una interpretación llena de energía y buenos recursos, y, aunque no siempre logre ser convincente, quienes la consideren buena saldrán más que admirados.

Y los demás, van a reconsiderar un poco sus criterios. Sinceramente, es una buena actriz. Y, por otra parte, tiene en su ayuda un precioso ejército de ambientadores, vestuaristas, peluqueros, dialoguistas, y también intérpretes.

Reaseguros

En efecto, la actriz no es el único (y para muchos ni siquiera es el principal) atractivo del film. Antes, están los nombres de la directora Penny Marshall («Quisiera ser grande», siempre detallista y edulcorada), el productor James

L. Brooks
, experto en sonrientes problemas familiares («La fuerza del cariño» y similares), el fotógrafo checo Miroslav Ondricek (todo comienza en una Navidad empalagosa...), etc. etc., todos ilustrando y reconsiderando el libro autobiográfico de Beverly Donofrio, adaptado con señalable habilidad, pero también con necesaria rutina televisiva, por Morgan Upton Ward.

Se trata del crecimiento de dos personas, y el paso del tiempo, entre 1961 y 1986, en un alternarse de pasado y presente, nostalgia y crítica, humor y aflicción, choques y reconciliación, cuestionamientos generacionales y expresiones de amor entre madre e hijo, tal como
Brooks sabe ofrecerle al público, y éste digiere y agradece.

El detalle, ay, que resta puntos, es que en esta película el tiempo tarda más de dos horas en pasar.

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