18 de agosto 2005 - 00:00

"Los cuatro cubos": un juego disfrutable

«Los cuatrocubos» es unaexcelentemuestra de lamadurez de lacompañíateatral BusterKeaton y de laconsolidaciónde un lenguajeteatral quehaceinnecesariaslas palabras.
«Los cuatro cubos» es una excelente muestra de la madurez de la compañía teatral Buster Keaton y de la consolidación de un lenguaje teatral que hace innecesarias las palabras.
«Los cuatro cubos» de F. Arrabal. Dir.: P. Bontá, H. Segura. Int.: E. Pereyra, H. Segura,P. Vargas Milla. Vest.: A. Mateo. Ilum.: E. Sirlin. Realización esc.: H. Segura. Mús.: J. Reig. (Teatro «ElKafka».)

Desde 1996, la Compañía Buster Keaton, liderada por Pablo Bontá y Héctor Segura -ambos de sólida formación en mimo, actuación, clown y acrobacia-, viene dedicando todos sus esfuerzos a la consolidación de un lenguaje teatral que no requiera de la palabra, y más aún, que la vuelva innecesaria. Para que se entienda mejor esta premisa, cabe citar dos de los primeros trabajos del grupo: «La liturgia de las Horas» (una divertida sátira protagonizada por una orden religiosa respetuosa del voto de silencio) y de «De nuevo en casa» un espectáculo itinerante, inspirado en la biografía de Victoria Ocampo, en donde todos los personajes -ya muertos- evocaban escenas de la vida de la escritora sin emitir palabra.

«Los cuatro cubos»
(estreno mundial de la obra del escritor y dramaturgo español Fernando Arrabal) es una apreciable muestra de la madurez alcanzada por esta compañía, capaz de transformar un guión de escaso atractivo -casi una partitura de movimientos- en una obra muy sugerente que combina humor y violencia física para recrear situaciones de reconocible humanidad. La pieza pertenece al primer teatro de Arrabal y denota cierto clima «beckettiano». La versión definitiva se conoció en 1960, coincidiendo prácticamente con el estreno de «Acto sin palabras» (I y II) de Samuel Beckett, un creador que buscó extremar las posibilidades del lenguaje escénico hasta alcanzar un desolador mutismo. Pero Arrabal nunca fue un pesimista. Sin ir más lejos, los protagonistas de «Los cuatro cubos» son seres básicamente curiosos, ingenuos y vitales, y sus acciones están marcadas por una tosudez casi infantil.

La puesta de Pablo Bontá y Héctor Segura describe el encuentro entre A y B como el choque entre dos individualidades sujetas a las pasiones más primitivas. Primero en solitario y más tarde disputándose el dominio de esos cuatro cubos, ambos se ven dominados por distintas emociones (sorpresa, curiosidad, recelo, rivalidad y codicia, entre otras cosas). La presencia de un «otro» perturba el orden individual ya que introduce cambios y acotaciones allí donde parecía no haber límites. Por eso mismo resulta mucho más fascinante y perturbador que la pareja protagónica esté integrada por un hombre y una mujer.

Tal como lo pide Arrabal, los cubos en disputa miden un metro de lado y remiten a cuadros de Piet Mondrian, con sus cuadrículas en rojo, amarillo y azul. El efecto es muy atractivo y refuerza el clima lúdico que transmite este espectáculo. Toda una invitación a asociar libremente dejándose llevar por el juego mismo.

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