20 de marzo 2002 - 00:00
"Los llamados 'pensadores' son sólo porno-intelectuales"
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Tomás Abraham
Periodista: Sorprende que un filósofo hable de política, ética, salud, educación, fútbol, medios, filosofía...
Tomás Abraham: Pareciera que un filósofo debe dedicarse a la historia de la filosofía o a problemas clásicos y tradicionales de la filosofía. Entonces seré un intelectual, un buscador que cuanto más libre y más sensible es, más despierto está. Tengo la suerte de que me interesan muchas cosas y se que no hay un lugar privilegiado donde se disparan las ideas. Por otra parte, en los libros de filosofía encuentro muchas veces un modo de disecar, clasificar y catalogar ideas. Pero la vida de las ideas están en los cuerpos que las soportan, en situaciones, personajes, ocasiones, circunstancias. Por tanto, la búsqueda no tiene límites. Y esto no lo reconozco como intelectual, sino como filósofo. No es otra la tradición en la que me arraigo. Una tradición que se da una amplísima libertad de expresión y pensamiento. En filosofía uno puede hacer cursos sobre Séneca, Epicteto, Montaigne, Pascal, San Agustín, San Ignacio de Loyola, Kierkegaard, mucha gente que ha visto la filosofía de otro modo, no como un corpus de ideas sino donde la experiencia personal y las ideas están en interferencia de forma permanente. Es un mundo muy rico y de mucha libertad. En mi mundo filosófico no hay un faro que ilumine una zona, uno navega.
P.: Se define como intelectual y filósofo, no como pensador ¿Hay pensadores en Argentina?
T.A.: Hay: Kovaldoff, Aguinis, Barilko. Los tres reyes magos. Siempre nos traen regalitos: un libro de ética, un decálogo, un manual. Y a veces no traen regalos, venden cosas, siempre son bienvenidas unas monedas. Hay pensadores, son esos.
P.: ¿Y Bucay?
T.A.: No es una pose de frescura, sencillez o simpleza que oculta un trabajo de alta cultura vergonzantemente. Yo soy un investigador, un estudioso, y escribir forma de eso. A veces uno lee y a veces escribe, a veces uno escucha y a veces habla, eso forma parte del mundo del estudio tal como lo entiendo como académico y profesor. Busco expresar lo que pienso y siento, y para eso tengo que pensar y sentir, y esto tiene que ver con mi relación con el mundo, no con mi relación con escuelas filosóficas. El mundo es el país, la sociedad, la familia con la que vivo, la gente que frecuento, lo que veo por TV o escucho por la radio, los libros y diarios que leo, lo que pasa en política. La dinámica del mundo es rápida. No son tiempos en que yo hago lo mismo que mi abuelo y mi nieto va a hacer lo mismo que yo. El mundo está convulsionado, y en especial la Argentina. Se hizo muy difícil aquí ser un académico que hace una morosa investigación sobre temas universales. Cuando introduje Foucault en la Argentina podría haber fundado una Escuela Michel Foucault o un Centro Foucaultiano como hay decenas de Lacanianos. Jamás me interesó porque yo hice filosofía para poder expresarme. Pensamiento rápido tiene que ver con que en un momento vi que se cortaba el hilo que tenía con Francia y que usaba, al decir de Deleuze, como una máquina de guerra contra puritanismos, censura moral, buena conciencia y lo políticamente correcto en nuestro país. Pude hacer muchas cosas uniendo cables, que es lo que hacen los filósofos al unir lo lejano con lo actual. En un momento decidí hablar de temas argentinos con un lenguaje que tiene que ver con lo circula, sin dar referencia al bagaje cultural. Y eso es periodismo, la actualidad. Luego de mis investigaciones en «Historias de la Argentina deseada», «La aldea local», «La empresa de vivir», este «Pensamiento rápido» es un ejemplo casi puro de esa actitud, está hecho sobre datos periodísticos y mediáticos, no sobre libros, porque la realidad se expresa mucho así. Y ahí hay material que me resultó riquísimo para pensar los problemas argentinos. Y no para hacer nacionalismo filosófico o filosofía latinoamericana, hablar de Rosas o del peronismo y Nietszche.
P.: ¿Por qué le dedicó su libro a la República Argentina?
T.A.: Acaso porque me saturé y ya no se qué pensar. No quiero escribir lo que pienso ahora, porque pienso muy poco y pienso muy mal. Dediqué 10 años a la Argentina, a leer revistas, escuchar radio, ver mucha TV y leer 4 diarios por día. Tengo carpetas y carpetas de notas de Ambito Financiero. Fue mi modo de entrar en nuestra historia. Me parece inevitable seguir, pero quiero retomar mis estudios filosóficos. Preparo algo sobre Foucault, sobre Paul Veyne. Escribí un libro sobre Mary McCarthy y Hanna Arendt, otro sobre Nabokov, espero aparezcan pronto. Estoy pensando en otra cosas. Por eso este libro se lo dedico a la Argentina de modo irónico y no irónico.
La risa filosófica
P.: Por eso habla tanto de un Boca-River como de un cacerolazo.
T.A.: Ahí encuentro material para decir algo sobre lo que nos pasa, que me impresiona, me da gran placer o risa. Mucho es de género grotesco en política, fútbol, lTV, en los cacerolazos, lo infatuado, lo pomposo, lo candoroso y mentiroso. Me divierte mucho, y yo nunca separé risa de seriedad en el pensamiento.
P.: ¿Hoy ve un empobrecimiento general?
T.A.: El empobrecimiento no es de hoy. El miedo actual es a la violencia. Hoy no hay ausencia de poder sino fragmentación del poder. Esto hace que no se de una anarquía clásica. Hay un ambiente destructivo, y como pasó en los '70 con el ambiente montonero o la peronización junto al caos, es que se ve como una fiesta y se frivolizan conflictos muy serios. Cuando Rodríguez Saá dijo «no se paga la deuda externa» y la gente aplaudió, eso es frivolizar y es grotesco. Que se diga «que se vayan todos» es frívolo y grotesco.
P.: ¿Ve salida?
T.A.: No, por esa frivolidad festiva. Argentina no tiene otro destino que uno capitalista. Y lo que el mundo ya no discute, nosotros lo discutimos. Nuestro anticapitalismo ha sido de opereta. Y también, un poco, nuestro capitalismo. El destino es capitalista porque la generación de recursos, inversiones y servicios es con capital privado. Los gremialistas lo saben, son más vivos y lucran, pero la pequeña burguesía, que en el fascismo era anticapitalista, está recreando un fascismo bonito, rosado, de buenas intenciones y derechos humanos, un anticapitalismo autodestructivo, un patoterismo verborrágico y una constante inestabilidad que termina pagándose con muertes y desempleo.
P.: ¿Qué piensa de tantas manifestaciones?
T.A.: La gente salió a la calle a atacar molinos de viento. Creen que los inversores «no se van a ir de este mercado» cuando la dinámica de la globalización opera con desplazamiento de inversiones y entonces ¿por qué no se van a ir? Estamos llenos de pregoneros, sermoneadores, millones de presidentes, de políticos salvajes, se cree que los vecinos pueden hacer política. Yo reivindico a las instituciones y los profesionales; hay que mejorarlas y para eso hay que cuidar lo bueno que hay. Argentina ha llegado finalmente a lo que se temía: está aislada. Estar aislado no es estar solo, es que se está solo, se llama y ya no nos atienden.


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