4 de diciembre 2013 - 00:06
Los premios literarios, puestos en tela de juicio
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David Grossman y Mario Vargas Llosa inauguraron anteayer en Guadalajara la 27a edición de la Feria Internacional del Libro.
Cristina Rivera Garza acaba de obtener el Roger Caillois 2013 de literatura latinoamericana y esta edición de la FIL honrará la obra de Ana García Bergua con el Premio Sor Juana de Literatura por su novela "La bomba de San José". La lista es casi interminable y evidencia una situación que en principio otorga alegría a los autores premiados, tal como reconoce Nettel. "Me dio una alegría tremenda, claro, además de un suma de dinero que, aun después del descuento de los impuestos y de la comisión de la agente, que no es poco, es todavía importante", dice la también autora de "Pétalo" y "El cuerpo en que nací".
El español José Ovejero es un experto en ganar premios. No sólo obtuvo recientemente el Alfaguara por su novela "La invención del amor". En 1993 se había hecho acreedor al Ciudad de Irún por su poemario "Biografía del explorador" y en 1988 con el Grandes Viajeros con "China para hipocondríacos". Por "Las vidas ajenas" consiguió el Primavera 2005 y por "La ética de la crueldad" el Anagrama de Ensayo 2012. Cuando recibió los 175.000 dólares del Alfaguara, regresaba a vivir a España luego de una larga estada en Bélgica. "El asunto del dinero comenzaba a preocuparme", relató.
El dinero, como bien reconocen los escritores, ayuda. Tal el caso del mexicano César Silva, quien acaba de obtener el Premio Nacional de Novela por "La balada de los arcos dorados". "No tengo trabajo y por tanto no tengo entradas importantes en mi hogar, así que para mí el premio fue muy importante porque me ayuda a pagar las deudas", comentó. Pero "no creo que sea imprescindible para un autor que gane un premio. Leí a Philip Roth sin saber quién era y a Paul Auster o a Eduardo Antonio Parra sin importarme qué premios tenían".
La escritora cubana Wendy Guerra, que en la FIL presenta su reciente novela "La Negra", editada por Anagrama, dice que el Premio Bruguera en 2005 le cambió la vida para bien: "Me dio a conocer al mundo". Para la escritora, residente en La Habana, "los premios literarios son buenos porque sirven para comer, puesto que las editoriales pagan muy poquito y la mayoría de los escritores vende poco, así que casi nunca hay regalías".
Paralelamente a la discusión sobre el alcance de tales premios, también se debatió ayer en Guadalajara la posibilidad de que pueda "enseñarse a escribir bien", es decir, a generar a un autor. A decir del italiano Alessandro Baricco, una de las máximas figuras invitadas a esta edición de la feria, los narradores pueden fabricarse en las escuelas.
Para ello puso de ejemplo (sin dejar de hacerle publicidad, desde ya) su Escuela Holden, en Turín, que ya tiene dos décadas y que ha adquirido desde hace un año carácter internacional merced a dos fuertes inversores que han engrosado el capital y le han dado alas al proyecto.




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