22 de abril 2004 - 00:00

"Los soñadores"

Louis Garrel, Eva Green y Michael Pitt
Louis Garrel, Eva Green y Michael Pitt
«Los soñadores» («The Dreamers», G.B., Italia, Francia, EE.UU., habl. en inglés y francés). Dir.: B. Bertolucci. Int.: M. Pitt, E. Green, L. Garrel, A. Chancellor, R. Renucci y otros.

El mayo francés, esa isla histórica que emergió entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y antes del derrumbe de la URSS y la aparición del sida, recuerda vagamente, y en algún sentido, a aquel breve período que se extendió entre la decadencia del paganismo y la consolidación del cristianismo, y al que Marguerite Yourcenar, en «Memorias de Adriano», definió como «la instancia de una ilusión», una fugaz etapa en la historia cuando el hombre, sin el peso de los dioses sobre sus espaldas, se sintió plenamente libre en el mundo y capaz de cambiarlo a voluntad. En rigor, tampoco difieren mucho las inocencias de una época y la otra.

Los protagonistas de «Los soñadores» viven en una inocencia más profunda todavía: la del cine que se hizo, se respiró y consumió en esos años, cuando se sostenía que la elección de un ángulo de cámara era un acto político o cuando sólo bastaba la imaginación, reclamada «al poder», para barrer con todo lo viejo. Bernardo Bertolucci fue uno de los hijos de esa época, y hoy, en esta película tan nostálgica como crítica, toma distancia de aquella ilusión sin dejar de reconocer su influjo o seducción: el final no podía ser otro que la voz de Edith Piaf cantando «Non, je ne regrette rien» («No me arrepiento de nada»).

• Trasfondo

En «Los soñadores», el mayo del 68 entra literalmente por la ventana, a pedradas, y no es el centro de la escena. Sus personajes, ratones de cinemateca, se aíslan en un departamento decorado con afiches y fotos de films, y sólo se entretienen en pedir lo imposible, en prohibir la prohibición: son ellos dos hermanos, Isabelle y Theo, que se dicen gemelos de mente, y el amigo americano Matthew, que llega a la casa como el tercero exogámico, el Big Brother que representa la cultura que ellos, los hermanos, desprecian y aman a la vez.

En cada discusión política hay una referencia al cine, y en cada cita de cine una invitación al sexo. Theo se entusiasma con la revolución cultural china (mientras, desde la pared, los mira un poster gigante de «La chinoise» de Godard), y se refiere a esa «gran marcha» como un «elenco de millones» (la frase publicitaria que se empleóen el primer «Ben Hur»). Matthew agrega: «sí, un elenco de millones, pero de extras, y leyendo un único libro».

La voz crítica de Matthew, la que quiebra esa clausura fraternal y representativa de algunos rasgos de la cultura europea (también condenada a 100 años de soledad), está muy cerca de la del propio
Bertolucci. En «Luna» (1979), el film más cercano en espíritu a «Los soñadores», era el padre ausente quien reaparecía al final para romper esa enfermiza relación madre-hijo. Aquí, la aparición de Matthew cumple un papel idéntico.

Desde el interior de esa relación de hermanos ilusoriamente incestuosos, confundiéndose con ellos aunque apartándose a la vez de ese abismo, el joven estudiante de cine que llegó desde California a París para sorprenderse con que
«sólo los franceses podían instalar su cinemateca en un palacio», funciona como el contrapunto de un choque eterno: el de la América pujante y nueva que envidia a la Europa de la cultura clásica, y el de la Europa decadente, ruinosa y endogámica, que envidia el poder y la juventud de América. Para dar cuenta de ello, Bertolucci volvió, como en la citada «Luna» y mucho más que en «Ultimo tango en París», a rodar escenas de sexo extremadamente gráfico en pantalla.

«Los soñadores»,
además de plantear ese dilema intercultural en la figura del triángulo amoroso (y, desde luego, con la referencia a padres permisivos y ausentes), también es un homenaje a los símbolos, personajes y obras más definitorias de esa época.

Hay cameos de
Jean Pierre Leaud y Jean Pierre Kalfon en las manifestaciones contra la expulsión de Henri Langlois de la Cinemateca Francesa por orden de André Malraux (con ese hecho se abre el film), y de allí en más, entreverándose con el argumento, clips de «Mouchette», «Bande à part», «Sin aliento», «Freaks», «La venus rubia», «Persona» y otras tantas películas cercanas al corazón de un momento de la historia contemporánea, para mal o para bien, irrepetible.

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