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13 de junio 2026 - 17:37

Los suicidas patagónicos, el retorno de un libro de Guerreiro que traza el pulso de los '90

El primer libro de la consagrada cronista juninense continúa siendo una referencia en el periodismo narrativo hispano.

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Leila Guerriero, una de las cronistas argentinas más consagradas.

Pablo José Rey - Gentileza Anagrama

Mientras Leila Guerriero sigue cosechando lauros internacionales con “La Llamada”, su extraordinaria novela de no ficción, entre nosotros se recupera su ópera prima “Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” (Anagrama), formidable investigación que realizó hace 25 años en el pueblo de Las Heras, Santa Cruz, texto que ofrece una cierta relación entre los fines de los ’90 y los tiempos de Javier Milei, a la vez que confirma el alto nivel que signa desde su inicio la carrera autoral de Guerriero que entra de lleno en la tradición de ese cruce de periodismo y literatura denominado literatura de no ficción, que nació en Argentina en 1957.

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Guerriero sumó ahora el XIII Premio Strega Europa por “La Chiamata. Storia di una donna argentina”, que antes habían logrado con sus obras nada menos que Emmanuel Carrere, Amelie Nothomb, Fernando Aramburu, Annie Ernaux,

El impulso de una noticia llevó a Guerriero a viajar a la Patagonia

“Fueron doce. Entre marzo de 1997 y el último día de 1999 se suicidaron en Las Heras doce personas, hombres y mujeres, 11 tenían una edad promedio de 25 años y eran habitantes emblemáticos de la ciudad, hijos de familias modestas pero tradicionales: el bañero, el mejor jinete de la provincia, el huérfano criado por sus tías y sus abuelas. La lista oficial no existe”

En los ’60 se descubrió en Las Heras un importante yacimiento de petróleo, se instaló YPF y se convirtió en centro de atracción de pobladores y migrantes de todo el país en busca de trabajo. Pero todo se acaba, y más con la privatización que pasa a manos de Repsol. Las Heras pasa del crecimiento y la prosperidad al desamparo. El desempleo se expande. Los migrantes huyen. Los gélidos vientos de la estepa patagónica atraviesan todo como una certificación de la pobreza.

Reedición Los suicidas del fin del mundo

Reedición de Los suicidas del fin del mundo.

En Las Heras “quedaron los que estaban cuando fui. No todos, pero si muchos, eran los solos y dolientes, los rotos en pedazos.”

“Nadia preguntó, ni entonces ni nunca por los suicidios”.

Guerriero lo hace. Interroga, dialoga, charla, se hace de amigas y amigos. Médicos, funcionarios, comerciantes, borrachos, rufianes, curas y pastores, prostitutas, familiares de los muchachos y chicas muertos. Es distante, objetiva y, a la vez, sentimentalmente comprensiva y cercana. Busca las causas de los suicidios de esa gente en plenitud de su vida, que al final del libro ya suman 15. Le dicen “le agarró el desasosiego”, “es este clima de acá”, la soledad. Le hablan de una secta macabra, de ritos satánicos, de una misteriosa lista de los que tenían que morir. Frente a una resolución que no se entiende las explicaciones mezclan recuerdos y respeto por el suicida, se cuelan chismes, las broncas por lo bien que se estuvo y lo mal que se está. Guerriero a registrar sus andanzas entre lasherenses, y por momentos la extraordinaria crónica de ese pueblo parece una versión paupérrima, marginal, extrema de “La caldera del diablo”, la mítica novela y serie de Grace Metalius.

Poco a poco va apareciendo una explicación más cercana a lo real de las inmolaciones, esa tragedia colectiva de la que no se habló ni se habla. El escritor argentino Patricio Pron sostiene que los hechos sociales no se repiten, pero tiene rimas internas, iluminadoras, que muestran variaciones de modelos, el clásico es la tragedia que reaparece como farsa. En los ’90 en nuestro sur el impacto de las privatizaciones, las “modernizaciones”, las “reformas estructurales”, la “reconversión”, la desaparición de líneas férreas que devastan pueblos, tuvo consecuencias sociales, personales, íntimas. Los pocos trabajos que había eran rutinarios no ofrecían futuro, solo servían para sobrevivir, y ellos había tenido otra experiencia, sabían que se puede estar bien, prosperar, ampliar las relaciones. Hoy hay quienes eligen inmolarse trabajando todo el día sin pensar en el futuro personal sino en el país de la fantasía de un cierto futuro de supuesta grandeza. Hoy hay quienes eligen la resignación, la aceptación de la desigualdad y piensan que no hay que colgarse de ideas del pasado porque los cambios van a ofrecer oportunidades y hay que saber esperar. Es una de las muchas lecturas posibles que ofrece hoy este admirable libro.

Desde “Los suicidas del fin del mundo”, su primer libro, Leila Guerriero se sumó a la tradición de la literatura de no ficción, iniciada en la Argentina, en 1957 con “Operación masacre”, obra magna de Rodolfo Walsh, continuado por el neoyorquino Oskar Lewis, en 1961, con “Los hijos de Sanchez”, que llevo a una fuerte controversia por lo que consideró “la cultura de la pobreza”, y finalmente, por su consagración mundial, en 1967, con “A sangre fría” del famoso escritor luisiano Truman Capote. Todas llegaron a convertirse en películas. Obra tras obra Leila Guerriero ha construidos admirables hitos en ese estremecedor territorio,

Leila Guerriero, “Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico” (Anagrama, Bs As., 2026, 215 páginas).

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