6 de mayo 2008 - 00:00
Luis Barragán, por una arquitectura emocional
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Para la creación del Parque Residencial del Pedregal San Angel, Luis Barragán respetó la tradición de la arquitectura mexicana, que postula el uso de pocos elementos, pero sirviéndose del cielo o los árboles como si fueran otros tantos materiales de construcción.
El planeamiento y realización del Parque Residencial del Pedregal de San Ángel cobró la significación de una proclama y un desafío. En 1944, Barragán había decidido abandonar la profesión, disgustado con la especulación edilicia y las regulaciones burocráticas. Con este propósito, adquirió un lote de terreno en las afueras de la capital. El paisaje era siniestro. Frente al lugar donde levantaría su casa, comenzaba un desierto sobre el cual un volcán había derramado en épocas remotas un extraño conjunto de figuras de lava gris, material utilizado en sus obras por aztecas y toltecas. Culebras y escorpiones merodeaban a orillas del exiguo río La Magadalena, entre plantas silvestres y misteriosas casas. Pero su imaginación veía en ese desierto un espléndido conjunto de jardines y mansiones, un lugar adecuado para retirarse de tiempo en tiempo a gozar de la naturaleza y del arte, o meditar ascéticamente sobre la vanidad de la vida tumultuosa.
Llevar a cabo ese proyecto fue para él, durante largos años, una misión sagrada. Al principio, nadie creía, salvo su socio José Alberto Bustamante, un vendedor de terrenos que se puso en busca del capital necesario. Debió luchar con la incomprensión de los clientes y con la de los constructores, que se resistía a obedecer al plan piloto, trazado por él. Pero hoy ese parque de 3,5 km2 es una obra de urbanismo y arquitectura admirable.
Comenzó por crear tres jardines como muestra, usando tierra de relleno y plantas oriundas del lugar -cactus, árboles de pimienta y palo bobo- que proporcionan grandes flores de intensa fuerza cromática. Talló senderos en la roca y diseñó piscinas de aguas naturales. Parece como si los jardines hubieran nacido juntamente con el mar de lava. A la entrada del parque, Barragán abrió las paredes con defensas o vallas de metal, verticales, pintadas de fosforescente rojo y verde.
También construyó plazas y fuentes decorativas. Normas de construcción rigurosas determinaron la protección de la lava y la vegetación natural; además, toda nueva obra quedaba supeditada a los caprichos de la roca. El código impuesto por Barragán recomendaba formas arquitectónicas simples, abstractas, preferentemente líneas rectas, grandes superficies planas y volúmenes geométricos elementales.
La doctrina que se trasunta en El Pedregal rinde homenaje a la casa tradicional mexicana que supone el hábito de vivir en patios cerrados por paredes. Estos patios abiertos al cielo fueron pintados con tonos cálidos y austeros. En 1960, con más de 900 casas El Pedregal era un éxito comercial pero ya no respetaba la visión del fundador que comenzó a referirse a él como el paraíso perdido.
En 1947, Barragán construyó su propia casa en otro barrio de la capital, Tacubaya. Por su modestia exterior, apenas si atrae la atención entre las casas vecinas, de gente trabajadora. El interior, sin embargo, representa una fina elaboración de aquella parte de la arquitectura provincial de México que su creador amara entrañablemente: los pueblos, los ranchos, los conventos. En toda la casa se alternan elementos rústicos y refinados: paredes ásperamente revocadas, rocas volcánicas junto a pisos de madera lustrada, tapices y alfombras aterciopeladas.
Admirador de San Francisco por su amor a la naturaleza, Barragán diseño y luego donó la Capilla de las Capuchinas Sacramentaria (1952-55), en Tlalpan, donde reina un sobrio ambiente místico, conmovedor por su sencillez y sus jardines para la meditación.
En la autopista que lleva a la capital, se elevan sus Torres de la Ciudad Satélite (1957), visibles desde gran distancia como cinco grandes torres abstractas diseñadas como símbolos que identifican las urbanizaciones residenciales de la ciudad satélite. Barragán llevó a cabo las urbanizaciones residenciales de Las Arboledas (1958-61), un barrio que creció alrededor de un viejo rancho dedicado a la cría de caballos: diseñó calles, caminos especiales para los animales y lugares de reunión para los jinetes, junto a jardines públicos y fuentes.
Barragán no trabajaba sino en lo que le parecía estética y espiritualmente interesante. Ese desdén por lo utilitario le ha valido incomprensivas críticas. De hecho, construyó poco, y cada vez menos a medida que avanzaba en edad. Pero al mismo tiempo aumentaba el respeto universal. Tardó en acceder a la petición de su discípulo Ricardo-Legorreta, que anhelabaser su socio. Con todo, tres generaciones de arquitectos, incluida la suya, confiesan su influencia o la exhiben con orgullo.
Barragán vivió lejos de las cofradías artísticas, indiferente a los honores y distinciones. En 1976, sin embargo, su obra obtuvo gran reconocimiento cuando se presentó la muestra «The Architecture of Luis Barragan», en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), organizada por nuestro arquitecto Emilio Ambasz. Luego, en 1981 -próximo a los 80 años y desplazándose en una silla de ruedas- recibió el Premio Pritzker, reservado a las más altas figuras de la arquitectura mundial.
En 1983, luego de reiteradas charlas con el gran arquitecto, el autor de esta nota expuso sus ideas en el libro «Seis arquitectos mexicanos», editado por la Unión Internacional de Arquitectos. En 1985, expuso sus obras y parte de esos textos en ocasión del Festival de la Ciudad de Berlín, en un sector cercano al ex puente Charly que separaba Berlín occidental del oriental.


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