"Maradona es buena prueba de los peligros del éxito"

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Barcelona - Con su novela sobre el escritor y dirigiente falangista Rafael Sánchez Mazas, «Soldados de Salamina», el escritor español Javier Cercas logró un éxito internacional. Ahora, en su nueva novela un escritor muy parecido a él mismo es el narrador de «La velocidad de la luz», su esperada nueva novela. Trata de un profesor español que va a dar clases a la Universidad de Illinois, donde comparte el despacho con un retraído veterano de Vietnam. A su regreso a España, tras publicar varias obras de más que modesta acogida, consigue un enorme suceso con una novela muy parecida a «Soldados de Salamina». La novela tiene personajes y temas de otras obras de Cercas, y dos historias que se acaban uniendo, una sobre el horror de la guerra y otra sobre el éxito literario.

Periodista.:
¿Cómo empezó a perseguirlo esta historia?

Javier Cercas: Empecé a darle vueltas en 1989, el año en que me fui de EE.UU.


P.:
El personaje de Rodney Falk, el veterano de Vietnam cargado de culpa ¿se inspira en alguien real?

J.C.: En el compañero de despacho que tuve en la universidad. Tuvimos una relación superficial, pero me impresionaba que cargara con un pasado semejante. Caí fascinado por ese tipo. Aún lo recuerdo pegando por la calle pasquines trotskistas contra la General Electric. Había intentado escribir la novela y no me salía. No pude hasta que me di cuenta del paralelismo entre lo que yo estaba viviendo con el éxito de mi novela y su historia. Eran dos abismos complementarios. Y, por primera vez, tenía que abordar una guerra de frente, no como telón de fondo.


P.:
¿En qué se parecen la guerra de Salamina y la de ésta nueva novela?

J.C.: Esta es exactamente lo contrario de Salamina. Allí se hablaba de que había alguna posibilidad de bondad, de que hay gente que puede ser honesta, que eso estaba incluso al alcance de cualquiera de nosotros. Pues bien, aquí se trata de lo contrario: de cómo tipos como usted o como yo. podemos cometer barbaridades, y no le hablo de errores sino de hacer el mal.


P.:
Por eso hay menos humor...

J.C.: Es una obra más desesperanzada, que apunta que el mejor de nosotros puede ser un malvado y que, antes de juzgar a nadie, hay que pensarlo dos veces.


P.:
El otro tema es el de los problemas derivados de ser un novelista de éxito. ¿No lo ha digerido bien?

J.C.: El éxito es algo bueno, y para mí ha sido estupendo, no tengo palabras de agradecimiento y bla bla bla... Pero, ojo, también tiene cosas malas, para un escritor y para cualquiera, véase Maradona. Pero hay una diferencia fundamental: Maradona no podía seguir jugando al fútbol, por edad, y mi narrador sí puede seguir escribiendo...


P.:
Una ventaja...

J.C.: La única ventaja. El éxito puede estupidizar, comporta peligros de corrupción y otros de los que no se quiere hablar. Hay espejismos de omnipotencia. Uno se cree alguien. Se piensa: «Puedo hacer lo que quiero. La realidad no ofrece resistencia». Entonces uno se asoma al abismo... y se despeña.


P.:
El narrador se parece mucho a usted, aunque no se llama Javier Cercas, como en «Soldados...»

J.C.: Es que no es el mismo. A pesar del consejo que recibí un día de Paco Rico («¡ponga su nombre y listo, no va a engañar a nadie!»), me di cuenta de que los narradores responden a mi estado mental o moral en un determinado momento. Son mi yo poético, la máscara que me pongo para decir lo que quiero decir. Máscara es persona en griego, lo que nos oculta pero sobre todo nos revela. Siempre que voy a París, me paseo por la sala de Rembrandt: ¿por qué se autorretrataba todo el día? Se buscaba. Yo también me pregunto quién soy, y me retrato como protagonista de la aventura de escribir novelas.


P.:
Hay escenas de gran brutalidad, con la cima de la masacre de inocentes en un poblado vietnamita...

J.C.: Para mí, ésa no es la cima de lo brutal. Para mí, lo más bestial es lo que no se cuenta, en la escena final del video, la que más trabajo me costó escribir. Lo más difícil para mí es dosificar la información, sobre todo decidir qué me callo.


P.:
¿Creyó que no podría seguir escribiendo, tras el éxito?

J.C.: No sólo que no iba a poder. Es peor: ¡que no iba a querer! Me decía: «¡A la mierda con todo! Ya tengo una novela que ha triunfado, tengo mi trabajo en la universidad, para qué quiero líos, volver a dar la cara, exponerme a la crítica...» Pero leí un artículo de Manganelli donde decía: «Yo escribo porque ni siquiera sé atarme los cordones de los zapatos», y me sentí muy identificado: cuando se es un inútil total, escribiendo se puede tirar para delante.A Maradona se le acabó el fútbol. Rodney no tenía ningún asidero. Pero los escritores tenemos algo que da sentido a la realidad, un proyecto vital, por decirlo de modo feo.


P.:
¿Escribir lo ha salvado, entonces?

J.C.: Mi forma de protegerme ha sido hacer exactamente lo mismo que hacía antes. Susan Sontag me dijo: «Váyase a Singapur, es la única manera de sobrevivir al veneno del éxito».Yo me quedé quieto, en Girona, trabajando.


P.:
¿Quería denunciar el horror de la guerra?

J.C.: No, no quería nada: sólo solucionar el problema formal que tenía, librarme de esa historia que me perseguía pasándola a un libro. Es una novela sobre el mal, algo que se da en la guerra de forma ideal, pero también en todas partes. Me hace gracia que critiquen «El hundimiento» porque pinta a un Hitler «humanizado». ¡Pero claro que era humano Hitler! ¿Qué era, si no? ¿Un robot venido de Marte? Sería maravilloso que los nazis hubieran sido extraterrestres, pero no: están dentro de todos nosotros, y hemos de permanecer vigilantes.


P.:
Parece que el éxito le sentó bien...

J.C.: ¿Sabe qué es el éxito? No tener que hacer promoción ni conceder entrevistas. Como García Márquez. ¡Eso es el éxito literario de verdad! Aún tengo que trabajarlo más. Ya llegaremos...

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