14 de mayo 2007 - 00:00
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Baselitz, un
neoexpresionista
alemán, signa la
obra de Martín
Legón que se
expone en la
muestra colectiva
de Praxis.
Desde el punto de vista documental, el nombre del neoexpresionista alemán que en la década del 60 decidió pintar los personajes de sus cuadros al revés, aparece en la obra de Legón como una información que induce a contemplar el retrato para descubrir cuál es el vínculo entre la chica y el artista.
La obra se llama «Baselitz como propaganda» y revela en parte la psicología del personaje. La chica usa lentes, es joven, ha posado serena frente a su retratista con una mirada ausente y se ha pintado los labios de color rojo, acaso para la ocasión. Todo lleva a imaginar esa escena. Pero más allá de las apariencias, de su pelo oscuro y los rasgos regulares, más allá del gesto disciplinado del cuerpo, se percibe una actitud distante. Ella aparece pensativa y melancólica. Si todo retrato implica una pregunta que apunta a descubrir quién es el sujeto, esta protagonista elude la respuesta con su expresión ensimismada.
El nombre, Baselitz, escrito en el buzo con la tipografía de las marcas deportivas y con la triste luminosidad de un viejo cartel de neón, se convierte en un dato clave. Pero ¿es un hecho casual, una marca elegida al azar que podría ser cualquier otra y que no guarda relación alguna con el personaje? La mirada espera una recompensa. ¿Cuál es el límite del afán interpretativo y el deseo de saber qué es lo que vemos? La simultaneidad entre lo marginal (el nombre, Baselitz) y lo central (la chica), torna importante cada detalle.
Mientras en la corriente intersubjetiva que fluyeentre la jovencita y el autor de la obra se adivina una fragilidad compartida, una sensible y delicada moderación que permite sortear la incomodidad habitual del retrato, la exploración humana de Baselitz, delata el gesto brutal de quien se apropia por la fuerza de la identidad de sus personajes.
Al igual que en la cita final de «El nombre de la rosa» de Eco, que dice que de la rosa que se marchita sólo nos queda su nombre, y así como a través de este concepto la extensa simbología de la rosa se abre a las múltiples interpretaciones del lector, Legón pareciera insertar y poner al servicio de su obra el nombre de un pintor, acaso como recurso para abrir camino a la imaginación. La misión está cumplida.
Así, sencillamente, a través de las conjeturas que el observador del retrato se forja sobre la labor rutinaria y a la vez compleja del artista, crece y se construye el sentido de la obra con la visión del que mira, mientras los ojos vagabundean por la pintura.


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