La historia es simple: apenas empieza, el joven del título mata, sin razón evidente, a su único amigo, y ahora el estanciero que lo vio crecer es, acaso, el único que podría comprenderlo (si no defenderlo, ya que también es abogado). En todo caso, la clave del drama estará en una garra de puma engarzada como amuleto, algo que puede ser un regalo envenenado para quien la posea. Esta y otras situaciones se engarzan, a la vez, en una especie de cuadro ambiental sobre la vida en el Sur argentino, que de algún modo va desplazando parte del interés inicial por el crimen.
Los méritos de la obra no pasan, entonces, por los efectos especiales del género, aquí prácticamente inexistentes, ni por la sanguinolencia visual, que tampoco abunda aunque comience con un hecho de sangre.
Una imagen: la primera sonrisa del Malo, que ahí llaman El Grandote, cuando se aparece de golpe, todo engalanado de plata y negro en plena noche.
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