"Más que ironizar, Molière diagnosticó al ser humano"

Espectáculos

Subió a escena, en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, una nueva versión de «Las mujeres sabias» de Molière, creada y dirigida por Willy Landin quien cuenta con una vasta carrera en el ámbito de la ópera, que ya lo llevó por los principales teatros líricos de Europa. En el San Carlo de Nápoles, por ejemplo, dirigió a Gérard Depardieu e Isabella Rosellini en «Oedipus Rex» y «Persephone».

Como régisseur, director de escena y escenógrafo, Landin está habituado a que sus puestas generen polémica y también encendidos elogios. Su régie de «El barbero de Sevilla» para el Teatro Colón hizo reír a la carcajadas a buena parte del público, pero irritó a algunos puristas por trasladar la acción a los años '50 en un ambiente pandillero al estilo «Grease» que además incluyó una procesión de hippies. Con «Les Mamelles de Tiresias» de Poulenc tuvo mejor suerte: como la heroína es una feminista fanática que se desprende de sus senos para ser soldado, Landin tuvo la ocurrencia de evocar la exuberante figura de Isabel Sarli: «en su calidad de ícono mamario de un país tan surrealista como la Argentina», explica el régisseur.

El elenco de «Las mujeres sabias» está integrado por Graciela Araujo, Rita Terranova, Tony Lestingi, Luis Campos y Gimena Riestra, entre una larga lista de actores que también comparten el escenario con varios músicos y cantantes. Los arreglos y dirección musical son de César Tello y la coreografía de Miguel Angel Elías.

Periodista: ¿Le dio un tratamiento operístico a esta obra de Molière?

Willy Landin: Me pareció que correspondía musicalizarla por una cuestión histórica, ya que el compositor Jean-Baptiste Lully, habitual colaborador de Molière, no pudo hacerlo por falta de presupuesto.

P.: Hay quienes consideran que esta obra ha perdido parte de su eficacia debido al ensañamiento con que critica a la mujer que abandona el cuidado de su hogar y su familia para dedicarse al estudio o al arte.

W.L.: Hay varios malentendidos al respecto que me gustaría aclarar. Molière la iba a titular originalmente «Trissotin» porque su intención era atacar a través de este personaje al abate Charles Cotin, uno de sus principales enemigos. Entonces tomó como excusa estas reuniones que organizaban ciertas damas de la época para criticar a estos personajes pedantes que asistían a ellas. No podemos acharle a Molière un pretendido machismo, ni tampoco limitarnos a señalar que en 1672 el papel de la mujer era distinto del de hoy.

P.: ¿Cómo resolvió esta dificultad?

W.L.: Esta obra es casi un espejo del «Tartufo» y, como en otras piezas anteriores, Molière castiga duramente la hipocresía. Por eso la traducción más acertada sería «Las sabihondas». El tema de la hipocresía va más allá de las mujeres, tiene que ver con la propia tontería humana. Por eso pensé que se podía jugar con esa imagen de París, como gran capital de la cultura, que es la misma que yo tuve cuando era joven. Había que ir a toda costa a París, aunque sea para tirar de la soga junto a Marcel Marceau. Pero cuando uno llegaba ahí se daba cuenta de que lo más fuerte lo aportaba la gente que llegaba de afuera o abrevaba en otras culturas como, por ejemplo, Ariane Mnouchkine.

P.: ¿Trabajar en Europa colmó sus expectativas?

W.L.: Sí, pero agradezco haber nacido en Buenos Aires. En realidad soy de Mar del Plata pero me crié acá y siempre vi mucho teatro y los mejores ciclos de cine: Bergman, Buster Keaton. En Europa la gente no tiene una formación tan completa. Uno a veces les querría pegar a los italianos porque no saben qué palacio o monumento tienen delante.

P.: ¿Su versión de «Las mujeres sabias» es fiel al texto original?

W.L.: Tomé bastantes cosas de «Las preciosas ridículas», que Molière había estrenado trece años antes, y donde ya están en embrión los mismos temas, pero con una mecánica teatral más dinámica. Es muy interesante este mix de mujeres, brillo parisiense y pretenciosidad de clase. Como dice uno de los personajes: «No hay nada más a la moda que ser refinado». «Las mujeres sabias» está llena de peroratas contra ciertos académicos enemigos de Molière, y con eso la acción se resiente un poco. Cuando Molière nombraba a Trissotin -que es como decir «tres veces tonto»-, todo el mundo sabía de quién hablaba; pero hoy esa mecánica teatral ya no se puede repetir y hay que apuntar a otros recursos más lúdicos y dinámicos.

P.: ¿Qué estética planteó para la obra?

W.L.: La trabajé como un gran espectáculo de teatro barroco, como lo hacían Molière y Lully en Versalles. En los aspectos plásticos y visuales musicales, el público va a respirar el aire de la época pero con una mirada contemporánea.

Entrevista de Patricia Espinosa

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