18 de marzo 2004 - 00:00

"Memoria del saqueo"

«Memoria del saqueo» (Arg. 2003, Argentina-Alemania-Francia-Suiza,habl. en español.) Guión y dir.: F. Solanas.

Treinta y cinco años después de su ya clásico film de agitación y propaganda «La hora de los hornos», Pino Solanas vuelve a la carga ahora para despotricar contra menemistas, radicales y aliancistas por igual desde un punto de vista parcial. Podría esperarse más de un Solanas. El resultado es un trabajo políticamente discutible, dirigido a irritar sin medias tintas, aunque cinematográficamente atractivo.

Convencerá a los convencidos, pero quienes piensen lo contrario también podrán apreciar, sólo en algunos momentos del film, su garra de artista como quien aprecia el discurso empecinado de un diputado opositor. Y este ex diputado sabe usar su tribuna, que es el cine. Incluso dedica todo un capítulo a sus antiguos colegas del Congreso, un desquite preciso desde el título («La degradación ciudadana») hasta el remate (un aria de Gerardo Gandini llamada «Levantamanos»).

• Sin autocrítica

Otros capítulos hablan de la deuda eterna, «la honorable complacencia radical», traiciones, mafiocracias, los gordos, el momento en que «Alvarez abandona a sus votantes y promueve el regreso de Cavallo») y, por supuesto, las privatizaciones. Sobre esto no hay mayor autocrítica. Solanas no dice que el usuario ya estaba harto de la inoperancia y la sangría de las administraciones estatales, pero, palabra contra palabra, los casi anónimos sesentones que parecen haber envejecido junto a sus máquinas lucen más sinceros, denunciando desfalcos, que Manzano anunciando un imposible para los jubilados, encima con sonrisita cachadora. Momentos como éste abundan en el documental, de montaje pulsudo, difícil de retrucar en el mismo campo aunque se le vea la picardía.

El último capítulo, sobre la tercera generación de desnutridos tucumanos, incluye un plano brevísimo pero impresionante de unos niños llevando el cajón de un angelito por la calles barrosas de la villa. Recuerda el epílogo de la primera parte de «La hora...», con el entierro de un viejo en un rincón perdido de la Puna, pero mientras aquéllo era una pena casi folklórica, lo de los chicos es de un dolor apabullante.

P.S.

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